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De un hipódromo con alma

 

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Vivo en los restos de un centro de diversión creado por el Jockey Club mexicano. Mis ancestros llegaron en el carromato de una familia que se hizo próspera con un negocio en el barrio de La Merced y se mudó para acá. Preferí la delicia del parque. Mis hermanos tendrán el techo que sea pero se tienen que cuidar todo el tiempo.

Mis tátara-tátarabuelos me contaron que este lugar se llamaba Hipódromo de la Condesa y se hacían carreras de caballos. Cuando se abrió al público se hizo una fiesta en grande, hasta llegó Porfirio Díaz, que en ese tiempo era el presidente de todo el país. Faltaba apenas un mes para que estallara una guerra grande: la Revolución Mexicana.

A pesar del ambiente de miedo el hipódromo empezó sus actividades y las suspendió hasta recién comenzados los veintes. En ese tiempo había llegado la bicicleta a México, así que también en este lugar se hicieron las primeras competencias de ciclismo. Participaban puros hombres y las mujeres, como el chinito, “nomás milando”. Fue hasta las olimpiadas de Seul que pudieron competir, pero eso es merengue de otro pastel.

Creo que esa es una lucha social destacada aunque no haya sido aquí. Fue en 1894, cuando Annie Cohen recorrió el mundo en una bicicleta y entonces se reivindicó el derecho de las mujeres no sólo a desplazarse sobre ruedas sino a vestirse de modo más cómodo para todas sus actividades en la vida.

Gracias a que corsés, crinolinas y miriñaques fueron al bote de la basura hay mujeres chistosas como aquella que estaba ahí, cuando salí de un prado y sin siquiera hacer ademán de saludarla dejó de batallar en que no podía y no podía mover los pedales de su bicicleta. Mis ojos se toparon  con los suyos, pegó un brinco y se fue zigzagueando. La volví a ver como a los veinte minutos. Todavía no se explicaba cómo fue que arrancó.

Su vehículo hacía más ruido que los costales de latas de un pepenador de aluminio, pero ni aún así despertó a los teporochitos que se quedan dormidos en las bancas.

Ellos llegan mucho después de que el sol se ha ocultado. Y desde mis generaciones pasadas han sido iguales siempre. Andrajosos, cargados de objetos que alguna vez fueron útiles y que ahora son basura de la que no quieren desprenderse. Son la muestra de que una ciudad tritura a la gente aunque la deje viva. En tiempos de mi familia todavía les llamaban “léperos” porque había muchos que se enfermaron de lepra. Hoy ese mal ya se cura y la palabra, para los que todavía la dicen es sinónimo de grosero, malhablado.

El 20 de noviembre de 1910 estalló por fin la guerra que terminó con el porfiriato, ese tiempo de calma chicha de que disfrutaron aquí en la ciudad y que fue coronado con la Decena Trágica y el asesinato de Francisco I. Madero, que gobernaba en lugar de Porfirio Díaz.

Él de plano huyó de México a bordo del “Ipiranga”, que no lo pudo dejar en ningún puerto de España porque la gente, indignada por no decir acarreada, se apersonó en los muelles para impedir el desembarco. Le gritaron toda clase de insultos. Hasta allá habían llegado las noticias de sus treinta y tantos años de tiránica gestión y no había Internet, que si ha habido… ¡bufff!

De cualquier modo se enteró de que Victoriano Huerta se había sentado en la silla presidencial y creo que celebró haber estado de paseo en la tierra de Tutankamón y no convertido en momia.

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Por estos rumbos la contienda se sintió en que el evento de inauguración del hipódromo no tuvo el bombo y platillo esperado; a los aristócratas les gustaba más el ambiente de Peralvillo, el otro hipódromo pero lo polvoriento de la zona y el deseo de estar lejos de la chusma –allá estaba y sigue estando la antigua república india de Tepitón o sea el barrio de Tepito– los convencieron de que este lugar era el más adecuado para eventos como el Derby del 6 de noviembre de 1910, las carreras de autos de 1912 y la ceremonia de entrega de estandartes a trece batallones de la Secretaría de Guerra, presidida por Álvaro Obregón en septiembre de 1921.

La entrada se cobraba a cinco pesos tribuna de primera clase y dos la de segunda. Toda la gente que dispusiera de esas cantidades de dinero era bien recibida.

Por aquí desfilaron caballos, carruajes y carretelas con hombres elegantes de levita y sombrero de copa; mujeres con vestidos de polisón que fueron teniendo menos adornos conforme cambiaba la moda. Eso sí, la gente no ha dejado de ser ostentosa, nada más que son otros los modos de presumir.

Este lugar aún es cosmopolita. Hay mucho extranjero de Europa y Sudamérica. Pero cada vez pasan más cosas malas. Me tocó ver a una chica norteamericana a la que un hombre persiguió para bajarle los calzones en plena vía pública y con tan mala suerte que tuvo que huir del país porque fue a la delegación a quejarse.

Hace poco empezaron las obras de remodelación del parque y trajeron unas máquinas para recoger escombro que hacían un ruido infernal. La mujer de la bicicleta filmaba la discusión de un habitante del edificio cercano con el jefe de la cuadrilla de albañiles:

– ¡No, no te voy a dejar trabajar! –decía. –Mi madre está enferma y lleva ya una semana soportando esto. ¡Ya no más! ¡Se acabó!

– ¿Por qué no mejor vienen y hacen esto en el día? –preguntaba ella mientras tomaba con la cámara de su teléfono las caras de todos aquellos hombres que con trabajos acertaban a decir que por favor hablaran a la delegación, que a ellos los habían mandado y que no sabían nada.

Cada quien su lucha por el bienestar. Así, viendo sólo “p’a su santo” empezó gente como Doroteo Arango, que sería conocido como Pancho Villa comandante de la División del Norte. Pero para llegar a ello tuvo que ser primero un robavacas.

He visto de igual manera la comida envenenada que les dejaron a perros y gatos. Nunca dieron con quien lo hizo, pero qué más da, es gente que protesta porque, en palabras de ellos ya no se puede aquí con tanto animal abandonado. Me da tristeza. Aunque peleemos, todos los cuadrúpedos tenemos una hermandad. Afortunadamente puedo disponer de los restos de comida que deja en la papelera el bibliotecario. Sí, vivo en una biblioteca y ahí tengo asegurada mi comida, un nido y una buena actividad: leer. Salgo de noche para encontrar otros congéneres roedores con quién platicar y es por eso que puedo contar ahora las historias que veo en los libros.

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