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De un hipódromo con alma

 

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Vivo en los restos de un centro de diversión creado por el Jockey Club mexicano. Mis ancestros llegaron en el carromato de una familia que se hizo próspera con un negocio en el barrio de La Merced y se mudó para acá. Preferí la delicia del parque. Mis hermanos tendrán el techo que sea pero se tienen que cuidar todo el tiempo.

Mis tátara-tátarabuelos me contaron que este lugar se llamaba Hipódromo de la Condesa y se hacían carreras de caballos. Cuando se abrió al público se hizo una fiesta en grande, hasta llegó Porfirio Díaz, que en ese tiempo era el presidente de todo el país. Faltaba apenas un mes para que estallara una guerra grande: la Revolución Mexicana.

A pesar del ambiente de miedo el hipódromo empezó sus actividades y las suspendió hasta recién comenzados los veintes. En ese tiempo había llegado la bicicleta a México, así que también en este lugar se hicieron las primeras competencias de ciclismo. Participaban puros hombres y las mujeres, como el chinito, “nomás milando”. Fue hasta las olimpiadas de Seul que pudieron competir, pero eso es merengue de otro pastel.

Creo que esa es una lucha social destacada aunque no haya sido aquí. Fue en 1894, cuando Annie Cohen recorrió el mundo en una bicicleta y entonces se reivindicó el derecho de las mujeres no sólo a desplazarse sobre ruedas sino a vestirse de modo más cómodo para todas sus actividades en la vida.

Gracias a que corsés, crinolinas y miriñaques fueron al bote de la basura hay mujeres chistosas como aquella que estaba ahí, cuando salí de un prado y sin siquiera hacer ademán de saludarla dejó de batallar en que no podía y no podía mover los pedales de su bicicleta. Mis ojos se toparon  con los suyos, pegó un brinco y se fue zigzagueando. La volví a ver como a los veinte minutos. Todavía no se explicaba cómo fue que arrancó.

Su vehículo hacía más ruido que los costales de latas de un pepenador de aluminio, pero ni aún así despertó a los teporochitos que se quedan dormidos en las bancas.

Ellos llegan mucho después de que el sol se ha ocultado. Y desde mis generaciones pasadas han sido iguales siempre. Andrajosos, cargados de objetos que alguna vez fueron útiles y que ahora son basura de la que no quieren desprenderse. Son la muestra de que una ciudad tritura a la gente aunque la deje viva. En tiempos de mi familia todavía les llamaban “léperos” porque había muchos que se enfermaron de lepra. Hoy ese mal ya se cura y la palabra, para los que todavía la dicen es sinónimo de grosero, malhablado.

El 20 de noviembre de 1910 estalló por fin la guerra que terminó con el porfiriato, ese tiempo de calma chicha de que disfrutaron aquí en la ciudad y que fue coronado con la Decena Trágica y el asesinato de Francisco I. Madero, que gobernaba en lugar de Porfirio Díaz.

Él de plano huyó de México a bordo del “Ipiranga”, que no lo pudo dejar en ningún puerto de España porque la gente, indignada por no decir acarreada, se apersonó en los muelles para impedir el desembarco. Le gritaron toda clase de insultos. Hasta allá habían llegado las noticias de sus treinta y tantos años de tiránica gestión y no había Internet, que si ha habido… ¡bufff!

De cualquier modo se enteró de que Victoriano Huerta se había sentado en la silla presidencial y creo que celebró haber estado de paseo en la tierra de Tutankamón y no convertido en momia.

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Por estos rumbos la contienda se sintió en que el evento de inauguración del hipódromo no tuvo el bombo y platillo esperado; a los aristócratas les gustaba más el ambiente de Peralvillo, el otro hipódromo pero lo polvoriento de la zona y el deseo de estar lejos de la chusma –allá estaba y sigue estando la antigua república india de Tepitón o sea el barrio de Tepito– los convencieron de que este lugar era el más adecuado para eventos como el Derby del 6 de noviembre de 1910, las carreras de autos de 1912 y la ceremonia de entrega de estandartes a trece batallones de la Secretaría de Guerra, presidida por Álvaro Obregón en septiembre de 1921.

La entrada se cobraba a cinco pesos tribuna de primera clase y dos la de segunda. Toda la gente que dispusiera de esas cantidades de dinero era bien recibida.

Por aquí desfilaron caballos, carruajes y carretelas con hombres elegantes de levita y sombrero de copa; mujeres con vestidos de polisón que fueron teniendo menos adornos conforme cambiaba la moda. Eso sí, la gente no ha dejado de ser ostentosa, nada más que son otros los modos de presumir.

Este lugar aún es cosmopolita. Hay mucho extranjero de Europa y Sudamérica. Pero cada vez pasan más cosas malas. Me tocó ver a una chica norteamericana a la que un hombre persiguió para bajarle los calzones en plena vía pública y con tan mala suerte que tuvo que huir del país porque fue a la delegación a quejarse.

Hace poco empezaron las obras de remodelación del parque y trajeron unas máquinas para recoger escombro que hacían un ruido infernal. La mujer de la bicicleta filmaba la discusión de un habitante del edificio cercano con el jefe de la cuadrilla de albañiles:

– ¡No, no te voy a dejar trabajar! –decía. –Mi madre está enferma y lleva ya una semana soportando esto. ¡Ya no más! ¡Se acabó!

– ¿Por qué no mejor vienen y hacen esto en el día? –preguntaba ella mientras tomaba con la cámara de su teléfono las caras de todos aquellos hombres que con trabajos acertaban a decir que por favor hablaran a la delegación, que a ellos los habían mandado y que no sabían nada.

Cada quien su lucha por el bienestar. Así, viendo sólo “p’a su santo” empezó gente como Doroteo Arango, que sería conocido como Pancho Villa comandante de la División del Norte. Pero para llegar a ello tuvo que ser primero un robavacas.

He visto de igual manera la comida envenenada que les dejaron a perros y gatos. Nunca dieron con quien lo hizo, pero qué más da, es gente que protesta porque, en palabras de ellos ya no se puede aquí con tanto animal abandonado. Me da tristeza. Aunque peleemos, todos los cuadrúpedos tenemos una hermandad. Afortunadamente puedo disponer de los restos de comida que deja en la papelera el bibliotecario. Sí, vivo en una biblioteca y ahí tengo asegurada mi comida, un nido y una buena actividad: leer. Salgo de noche para encontrar otros congéneres roedores con quién platicar y es por eso que puedo contar ahora las historias que veo en los libros.

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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana IX (Era el maestro de psicología)

“En la neurosis, un individuo posee un secreto que también pertenece al otro, a quien no se le informa ni se le permite conocer la totalidad del mapa. Frente a él se actúa como si se tratara del secreto de ambos, de un valor entendido, como si ambos lo supieran y les interesara por igual. No se reclama de modo abierto y directo, se hace por vía indirecta, simbólica, es decir, inconsciente.”

 Aniceto Aramoni.

La forma en que conocí al señor Molina fue una repetición de lo que sucedió cuando tenía 20 años y había retomado mis estudios de preparatoria. En la escuela conocí al profesor Javier. Era el maestro de psicología y nos aplicó a todos un test. Al ver mis resultados, me dijo que si quería, me podía dar terapia en su consultorio. El documento mostraba un cuadro patológico: “Tú podrías entregarte sexualmente sin que te importen mucho las consecuencias.”

Estaba pasando por un duelo marca “Diablo”. Acababa de tener un novio que me convenció de que abortara. Era estudiante de administración de empresas, andaba muy trajeadito. A media semana llamaba para saludarme y el sábado, sin falta, ramito de flores o caja de chocolates. Cuando le dije que estaba embarazada, se puso serio, porque se daba cuenta de que no podíamos seguir juntos, yo no respetaba ningún tipo de autoridad, él tenía que recibirse, si yo aceptaba abortar, nos casaríamos dentro de un año.

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Ya no se si de veras le creí o más bien obedecí a lo que me dictaba la experiencia. Era preferible el legrado a tener un segundo hijo y quedarme sola de nuevo. Una vez consumado el aborto, Raúl me dijo que le salía más barato pagar gastos médicos que mantener a un chiquillo que quién sabe si fuera de él; ya era madre soltera, ¿no?

Resolví el coraje desmayándome en la escuela. Interrumpía clases o echaba a perder recreos, ¡y llegó el profesor Javier! De alguna manera estaba dándome cuenta de que no iba a poder continuar así mucho tiempo. No sabía cómo, pero asistía al hecho de que me sentía mal aunque no lo supiera decir, y acepté el ofrecimiento.

Estuve yendo a terapia. Al principio las confrontaciones eran muy dolorosas, pero me interesaba lo que descubría en cada sesión: no tenía idea de lo que era alegría de vivir, ni era la heroína de ninguna telenovela y, aún con la poca experiencia de la vida que tenía, había cooperado mucho con quienes provocaron las desgracias que llevaba sufridas. De repente, en una jornada no manejé lo que decía. Muy vagamente recuerdo algo acerca de mi padre; como una traición, pero no puedo ir más allá. Sólo se que el profesor me interrumpió: “¿No te parece que eso es muy doloroso y que debemos dejarlo para después?” Dije que sí desesperada, como queriendo huir de algo y nada más tengo presente que estaba bañada en llanto, parecía que me aventaron una cubetada de agua, porque hasta la blusa tenía mojada. Nunca he podido traer a la memoria qué dije para llorar así. Temo que se perdió para siempre una oportunidad de curar de manera efectiva mis problemas emocionales.

Al mes, el profesor me dijo que no me podía atender porque en aquella oficina ya no iba a seguir dando consulta; que estaba en sociedad con otros colegas y la asociación se había disuelto. Pero me dio su teléfono por si quería consultarle algo.  También su dirección.

Tía Alicia no desaprovechó la oportunidad de humillarme; más vivida que yo, no dio crédito a las excusas presentadas por el maestro pero me dijo que esa  decisión la había tomado “porque vio que eres inmadura y rebelde, él no se iba a andar esforzando por una como tú, que ya no vale la pena.”

Tardé mucho en decidirme a regresar con él a terapia. Me quedé con la idea de que era posible, dado que no tuvo la valentía de decir que no era competente para seguir tratando mi caso. En realidad me había dejado y ni siquiera tuvo la generosidad de canalizarme con alguno de sus colegas.

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En el Centro Médico de Ciudad Universitaria en mi época de estudiante de teatro, busqué ayuda emocional y me mandaron con el único médico psiquiatra que había. No recuerdo su nombre, pero me sentía muy mal cuando decía: “¿Por qué es actriz, Adriana? En esa actividad no hay más que extranjeros, ¿qué futuro cree que pueda tener allí? Usted buscó mejorar su vida y lo único que consiguió fue echarla a perder, porque ahora, cualquier hombre que se le acerque nada más va a ver qué le saca. Será extremadamente difícil que uno de ellos le diga te quiero y deseo formalizar una unión contigo.”

Todo eso ya lo sabía, el chiste era encontrar una salida; ir a un consultorio a escuchar que ya no tenía remedio era frustrante, y más si en la facultad nos decían que el talento  para interpretar a un personaje nos abría puertas; y es cierto, hay mexicanos destacados en la actuación profesional.

Tengo la satisfacción de haber vivido de eso y al día de hoy cobrar regalías de lo que grabé y filmé. Si no es el gran billete que perciben otros compañeros, es porque me contrataban poco. Si cargaba con un morral de emociones de “no hagan olas”, difícilmente iba a tener futuro en ninguna profesión, me congratulo de que pude hacer lo que hice.

En lo referente a los hombres, el doctor no me dijo de qué manera podría darme a valer si ya había echado a perder mi vida, ni cómo era posible conservar la ilusión de casarme si ya nadie iba a quererme por mujer. Era cierto que a los l6 años cuando huí de mi madre me salió peor  el remedio que la enfermedad, pero resultaba tonto soportar una confrontación psiquiátrica para oír la misma mezquindad que me podía haber dicho cualquier “amiga compasiva”. Fuera del consultorio toda interpretación es una agresión; dentro del consultorio, toda interpretación es una sentencia. No volví con ese doctor, y creo que para los terapeutas varones, la mujer que ya no es virgen no tiene derecho a ser curada.

Con semejantes encrucijadas, es imposible aspirar a una pareja, marido, amante, quelite o peor es nada, y menos aceptar que me debía casar por el civil, por la iglesia, ¡y ni por güey! Celebrar con un hombre cualquier trato que implique sexualidad siempre me ha disgustado, porque nunca se dónde estuve parada hasta que me dan el esquinazo; porque encuentro sofocante que al principio me traten como si tuviera la obligación de aceptarlos y una vez que les acepto, me vean como si me estuvieran haciendo un favor. Me parece abyecto que no se los pueda tratar con la verdad en la mano, que tenga una que fingir que no hay interés ni gusto, que se es pura e inmaculada, joven, bella y millonaria.

Puedo durar años sin relaciones sexuales, no por decente ni frígida, sino porque cada vez tengo menos arrestos para sobrellevar las actitudes de ellos, que tarde o temprano me harán pensar que soy algo podrido, que cada nueva experiencia amorosa no ha sido mas que un contacto directo con la misoginia y el machismo.

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A los 32 años, volví al consultorio del profesor Javier. Acababa de terminar con una unión libre que tuve con un español, catalán, que me doblaba la edad. Llegué dando eso por terminado y el profesor me quiso persuadir de que todavía podía salvarse. Es la única vez en mi vida que he tenido lo que podría llamarse un esposo. Desgraciadamente, él era un desarraigado de la Guerra Civil Española, fue Niño de Morelia y adormecía sus dolencias emocionales con mariguana.

Esa segunda vez, el profesor me corrió. Llegó una sesión en la que no soporté su cuestionamiento, fue después de que en una consulta me confesó que yo le gustaba. ¿Y? ¿Qué con eso? También me había confesado que allá en mis años de estudiante no estaba preparado para tratar un paciente con problemas como los míos: “Adriana chula, fuiste una víctima de las fallas en el medio psicológico de este país.”

Agriana, que siempre ha convivido conmigo y ha hecho lo que se le antoja, me comentó: “Mira nada más, ¡pinche viejo! ¡No tenía parque, y andaba en el tiroteo! Pregúntale qué dijiste el día que te interrumpió, dile lo que recuerdas; si tiene güevos, te va a decir, ¡cabrón, desgraciado! ¡No fue ni p’a ayudarte a saber por qué le tienes miedo a los perros! Hijo de su puta madre, pero bien que te criticaba por no ser casada, ¡y te sigue criticando, abre los ojos!”

De alguna forma imperceptible, comenzaba a hacerle caso a mi pequeña fiera. Mucho de eso era verdad. El profesor minimizó lo que había pasado, ¡hacía ya tantos años! Insistí.

-¿Qué pudo ser tan doloroso como para dejarlo pendiente? Estaba llorando de un modo que no es usual en mí, nadie llora en esa forma por una tontería.

-En ese tiempo eras muy joven. Con la edad valoramos las cosas de diferente manera. Tan fue un evento sin importancia que tú misma estimas que no tiene caso recordarlo. De otro modo te acordarías.

Agriana parecía caldero a punto de estallar: “¿Lo ves, lo ves? ¡Hijo de la chingada! ¡Tiene bien presente qué enseñaste y no te lo quiere decir! ¡No te dio chance de acabar tu tratamiento, ni quiere que sepas cuál es tu problema! ¡Ahora va a estar más difícil sacarle la sopa! ¿Qué vas a relajarte ahí, acostadota? ¿Para que te vuelva a decir que eso es muy doloroso y lo dejamos para después? ¿Para después de qué? ¡Por Dios, maestra! ¿No ya te dijo que quiere coger?”

Me era cada vez más difícil acostarme en su diván, un mueble tapizado en blanco en el que había que subirse con todo y zapatos. Me daba miedo ensuciárselo o quedarme dormida; y peor me sentí cuando llegué y descubrí el dicho mueble con una sábana doblada a la altura de donde quedaban los pies. Aquello no podía terminar mas que como terminó. El día que salí corrida de su consultorio, me dijo, con mucha amargura, “Tú no quieres ser curada por mí; quieres la información para curarte sola.”

¿Qué esperaba? No me demostró que fuera posible otra cosa, ni me trató muy bien que digamos; tampoco quería que le pagara.

¿Qué puede ser más horrible: aquello que no recuerdo, o darme cuenta que la persona en quien confiaba nada más se enteró de mi bronca y me botó? Estuve amarrada con eso de “No terminaste tu tratamiento”, que se parece, como dos gotas de agua, a “Tienes poderes que desarrollar”. De ir con el único psicólogo que me recibía sin tener dinero, pasé a consultar al único brujo que no cobraba, ¡pero pedía veladoras! ¿Cómo hubiera sido la vida de no haber aceptado “tratarme” con el señor Molina? Igual. ¿Cómo sería si hubiera rechazado el ofrecimiento del profesor allá en mi juventud, si al enfrentar la relación con Arturbio no hubiera ido aunque fuera con alguien como Dora Luz y Mireya? Peor. En última instancia, están tres psicólogos y un hechicero. Todos trabajan con emociones y anhelos. Ninguno tuvo ética, pero, a fin de cuentas, quienes me beneficiaron, aún sin querer hacerlo, fueron los psicólogos; el brujo no.

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El profesor Javier se limitó a tratar de convencerme de que debía admitir el rol asignado a las mujeres: “El matrimonio, tú no lo aceptas, lo más que soportas es una aventura pero un hombre para tener hijos de por vida, eso, para ti, ¡bueno!” También tomó partido por mamá; para él mi craso error en la vida había sido no aceptarla; pero con ella no había mas que dos caminos: someterse o rebelarse y se que hubiera sido un horror sujetarme.

-Piensas, haces y hablas puras pendejadas. Eres una persona desagradable, ni siquiera es posible desear que te vaya bien. Si eres tan maldita, pues mejor no te acuerdes de ella, ¿cómo es posible que prefieras andar de pordiosera que tomar lo que te dio?

A los pocos días de esa perorata, fui capaz de ver que no mandé al diablo cualquier bagatela: rechacé una profesión altamente lucrativa, un viaje a Europa y un status muchísimo mejor que el que tengo, pero al precio de tener que pedir permiso hasta para ir al baño, ¡estaba frita si me hubiera conformado! ¡Mil veces más digno mendiga autónoma, que dentista amordazada!

Bajita la tenaza recibí una insultada buena pero así como vino a mi mente la conciencia del bien perdido, también regresó la imagen del profesor cuando me dijo que le gustaba: “Te lo tengo que decir porque estas cosas, si no se ventilan, no se puede trabajar.”

¡A la mierda con lo que haya querido ventilar! Si se preciaba de ser un hombre normal, que sabía vivir, no podía sentirse atraído hacia una pendeja que estaba maldita y vivía de pordiosera, ¡mintió! Si no lo hizo cuando me dijo sus sentimientos, entonces fue un embustero al momento del sermón; lo que haya sido, ¡allá que lo sepa Dios!

De Dora Luz supe por una propaganda que circulaba en la Facultad de Filosofía y Letras, allá en Ciudad Universitaria. Era l993. Hacía medio año que el profesor Javier me corrió y estaba indecisa. Tenía la idea de que una terapia debe iniciarse y terminarse con un solo especialista. Pensaba que quienes están de un consultorio a otro es que no quieren salir adelante y en ese caso es preferible quedarse mal que andar así, perdiendo tiempo y haciéndoselo perder a los demás; yo no era “de esa gente”,  pero vencí la resistencia porque mi deseo de continuar era más fuerte.

Con Dora Luz empecé tan bien, que hice muchísimas introyecciones de lo que había trabajado con el profesor: “Es señal de que estás sanando el hecho de que ya no quieras ir ahí, ¡ese psicólogo de plano!”

En su consultorio aprendí nociones del ajedrez como parte de la terapia. A través del juego, descubrir cuáles eran mis aciertos y en qué estribaban mis errores. Tuve también problemas de dinero, mas no como con el maestro; en temporadas le quedaba a deber, pero de alguna u otra manera me ponía al corriente y cuando me fui no dejé deudas pero sí un recado muy feo, escribí algo acerca de unos cuernos, ¡puras jaladas! Lo que una suele hacer cuando está encabronada, pero eso la motivó a pensar que fui a tomarle el pelo. Creo que por esa razón no puso interés cuando llegué con el problema de Arturbio en Febrero del 2003.

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Dora Luz tenía una mala costumbre: de repente, llegaba a mi consulta, y no estaba. La primera vez que fui su paciente no pasaba tan seguido. Era allá cada dos o tres meses, y además, lo que le estaba pagando no era para que me pusiera a reclamar. Al principio le daba $25.00 pesos, y fui subiendo poco a poco la cantidad, cuando dejé de ir le daba sesenta. Estamos hablando de Enero del 97. En el relajo de Arturo, ya no me fue difícil asumir $100.00 pesos por cada sesión.

Aquella primera etapa duró tres años y acordamos que el cuarto sería el último; no quería precipitarme yéndome antes de tiempo, aunque sentía ganas de hacerlo. Me discipliné a esperar un año más y, a escasos tres meses de que se cumpliera el plazo, Dora Luz cambió la forma de tratamiento: de trabajar cara a cara, me acostó en el diván; la terapia ortodoxa, por ahí escuché decir. Como habíamos hablado de que me iría, y ella estuvo de acuerdo, di por sentado que al regresar de vacaciones de diciembre del 96, o sea en Enero del 97, sería la última sesión. Llegó el día, y simplemente, no llegó al consultorio. Me dio tanto coraje que escribí el recado de los cuernos.

Hice un intento de regresar al año y medio. La llamé, concerté la cita y llegué puntual. Me plantó. Llevaba aquel día un libro que trataba de las mentiras que los hombres suelen decir a las mujeres. Una vez más me enojé por no encontrarla y le dejé el libro de regalo. Cuando acabé de escribir el mamotreto, alias mi diario, le llevé una copia. Esto fue el año 2004; en Marzo del 2006 encontré un recado de ella en mi contestadora: había leído la escritura en su totalidad, y quería verme, además me felicitaba porque le pareció un trabajo excelente, y me quería mucho.

Me comuniqué y hablamos. Quedé de ir a su consultorio, pero enseguida de colgar, olvidé a que hora sería el compromiso. Me conozco muy bien: eso anticipaba que llegaría tarde a la cita, era un signo de que no me interesaba ir. Hacer lo que hizo cuando más lastimada estuve por lo de Arturo equivalió a volverme la espalda. Cambiar la forma de terapia cuando sabía que iba a irme, fue ejercer un contra control. No me respetó. No haberme tomado en serio cuando quise regresar, antes de los problemas, fue también darme una patada. Quizá tendría algo qué agradecerle si me hubiera recibido para decirme que no, y ya. ¿Qué s que me quiere mucho? ¡Mmmm! Yo, mejor, como dice la canción: “Ay, amor, ya no me quieras tanto”.

Era el año 2001, ¡ni quién profetizara que iba a conocer al Arturbio en el restaurante de Irma! Todas las mañanas leía el periódico mientras desayunaba y vi un anuncio que me llamó la atención por su colorido: “Centro Visión, Acción, Creación”, el nombre y teléfono de la doctora Mireya, psicóloga.

En ese tiempo asistía todos los sábados a una bohemia que organizaba un maestro titiritero, con el que me relacioné porque quería integrarme a su compañía para mejorar mi trabajo con los muñecos. Empecé a acariciar la idea de buscar una terapia de grupo cuando percibí que este señor nos pedía, a los que íbamos a cantar, que le dedicáramos tiempo entre semana, que fuéramos profesionales, que no le preguntáramos a la hora de preparar un espectáculo, cuánto ganaríamos, porque eso era falta de humildad, y rehusarse a tomar las clases de vocalización y solfeo, era falta de disciplina, el caso era que, por angas o mangas, teníamos la obligación de estar sin el derecho a una retribución por nuestro trabajo.

Desde un principio supe que no se iba a realizar mi deseo de estar en su compañía de teatro de títeres pero me quedé porque me gustó lo que desarrollé en materia musical. Allí aprendí a tocar la guitarra e hice mis primeras canciones.

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Llamé a la doctora Mireya. No tenía grupos, pero me ofreció un descuento especial si podía integrar uno con amigos o conocidos. Le dije a Irma y a otros más. Al no encontrar eco, deseché la idea y conocí a Mireya hasta Marzo del 2003, cuanto tuve que dejar a Dora Luz.

Las perturbaciones emocionales, entre más sutiles, más dañinas. Aunque me sentía bien con mi vida tal como la llevaba, estaban ahí muchas señales de que iba a desbarrancarme: quería mejorar mi trabajo como ventrílocua, y fui con un maestro titiritero que resultó cancionero improvisado que además se enriquecía con el trabajo de la gente que acudía a su bohemia. Por eso nos decía nada más en qué fallábamos, no permitía que se entablaran conversaciones entre los asistentes, y parecía que tenía don de ubicuidad, Ahí no se hablaba más que de lo que se estaba presenciando en el momento, cualquier incipiente amistad, era desbaratada por arte de magia. A pesar de ello, me salieron dos galanes que pude rechazar; eran casados y no iban a ser la compañía masculina que en verdad podría beneficiarme, si es que existe.

¡Ahora me explico todo! Hacía mucho navegaba de una frustración a otra: me conformé con poner teléfono, porque no me alcanzaba el dinero para pagar un curso de teatro de títeres que anunciaban en Internet; quise pagar con trabajo en alguna otra compañía, y caí en las garras de un estafador, a eso agrego los problemas con mis vecinos, que se exacerbaron con la instalación del teléfono. El edificio donde vivo no tiene dueño y cada quien  se siente libre de agandallarse, ¡con razón, casi al punto de conocer a Irma, empecé a fijarme en sus defectos, a perseguirla! Y ella no me corrió de su negocio a pesar de que soy vociferante y exhibicionista, ¡porque también demandaba perseguidores!

Una forma de evitar las recaídas es perderle el miedo a nuestros rasgos negativos, porque sirven para revertir daños posteriores si se atreve uno a mirarlos como lo que son: síntomas de que nuestra parte enferma encontró mundo de su tamaño y se dispone a darle, que es mole de olla.

En lo más álgido de la relación con Arturo empecé el trabajo con mis broncas vigilada por Mireya quien rehusó que le pagara. Acordamos una cantidad como costo de cada sesión y ella fue bajando el precio a su gusto. Esto no lo hizo por generosidad, estuvo casada con un alcohólico y se dedicó a controlarme. Antes de ser psicóloga quiso ser actriz, pero fue publicista. Las personas que trabajan en eso, suelen ser ultra morales pero no vacilan en encuerar a un semejante si con ello pueden vender un producto. El publicista hace lo que está a su alcance para que todos crean que la vida es color de rosa y que todos  podemos subir trabajando duro. Para ellos el que no es de status fresa, está mal de la cabeza. Creo que tomó partido por Irma y sus secuaces, al grado que le tuve que decir, en tono de guasa, que estaba más al servicio de ellos que mío, que si le estaban dando la diferencia de lo que ya no me cobraba.

Surgió en mi mente la palabra “mierdeya”, y rebotaba de un hemisferio a otro como pelota de ping pong. En el grupo Al Anon al que asistía había una compañera que también se llamaba Mireya, y al escuchar sus tribunas, fácilmente podía dársele el apelativo pero supe que el apodo era para mi terapeuta al terminar la penúltima sesión. Me acompañó hasta la puerta e iba hablando de otro paciente a quien tampoco le cobraba lo que en principio habían estipulado. Clarito percibí que estaba echando indirectas para mí cuando dijo: “Es un privilegio venir a terapia y más con facilidades”. Ahí vi mi oportunidad de irme, y la aproveché. La semana siguiente, fue sesión de despedida y poco faltó para que me pusiera a cantar “Aleluya” mientras iba camino del zaguán.

Al mes, encontré este recado en mi contestadora: “Habla la doctora Mireya Flores. (Leve tartamudeo) Quiero saber si ya estás bien, si tienes nuevos amigos y estás alejada de toda esa gente nefasta que te rodeó.” Respiré hondo. Si no quería volver a escucharla, tendría que devolverle la llamada y entre más pronto, mejor.

Agriana tuvo razón en enojarse, pero escuchó los consejos: “Corazón, esto hay que manejarlo con mucha prudencia. Se le van a dar las gracias, se le va a decir que estamos bien, lo cual es cierto, y si plantea la posibilidad de un regreso, le contestaremos sin groserías, pero con firmeza, que esta vez aplicaremos la lección: en cuestiones de terapia, segundas partes nunca fueron buenas.”

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El recurso del impotente es lamerse las heridas en el consultorio de un terapeuta a falta de medios para ajustar cuentas. Otro de los beneficios que saqué de la terapia, es darme cuenta de que puedo dañar igual; que un insulto mío es tan ponzoñoso como lo fueron o lo son los de los demás hacia mí. Ahora que he tomado contacto con mis verdaderos alcances, me amedrentan menos las ostentaciones agresivas de la gente pero no puedo disfrutar ser mala porque viene el miedo: hay que medir consecuencias. ¿Quién me puede asegurar que los demás sí disfrutan ser cabrones? Cada uno es para sí mismo, como yo soy para mí. Ser bondadosa es no sacar a la gente de su zona de comodidad, pero a veces comprendo a los que tiran la piedra y esconden la mano; la hipocresía es otra forma socialmente aceptada de mostrar el resentimiento y más productiva que sentarse a llorar.

Ayer aspiré a vengarme, hoy, aspiro a que mi coraje se transforme en malicia para detectar a la gente que pueda dañarme antes de que llegue a hacerlo y ponerme fuera de su alcance; de ese modo, ellos y yo viviremos mejor. Aspiro a que mis emociones negativas no me vuelvan a manejar, para que no lleguen los dardos y ya no muerda el anzuelo como lo mordí aquella noche decembrina del 2004.

Llegaba a casa, y al pasar por el restaurante, Arturo salió y empezó a echar habladas. No era la primera vez que lo hacía, pero sí fue la última. Como siempre, ni siquiera me detuve. Irma estaba confiada en que nunca llegaría a avergonzarla a su trabajo, porque jamás lo hice; y no fue  por educación, sino porque no encontraba la forma para dañarla sin ensuciarme las manos, pero ese día, Agrianita, o sea mi otro yo, se encargó de todo, y se dejó dirigir. Desde un teléfono público llamé a la policía, les dije que era Irma y que necesitaba ayuda para sacar a un par de borrachos que no me dejaban cerrar. Cuando llegó la patrulla, desde la contra esquina tomé nota del número y me quedé un rato más, observando a Pésar Disgusto Cordebrio y Pose Arturbio Ladilla Jerez, que peinaban la cuadra según ellos, para encontrar a esa pinche culera, o sea a mí.

A las cuatro de la madrugada, Arturbio me despertó con el tamborileo que le dio a mi puerta. Lo primero que pensé es que me reclamaría, pero no fue así. De todos modos, de ahí hasta el medio día fuimos dos fieras en acecho. Nada me quita de la cabeza que no fue a verme, sino a meter cinta para sacar cordón.

Pasé cinco meses más recogiendo propaganda del restaurante que Irma pegaba antes de abrir en los postes cercanos. Había en la hoja del menú un número telefónico cuyos cuatro primeros dígitos no correspondían a la serie de la colonia. Investigué a nombre de quién estaba, llamé y la dueña de esa línea fue al tugurio a reclamar. También llegaron de la Procuraduría del Consumidor y multaron a Irma por dar informes falsos a los clientes. Gestioné dos visitas al negocio: una de AA y otra de Neuróticos Anónimos. Fueron. En esa forma, le puse a la ex amiga una exhibida peor que si la hubiera ido a cachetear. Al mismo tiempo, metí un escrito a Salubridad y otro a la Delegación. Amonestó primero la Secretaría de Salud y a la semana, fueron de la Delegación a ejecutar la clausura.

A la que parió a la astuta cocinera, como le gustan los libros, le mandé una copia del mamotreto, para que se entretuviera en algo. Espero que haya disfrutado sus 20 días de vacaciones. Anexé esta carta:

 

México D.F., 12 de Octubre del 2005.

 

Estimada señora Yolanda:

Como diría yo, si fuera Antonio Machado, de los borrachitos vengo y a los borrachitos voy. Sí tenía usted razón; sembré mi maíz, me comí mi pinole, confieso que he cagado. Así diría Pablo Neruda. Humildemente, espero sea de su agrado la engalanada boñiga. A ver si lavando tupe, o se acaba de arralar.

 

Suya y cordial:

Agriana Falaz Herrández.

 

La antedicha firmante no tenía llenadera: hizo el berrinche de su vida porque el restaurante volvió a ser abierto.

-¡Cómo! ¡No puede ser! ¡Cómo pudo! ¡Eso era para que no levantara cabeza! ¡Cómo se atreve! ¡No! ¡Tiene que haber una fórmula para ponerla en el suelo!

-Corazón, ya no veo qué otra cosa podamos hacer, ni modo que la mandemos matar.

-¡Que le den un cortinazo y le vacíen el local! ¡Que vuelva a empezar de cero! ¡A ver si puede!

-¿Tienes los contactos y el dinero para mandárselo hacer?

-No.

-Entonces, ¿qué estás chingando? Perdóname que te hable así. ¿Qué importa que haya abierto? Se pasó veinte días penando por conseguir dinero, la multa que pagó no fue de cincuenta pesos, ni de mil; muchos de sus clientes ya no van a regresar, y sus proveedores, ¡más de uno la debe catalogar como gente poco seria! Se va a pasar un buen tiempo explicando por qué le cerraron y poca gente le va a creer, si no es que ninguna. De acuerdo, sí, nos cae gordo que haya abierto, pero ya le costó. Veinte días sin ganar dinero y con dos rentas qué pagar, ¡el puñetazo está bien! ¡Muerto el perro, se acabó la rabia!

-¡No es cierto que se acabe! ¡La quiero ver escupiendo sangre!

-Sí mi vida, pero aquí hay una cuestión: no tenemos recursos para más, el madrazo se lo dimos, ¡ya! Ahora, a protegerse, porque quizá tomen represalias.

-¿Esa? ¡No te preocupes! Aunque nos lo mereciéramos, nunca va a hacer ni a decir nada, ¡tiene cola que le pisen!

-Pequeña, ¡me estás dando la razón!

En ese momento, recordé una conversación con el profesor Javier; le pregunté: “¿Cuándo voy a tener verdadera tranquilidad, a alcanzar autoestima y paz?” “Cuando le pongas en su madre a la gente que te haga daño”, me contestó.

También Mireya apareció: “¿Por qué no vas al restaurante y mejor la golpeas? ¿No te parece muy inmaduro estar escribiendo cartitas?”

Ante ella me quedé muda, pero no, no me parecía inmaduro. Golpear a Irma sí era un modo directo de arreglar las cosas pero, aparte de que me exponía a ir a la cárcel, ya había visto que con ella ninguna objeción directa funcionaba; si hay perseguidores especializados, ¿por qué no delegar la chamba?

Irma no fue directa conmigo; si le disgustaba mi modo hablotero e imprudente, todos los negocios se reservan el derecho de admisión. El parloteo a lo bobo, es una forma de ejercer el poder contra alguien, aún cuando el vocinglero no se de cuenta de lo que hace, ni tenga el propósito de agredir, pero debió caber en ella la capacidad de poner límites. Si no me quería de cliente, debió decirlo con todas sus letras. El modo en que la traté fue el mismo que ella usó para aventarme al borracho que ya no quería y reírse de mí. Si no se cobra un agravio, es sinónimo de que se está del lado del ofensor.

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Nadie puede vender experiencia; los únicos que lo intentan  son los psicoanalistas, y son tan desfachatados, que cobran por fracasar. Para bien o para mal, tienen poder. Cuando detectan contra qué está luchando un enfermo, sabotean e insultan. Son jugadores profesionales de “sólo trato de ayudarte”. El hecho de que sus tarifas estén sobre los $500.00 pesos, obedece a una razón: los bienes, servicios y oportunidades no son para todos, sino para unos cuantos seleccionados, en este caso, los que pueden pagar quinientos pesos por una consulta y que tienen, desde luego, la suerte de no estar tan amolados. Los problemas emocionales de los pobres tienden a ser más serios y difíciles de desentrañar; no son tan agradables como los conflictos de la gente bien.

Prohijar psicosis, neurosis o esquizofrenia es una forma de opresión disfrazada. Las altas esferas del poder necesitan que haya gente en el planeta para que genere riqueza, pero hay que hacer que cada uno de esos individuos, renuncie al pedacito de mundo que le corresponde. La riqueza se produce trabajando y se acumula en dos formas: el ahorro y el hurto. Abundar en eso último es tema para otro libro, y de otro autor; únicamente quiero resaltar que hay más chance de encontrar alternativas con un terapeuta. En los grupos de autoayuda se termina por descubrir que un ciego no puede guiar a otro ciego.

Al  Anon, sin las pláticas con Mireya, me hubiera hecho más daño que beneficio. Hay compañeras que en tribuna se autonombran doblemente ganadoras. Son mujeres que han desarrollado la enfermedad del alcoholismo, pero que fueron hijas, esposas, hermanas o madres de alcohólicos y, como tales, tienen derecho a estar ahí y decir sus cosas. Las que son sinceras con ellas mismas van además a reunirse con la gente de AA y tienen claramente dividido lo que pueden decir en cada grupo; las que insisten en el autoengaño, se quedan en Al Anon. Queriendo y no, contaminan a las demás.

No deja de llamarme la atención el hecho de que solamente en un grupo de gente de la clase alta pude ver lo que realmente es la conciencia de grupo y el verdadero propósito de AA y Al Anon como instituciones de ayuda para el alcohólico y sus allegados, nos guste o no, AA es una aportación de ricos; Bill W y el Dr. Bob eran tan adinerados que se codearon con Rockefeller, quien generosamente, les dio calurosísimas felicitaciones además de la idea de la séptima tradición, que dice que cada grupo se debe sostener con sus propios recursos.

Los compañeros Al Anon dicen que allí las clases sociales no importan. Como entelequia, está bien, pero una coordinadora hizo la observación de que es más fácil asimilar el programa si se tienen estudios humanísticos y aquí, vuelve a imperar el dinero: ir a una universidad, aunque sea del gobierno, cuesta. Los libros, en ningún sitio son regalados, por más que sean iguales en su modo de pensar los felices con un millón de pesos y los que no cargan ni para comer. A los l6 años asistí al hecho de que los de arriba y los de abajo sienten que el mundo les pertenece; los primeros, disfrutan la realidad de comprarlo; los otros, estarán en condiciones de arrebatarlo si experimentan una gran frustración.

La enfermedad emocional no es diferente de ningún otro microbio: virus, hongos y bacterias tampoco respetan edad, sexo ni posición social, pero, ¿por qué a los ricos no les da disentería, ni infecciones micóticas, ni lepra o escorbuto?

Tal vez algún esoterista pudiera ayudarnos a descifrar el enigma; yo nada más puedo ofrecer el fruto de mis pesquisas. Hay razones de mucho peso para llegar a la conclusión de que los grupos de gente rica son los verdaderos depositarios y beneficiarios de cualquier programa de recuperación. El arrabalero, si tiene suerte, podrá caerle bien a algún terapeuta o contará con la bestialidad de un anexo, y la barbarie de un grupo de avance.

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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana VIII (Donde el mando supremo es el placer)

“(…) claramente hemos tomado prestadas ideas de la anarquía, la democracia, la república, la jerarquía y la dictadura. Tenemos la esperanza de haber evitado las desventajas de cada una, y especialmente creemos  haber heredado la mayor cantidad de ventajas de dichas formas de asociación.”

 William Griffith Wilson. (Bill W)

El padrino David me recibió en aquel grupo AA que está a unas calles de donde vive Arturo. Se mostraba cordial, apapachador, pero yo tenía tanto miedo que trataba de pensar en otras cosas. Mientras él hablaba, la cabeza me daba vueltas en torno a la idea de “El país de Calvert”, la “Isla de Calvert”, donde todos están hermanados en la euforia y el delirio; los habitantes triunfan en la vida y son señores de señores; las mujeres no dejan de ser jóvenes y hermosas; no hay bebés que lloren y que crezcan porque no transcurre el tiempo y el espacio es infinito, un país donde el mando supremo es el placer, en donde nunca se termina el derecho de estirarse, aunque estén las narices de los otros, que también se están estirando, ¡Jauja!

Volví a la realidad en el momento en que David decía: “Aquí vas a encontrar lo que busques. Si quieres el cielo, aquí está, si quieres desmadre, también, ¿traes tu cuestionario resuelto?” “Sí”, le contesté.

Tenía en la mano un folleto de preguntas de opción múltiple. Debe llenarlo cualquier persona que abrigue sospechas respecto a su manera de beber. Hacía una semana, había tenido la experiencia espiritual, el cuarto paso del grupo de avance. No hice más que dormir después de un fin de semana agotador en que escribí sin descanso, para despertar con el recuerdo del profesor Javier, mi primer terapeuta.

En una sesión me dijo que le asombraba que no fuera borracha ni drogadicta con todo lo que me había pasado; era un verdadero milagro que tampoco me haya vuelto homosexual. En otro momento, hizo alusión a mi soberbia, que nada más me iba a llevar a perder lo poco que tenía y quedar sin amigos ni parientes; a ser como “esos que comen cualquier cosa, viven en la calle, los perros les ladran, los niños les tiran piedras, la gente los esquiva o los insulta, y de todos lados los corren.”

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Eso último, me golpeó como ninguna otra cosa. Así acaban los enfermos de alcoholismo; es de las últimas fases del mal. ¿Cómo sería posible que fuera a terminar como ellos, sin beber? ¿No sería alcohólica en realidad? Si era así, ¿de qué manera estaba siendo dipsómana, si  nunca había precisado del alcohol?

Llegué al grupo que coordinaba el padrino David bajo el deseo de trabajar las preguntas con una mujer AA. Quería examinar cuál había sido mi relación con el alcohol.

David me presentó con Angélica, quien escrutó pregunta por pregunta. A menos de la mitad del cuestionario, dijo que según su percepción, no era alcohólica, pero podía tener factores de riesgo; entonces, el padrino David le arrebató el folleto y revisó mis respuestas. Para él, me había contradicho, y además estaba entrando a la fase crónica de la enfermedad, o sea, en grado 31. Me fueron llevando poco a poco hasta aceptar que era alcohólica y, ¡vaya que es para derrumbarse! Por lo menos, tengo un conocimiento exacto de lo que sentirá Arturbio cuando tenga que admitir que de veras no puede, y que si no agarra el programa, ya no hay p’a dónde. El padrino David me recordó algo muy importante que nos decía el profesor de Deportes, allá en mis años de niña monjil: “Chaparritas, no pueden exigirle a nadie que haga un esfuerzo que ustedes no estén dispuestas a hacer.” Hoy comprendo que no se refería solamente a un esfuerzo físico.

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Salimos de la junta y el padrino se ofreció a llevarme a casa. Estaba a punto de llorar y terminé por hacerlo a mares a bordo de su carro.

-No puedo dejarte ir así.

-¿Por qué no? Tengo que luchar sola.

– No estás sola.

-De todas maneras; ustedes no pueden hacerlo todo, algo me corresponde, ¿no?

-Todavía no nos crees, pero haz la prueba, vete a una cantina, y verás cómo no puedes parar, ¡yo te invito la cerveza¡

-Mire, padrino, con todo respeto, no tengo por qué andar haciendo “pruebitas”. La ocasión me va a llegar de allá arriba, y no creo que usted sea superior a Dios.

-Tu sobriedad es precaria.

-Mi buen trabajo me cuesta.

Bajé del auto y comencé a caminar. Reforma estaba intransitable por los trabajos de remoción del basamento de la estatua de Cuauhtémoc; apenas eran audibles los gritos de los trabajadores: “¡Oiga, cuidado!”, “¡Váyase para su izquierda!”

El ruido de taladros y barrenadoras ayudaba a construir mi burbuja que se reventaba en llanto. Cada avalancha de lágrimas era como si cayeran enormes guillotinas y avanzara con músculos y tendones al descubierto. No sólo me dolía que soplara el aire; el contacto de mi ropa me parecía una lija.

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El resto de la noche dormité para llorar a ratos. Al amanecer, me decidí por el sueño; pero al mediodía, llegué con la madrina Edith. Tiene un puesto de comida en las inmediaciones de uno de esos cines habilitados como templos cuyo lema publicitario es “Pare de Sufrir”, mutuamente nos llamamos la atención y una tarde, al pasar, me preguntó si no quería comer. Ya le había comprado una vez y como no había comido, me quedé. Entonces supe que también conocía el programa AA.

La madrina Edith fue la segunda persona que me habló de los grupos de avance; la primera invitación me llegó once años atrás, a través de un compañero payaso. Aquella vez rechacé la oferta, pero más tarde, agorzomada por las borracheras y desaires arturbianos, las recomendaciones de la madrina Edith me sedujeron por completo.

Fueron muchas las noches y madrugadas que invirtió en hablarme de lo maravillosamente curativos que resultaban los tales grupos; casi, casi, allí se resolvía todo tipo de broncas emocionales y el desahuciado del manicomio salía completamente sano. “¡No hombre! ¡Tu psicóloga no te está haciendo nada! ¡Soy la que te está salvando y no te cobro ni un quinto!”

Por fin le dije una tarde, cuando tomábamos café en mi casa, que sí quería tener “la experiencia espiritual”. Al día siguiente, al llegar al puesto, me presentó a su hijo mayor, la causa de que haya conocido el programa, porque el muchacho tenía problema con drogas y alcohol.

Resulta que “mi Negro”, como ella le decía, era padrino del grupo en el que Edith había estado; cuando me vio llegar, le dijo a su vástago: “Qué huevotes de Adriana que quiere tener “la experiencia”, ¿no crees?”

Estuve ahí cerca de dos horas y me fui a trabajar exactamente igual que como llegué: sin saber dónde era el tal grupo ni cuándo eran sus actividades. Fui dos veces más, y en las mismas; ni me daban la dirección, ni se sellaba el compromiso de ser llevada tal día. Algo dentro de mí empezó a decirme que ya no era conveniente seguir tratando a la madrina, de no ser porque investigué dónde había grupos de avance, todavía sería este el día que no sabría en qué consiste la “experiencia espiritual marca ACME”, y ahí estuviera, esperando a ver cuándo los padrinos se dignaban dármela a conocer.

En realidad tuve mucha deferencia hacia la madrina Edith, porque, viéndolo bien, no debería de haberle ido a decir cómo me fue.

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-Edith, descubrí que sí soy alcohólica.

-¡No, hombre! ¡Tú qué vas a ser si ni tomas!

¡Buena estrategia! Nada más me dijo lo que sabía que quería oír, si no, por qué antes, en su labor de convencimiento para que fuera a un grupo de avance, me miró una vez con gravedad y sentenció: “¿Sabes qué? No es Arturo el que está enfermo, la que debe ir a AA eres tú.”

¡Qué bueno que los integrantes de AA no hacen diagnósticos, porque si los hicieran, buf! Algunas compañeras familiares, a medida que avanzan en el programa, se llegan a ensoberbecer y piensan que pueden hundir o salvar a quien les venga en gana.

La madrina mostraba un respeto desmesurado por tales grupos; mencionó que le hacen jurar a la gente que guardará por siempre el secreto de todo lo que se haga o diga dentro del lugar. Se enojó mucho cuando supo que le enseñé a mi psicóloga las preguntas que le hacen a uno en “la hacienda”. Me miró como si estuviera cometiendo un crimen de estado, de traición a la Patria o de lesa humanidad.

Una vez me platicó de su hija mayor, abogada, que cuando llega al puesto a visitarla se siente presionada por la forma en que Sandra le reclama atención. Nada más de ver cómo se alteraba al irme contando, me sulfuré y dije:

-Ay, no es posible, yo que tú, la mandaba al diablo.

-¡No, no! ¡Eso no! ¿Lo oyes? ¡Eso no! -y siguió toda una conferencia acerca del amor a los hijos y los frutos que ha cosechado de ser madre.

El equivalente de que un hijo se nos muera durante la crianza, es que se vuelva alcohólico, drogadicto o loco; también delincuente. De ahí el sentimiento de culpa de embarga y amarga a muchas madres en Al Anon. La madrina se siente culpable por la artritis de Sandra, el alcoholismo de Yanir, su “Negro”, y se aferra a la gente que necesite ser salvada, quien sea. No es casual que haya instalado su vendimia en las afueras del templo de una secta que promete el cielo. Allí abunda la gente que ansía ser salvada.

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Me contó también de su ex marido, Andrés, taxista igual que Arturo. En un principio, le pareció un buen hombre, pero un día, llegó a verla a su casa, a temprana hora, con un pulso de maraquero que parecía que estaba tocando un merengue, y volví a ver en ella la misma desesperación que cuando habló de su hija:

-Yo dije, ¡chin! ¡No! ¡Éste es alcohólico! ¡Éste es alcohólico! ¡Ay! ¡Éste es alcohólico! ¡No!

-Bueno, para entonces, tú ya conocías el programa, ¿por qué no terminaste ahí mismo con él?

-¡No! ¡No! ¡Eso no es rectitud! ¡Ya lo había aceptado! ¡No! ¡Eso no! -y me echó un sermón por los errores garrafales que había cometido con Arturbio. Allí me di cuenta de que me toleraba únicamente porque le estaba sirviendo de sparring. Proyectaba la ira que sentía y cuando me atrevía a expresarla, ¡a regañar se ha dicho! ¡Mira qué lista!

La madrina siempre estaba pronta a decirme mis verdades; quería que todo mundo oyera sus verdades dichas por ella, pero no aceptaba que alguien pudiera decirle lo suyo. Una tarde, intenté leerle la dinámica del juego de alcohólico del doctor Berne, y me atajó diciendo que conocía trabajos más fregones de otros psiquiatras. No dudo que los haya, pero los nombres de los autores y los títulos de los ensayos, estuvieron como la dirección del grupo de avance. Después de algunas noches en que me contó anécdotas de hombres más jóvenes que ella, que la pretendían, le manifestaban admiración, salía con ellos, “pero no le gustaban”, decidí alejarme, y fue justo a tiempo.

Esa tarde llegué a comer y me dijo que me presentaría a sus amigos de la casona que está junto a lo que fuera Teatro Silvia Pinal. Allí se elaboran escenografías y se filman escenas de telenovelas. El lugar es propiedad de Televisa. Me avisó que estaban tomando tequila y que si no me importaba. Habían pasado dos días desde que afirmó que yo ni tomo. Estábamos en la puerta de la casona, ella, discutiendo con sus amigos los policías de la entrada: por qué no me daban acceso al lugar, si era su amiga y gente de toda confianza. La madrina entró y salió a los 20 minutos. Me convidó un trago de vodka que tenía  en su puesto. Lo acepté, me sirvió, pero no se preparó el suyo. Me dio desconfianza. Decidí que no le pegaría los labios a mi vaso mientras no estuviera ella con su copa frente a mí, diciendo “salud”. Llevaba conmigo un libro de autoayuda que se llama LA TRAMPA DEL SALVADOR. Intenté leerle algunos pasajes que la retrataban. Me volvió a atajar. Primero fue “espérame tantito” dos o tres veces, y de plano:

-Ahorita no te voy a poner atención porque he estado tomando y ya se me subió.

-¡Ah, caray! Mira, entonces, échate ésta. (Le di mi copa) Nos vemos luego.

-¿No te la tomaste?

-No. –recibió el vaso, hizo una mueca y tiró el contenido.

Jamás volví. Y no pienso volver. Días más tarde, me topé con su hijo Daniel:

-Mi mamá está bien enojada.

-¡Ujule! Pues ojalá se ponga contenta porque si está enojada, menos voy.

Desde luego que debe estar bien enojada, le di excelentes motivos, me le fui viva, ¿quién me aseguraba que ese trago de vodka no era en realidad un bebedizo que me haría despertar en un anexo? ¡La madrina es muy cabrona! En la semana de Pascua del 2004, le pregunté por qué tenía un ojo morado, y presumió que el Domingo de Ramos había golpeado a una jovencita recién parida, porque no le pareció que exhibiera unas palmas para bendecir junto a su puesto. Fueron a dar a la delegación y por poquito, las chavas que acompañaban a aquella chamaca, muelen a golpes a la madrina. Como congénere de ambas y como trabajadora de la calle, considero que Edith fue abusiva. Si tal cosa le hizo a alguien vulnerable, por tener la misma necesidad y el mismo derecho, ¿qué podía esperar para mí?

Irma y Edith resuelven su historia sexual a base de ser consecuentes con los borrachos, y quizá sus negocios sean un escaparate donde se resguardan del calor o de la lluvia y se entretienen haciendo comida mientras llega el cliente. ¿A qué me exponía con el cultivo de esa amistad? La madrina acostumbraba contener hasta por doce horas la necesidad de orinar, si se torturaba a sí misma de ese modo, no creo que sea capaz de tener piedad de alguien.

Cinturón

Estas experiencias me provocaron curiosidad e indagué la historia de AA. En sus inicios fue una cofradía masculina, sociedad secreta, pero no fue la primera en lograr casos positivos de recuperación del alcoholismo: Roberto Owen, a principios del siglo XIX en Escocia, regeneró a los trabajadores beodos de una empresa textil, después, en el estado de Indiana, el año l826, fundó la Aldea de la Nueva Armonía y su Declaración de Independencia Espiritual inflamó corazones a destajo; pero lo más efectivo fue el trabajo que desde l776 hacían los predicadores Metodistas en la ciudad de Nueva York: llevaban el Evangelio a presidiarios, borrachos y prostitutas. Fue tan exitosa su labor, que en la ciudad de Washington, también en el siglo XIX, se formó un antecedente de lo que más tarde sería Alcohólicos Anónimos. Fracasaron. El floreciente imperio del opio tuvo algo que ver, pero cuajó hasta el siglo XX, en la década de los treintas, mientras en Europa se cocinaba la Segunda Guerra Mundial. Ya desde los primeros años de la Era Cristiana, en la Roma antigua, se había escrito un libro sobre la embriaguez. Todas estas cosas se las comentaba a la madrina Edith, quien solamente me dijo: “Ay, Adriana, ¿qué nos importa la Roma antigua y el mil ochocientos? ¡Esto funciona, no?”

-Siempre es bueno saber de dónde nos vienen las cosas; los gringos jamás han querido el bien de América Latina, y puede ser que ni siquiera la invención de AA se las debamos agradecer, aunque sirva.

-Mira no quieras ver mafias, en donde no las hay.

-¡Por Dios, Edith! ¡Basta leer el TRANSMÍTELO para contemplar a Frank Buckman y a Bill W como dos vedettes de la masonería, disputándose el liderazgo! ¡El doctor Bob, fue como la caca de pollo, ni huele ni hiede! ¡¿Qué hubiera inventado el evangelista ese, sin los antecedentes de John Wesley y William Booth?! ¡Briagadales derrotó a Persignado, que se fue, como perro con la cola entre las patas, a pedir frías con la Reina de Holanda! Para no desentonar con el rearme militar de las potencias, le fue con la embajada de un Rearme Moral. ¡La payasada más grande del mundo! ¿Cómo no le fue a pedir chiche a Hitler? ¿No que podía convencerlo de que se rindiera ante Dios? ¡Pinche hablador ojete!

-TRANSMITELO es literatura de AA, ¡quién te dijo que puedes ni hojear esos libros!

-¡No son sagrados! ¡Y tampoco los robé! Fueron debidamente comprados en la librería de la Central de Servicios. Además, ¡estudié una carrera de letras, cosa que no hiciste tú! ¡Tengo cabeza para leer lo que se me hinchen los ovarios!

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A medida que aumenta el auto conocimiento, va creciendo el deseo de saber acerca de Dios; y la primera reacción, la más sana, es revisar las raíces de lo que nos enseñaron aquellos que nos vieron nacer y nos educaron. Cualquier religión debe ser practicada con conocimiento de causa; y ese conocimiento debe ser una búsqueda de toda la vida para poder profesar la religión que se haya elegido, de una manera cabal. Bill W lo expresaba así: “(…) con cada día que pasa, me siento más como un católico y, ¡razono más como un protestante!” El fundador más activo de los dos que crearon AA, estuvo a punto de convertirse al catolicismo, hizo los Ejercicios Espirituales de Encierro de los sacerdotes Jesuitas. Su mentor fue el cardenal Fulton J. Sheen.

En la casa de ejercicios para las Reflexiones Ignacianas de Encierro de las Congregaciones Marianas de la Sagrada Familia, los sacerdotes Jesuitas me confirmaron que la experiencia espiritual de los alcohólicos es una copia de los ejercicios de San Ignacio, pero en laico. Para mí, hay muchas diferencias entre unos y otros:

Con los padres siempre supe dónde estaba: los grupos de avance hacen todo lo posible por que uno no lo sepa y, ¡ay de aquel que se atreva a preguntar! Se viaja de noche a la hacienda; no se permite, en el autobús, ocupar asientos desde los que pueda verse el camino y los escribientes son persuadidos verbalmente de que vayan ensimismados; de ese modo, nadie siente el impulso de ver a través de la ventanilla por qué lugares transita el camión: “Desde orita vayan metiéndose en su pedo, la experiencia espiritual ya comenzó y es un trabajo fuerte, fino y delicado”. Gastarían menos tiempo y saliva si llevaran al escribiente en una julia.

Los jesuitas no hablan con groserías; los AA sí, y dicen que eso es sinceridad. Lo que resulta molesto, es que sus palabrotas no tienen la carga emocional que les corresponde, ni están dirigidas. Gritan sus historias a lo bobo, como si fuera el pregón de un ambulante, y no se ve que de verdad les conmueva decir que son alcohólicos, sino que más bien se ufanan y ostentan, además drogadicción, como si fueran sus aptitudes. A mí, hasta pena me daba subir a la tribuna a decir que con trabajos estoy loca, ¡me sentía como un insecto en medio de tanta pinche celebridad, hijo de su puta madre!

Los jesuitas no me quitaron dinero, llaves ni documentos de identidad; en el grupo de avance es lo primero que hacen al llegar a la hacienda, ¡quién  sabe por qué me acordaría del ingreso de Ana Frank  a Bergen Belsen!

La tal hacienda, no es más que un conjunto de barracas con techo y paredes de láminas y piso de tierra. No hay electricidad, ni agua, ni sanitarios bien puestos. Nos pidieron que lleváramos lámparas de pilas, de las que fuimos despojados al momento de entrar a ocupar nuestras mesas, que tenían papel, plumas, y una vela disponible. Los padrinos nos acompañaban hasta al retrete y sus desgarradoras historias eran claros mensajes de que tienen experiencia en cuestiones que impliquen violencia; algunos han pisado la cárcel, hay buena organización entre ellos; quien se les ponga, hasta ahí llegó. Le dictaban a uno las preguntas, desfilaban como leones enjaulados vociferando sus penas, que algunas vez fueron rollos verdaderos pero en ese momento se oían acartonados, falsos y resobados, dicho todo de memoria, con el fin de arrullar, o arrollar, o intimidar la intimidad.

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Salí de mi sopor cuando fingieron un pleito y nos avisaban que permaneceríamos un día más de lo acordado. Ya era la noche del sábado. Llevábamos más de 24 horas sin dormir y con sólo dos tortas y dos refrescos por toda comida del día, estábamos extenuados. Uno de los compañeros se atrevió a externar su angustia: tenía que presentarse en su trabajo.

-Ah, ahora ya trabajas, ¡hijo de tu pinche madre!

-Acabo de entrar, no quiero perder mi chamba…

-Pues entonces, ¡sácate a chingar a tu madre de aquí! ¡Ándale! Qué, ¿no quieres terminar lo que empezaste? ¡Nomás para eso me gustabas, pinche putito! ¡Orale, ya! ¡A la chingada de aquí! ¿Quién más quiere irse?

Estaba helada. No perdí detalle de cómo los trataban a él y otros dos compañeros que dijeron que también preferían irse. Me interesaba saber si les devolverían al menos sus documentos de identidad, ¡el dinero! Ya los veía caminando por la carretera a San Gregorio Cuauhtzingo a esas deshoras de la madrugada.

Después de la trifulca, acertó a pasar por ahí un perro y le pregunté: “Padrino, ¿podría traerme una vela por favor?” Todos se rieron de mi ocurrencia, y nos sentimos mejor, ¡pero qué reducida progenitora! Orillaron a la mitad de nosotros a tomar una resolución de angustia, y cuando vieron que los compañeros estaban decididos a irse, resultó que todo era broma. De veras, me hubiera gustado ser una espía de Derechos Humanos. Estaría bien que les llegara un operativo sorpresa, en donde todos los escribientes resultaran ser de la Procuraduría de Justicia y que se encontraran con la novedad de que fueron rastreados, y que está la hacienda rodeada, ¡a ver si no se acababan esos grupitos! Aunque la gente vaya de manera voluntaria, si preguntar dónde estamos o qué hora es, se convierte en motivo para dar la guerra, hay privación ilegal de la libertad, o que me desmienta cualquier abogado; la tortura psicológica es obvia. Además, no hay privacidad para hacer necesidades, ni comida suficiente, ni lo dejan a uno dormir, ¿quieren más? Para mí, lo que estas personas buscan, es el suplente de una farra.

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Al recibir de mi padrino el auxilio espiritual que me podía haber brindado cualquier locatario del Mercado de Sonora, llegué a la conclusión de que los grupos de avance son más bien de retroceso, y lo más importante: mi escritura, la que realicé allá en la casa de Ejercicios, me la traje. En el grupo de avance le dicen a uno que la escritura se quema, porque todo eso es la basura que Dios nos ayuda a sacar, pero yo me sentí obligada a quemarla; lo acepté porque así  son allí las reglas del juego y el tratamiento de reo que recibí no fue para menos; una va avisada desde las juntas preliminares que la escritura es para quemarla. Aún así lo lamenté y una forma de rebelarme fue anotar en el papel sanitario las preguntas sobre las que versó el trabajo de esas dos noches con sus días sin dormir, la vigilancia es estrecha y fue una suerte que ningún padrino se diera cuenta de lo que hice. Gracias a eso y a Dios, desde luego, estoy aquí escribiendo, todavía.

Dicen las malas lenguas, que hay grupos en donde no les dan un pan, ni agua. De cualquier forma, la experiencia fue una trepanación que a nadie le recomiendo, excepto a Irma y a su mamá, con toda cordialidad.

A los padres Jesuitas les pagué $200.00 pesos por un fin de semana, lo mismo que duró y costó la experiencia del cuarto y quinto paso, y en el convento hubo tiempo de comer, dormir, bañarse y ponerse ropa limpia para poder meditar en las cosas de Dios.

De acuerdo con el Papa Juan XXIII, Alcohólicos Anónimos es el movimiento espiritual más importante del siglo XX pero, en lo personal, encuentro muy cuestionable la dicha espiritualidad. En la Central de Servicios Generales AA se deslindan de los grupos de 24 horas, que son los anexos, y de los grupos de avance; de los de puerta cerrada, ¡mejor ni hablar, no los conocen! Pero el día que fui a comprar literatura, en cuanto supieron que estuve en la hacienda, recibí tratamiento de madrina y un descuento adicional. En esas oficinas sostienen que los grupos de hora y media son los únicos depositarios del programa de recuperación, pero si reconocen la labor que se haya desempeñado en el grupo de avance, ¿en qué quedamos? Si los dirigentes de la Central de Servicios fueran gente sana, podría pensarse en doble moral; pero son personas que han subido de teporochos a ejecutivos, e igual que Arturbio, dicen una cosa, piensan otra, y hacen otra. En AA consideran que hay tantas formas de seguir el programa, como personas participantes, y el resultado, es una institución que reproduce y recrudece el malestar del que pretende ser paliativo.

Los alcohólicos, a donde quiera que llegan quieren ser el bebé del bautizo porque se sienten la quinceañera de la fiesta; muy pocos son capaces de admitir que si están destacando, es porque son el muerto del velorio. Ernesto P. comentó que la proliferación de los grupos de avance es consecuencia de que muchos compañeros abrigan resentimientos hacia la sociedad y se sienten con fueros para poner su templete.

No lo hurtan, lo heredan. Bill W encontró su recuperación asistiendo  a las juntas del Grupo Oxford. Al sentir los beneficios del trato con Frank Buckman y seguidores, pasó a resultar que el evangelismo era agresivo, que había formas de coerción, directas e indirectas, que no deben haberle disgustado mucho, desde el momento en que se perpetúan a través de los grupos de avance.

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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana IV

 

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Acepté la pobreza por orgullo

“En la población humana la impotencia es un requisito de una sociedad opresora, y la familia desafortunadamente suele educar fuera del poder y autonomía y educar en la disciplina y docilidad para las reglas autoritarias. La formación en la impotencia, interpretar el papel de Víctima en el Juego del Rescate, hace que la gente crezca con un sentimiento de que no se puede cambiar el mundo.”

Claude Steiner.

Soy una intelectual pobre, y fue necesario llegar a este punto para comprenderlo. Aún desconozco si en verdad recibí de niña la orden de ser pobre, o nada más acepté la pobreza por orgullo; sin embargo, para mí, no es únicamente carencia de dinero, sino también de seres queridos.

En realidad, no he terminado de aceptar que estar sola es un estilo de vida. He pasado  más tiempo sola que con un hombre. Siempre ha sido lo mismo: cuando más a gusto estoy con mi existencia, aparecen y al aceptar a alguno, el que más me guste, el que mejor, no importa el que mejor qué, paso de estar carente de compañía masculina, derechito a la frustración, porque el cariño, el apoyo, todo lo bonito que me ofrecen al principio, me lo arrancan de cuajo en la primera oportunidad y nunca más lo vuelvo a ver, ni lo vuelvo a sentir. Entre más tiempo paso sin pareja, más tengo la convicción de que soy fuerte y puedo conmigo misma; tomo decisiones, dispongo de mi tiempo y mi dinero como mejor me parece, pero no les caigo bien a otras mujeres; probablemente esto causó que se acabara la amistad con Irma y con su mamá.

De joven soñaba con estar sola porque, a medida que fui creciendo, me daba cuenta de que la horda que tenía por familia me quitaba atractivo. Creo que llegué a avergonzarme de ellos en la medida en que lo hacían de mí. El sentimiento se engarzaba con la idea de que no podía aspirar a otra compañía. De cualquier forma, hice realidad mi sueño dorado, pero, al dejar su protección, pasé a vivir en vecindad. Creo que hasta en eso seguí el mandato que me diera mi madre, allá en la infancia: “No eres rica, hija, eres pobre”.

¡Y pensar que me lo dijo después  de agasajarme con una fiesta por haber cumplido ocho años de edad! Luchó hasta lo indecible por hacer el convivio, ¡claro! Los defectos de los niños ponen en entredicho la capacidad de la madre para educar; le interesó hacer la fiesta, para cuidar su prestigio. Tenía una niña taciturna, huraña y retraída, incapaz de socializar, que le estaba dando la balconeada de su vida.

Algo de eso intuía porque no moví un dedo para que la directora del colegio me diera los teléfonos de mis condiscípulas. Tuvo que ser ella quien habló con la religiosa, hasta contrató un pianista.

huraño

La fiesta dio resultado. Bailé y canté. Al día siguiente, en la escuela, mis compañeras empezaron a aceptarme. Llegué contenta; en la noche, mamá tocaba su piano, me volteó a ver. Yo estaba haciendo la tarea. Entonces, tomó el cuaderno de dibujo, lo revisó hoja por hoja y me pidió que dibujara un material.

-¿No sabes lo que es un material?

-Sí. –le dije temerosa de no adivinar lo que quería, y dibujé algo como un gatito, muy pequeño, en el centro del papel.

-¡Ay, Adriana! Te pedí un material, ¡y mira nada más con qué garabato me sales! -recibí una perorata educativa para que no fuera desperdiciada y remató con la célebre máxima que me prohibía la riqueza y me imponía la pobreza como el único lugar que me correspondía para estar en el mundo.

En las escuelas antiguas, material era la letra que dibujaba el maestro en el pizarrón para que los niños la copiaran, ¡me estaba hablando como le hablaron a ella en su infancia! En unos términos que ya no se usaban en la escuela que me tocó.

Para mamá, todo aquel que no entendiera las cosas exactamente como ella, era un descerebrado, y la única prueba fehaciente de que se tenía cabeza, era adivinarle todo, decirle lo que quería oír, y aventarse como el “Borras”.

escuela antigua

Fui una niña desconcertada. Por un lado, se me impulsaba a que decidiera; pero al tomar iniciativas, mamá se encargaba de frenarme. Papá era igual, pero hizo menos daño porque siempre andaba de viaje, por lo tanto, el trabajo sucio, lo hizo más ella que él.

Según refirió papá, en el año l96l, mamá fue internada por primera vez en un sanatorio psiquiátrico y el doctor que atendió el caso, emitió un diagnóstico severísimo y muy poco alentador.

-Mire, señor Salas: su esposa tiene esquizofrenia. Es muy difícil convivir con este tipo de enfermitos, porque no suelen aceptar que necesitan terapia de control hasta el último día de sus vidas. Le recomiendo que se divorcie y le retire la patria potestad sobre sus hijos; aún son pequeños y puede repararse el daño que ya han recibido. Si lo desea, en este momento le extiendo el certificado para que lo lleve usted con un juez de lo familiar. También lo puedo poner en contacto con un abogado que se especializa en problemas familiares, para que se haga lo más rápido posible.

-Oiga, doctor, ¿quiere usted decir que cuando salga se debe encontrar con que ya no tiene casa, hijos, ni esposo?

-Exactamente.

-¡Eso es una jijez! ¡Pobre mujer!

-Ella no tiene remedio; usted y sus hijos, sí.

Tontonio, es decir, mi padre, salió de ahí haciéndole honor a su apodo. Trabajaba en Bayer de México, en la división de productos veterinarios. Esa era la labor que lo obligaba a viajar, o más bien, el alcahuete para no estar en la casa ni enfrentar la dificultad de convivir con una enferma mental. Esa chamba se la delegó a tres niños, o sea, mis hermanos: Alejandro, 9 años de edad, Ma. Alura, 24 meses de nacida, y yo, que apenas había pasado por cuatro Navidades.

Tontonio, que a veces era Mandonio, tiene el don de caer bien a pesar de sus grandes defectos. Era vendedor estrella y sus jefes le brindaron ayuda: le presentaron al mero picudo del bufete de abogados que le llevaba los litigios a la empresa, y le ofrecieron la dirección general de Bayer Centroamérica, cuya sede estaría no recuerdo si en Honduras o Nicaragua. Como le dijeron que allá se establecería, que ya no iba a viajar, no le gustó. Prefirió seguir siendo Tontonio Falaz Mánchez, marido de Roña Esmeranza Herrández Cargas, roñosa esmerada en cargar el error, por consiguiente, los frutos de tan dulce y cálida unión terminamos por ser los hermanos Falaz Herrández: Alocandro, Mariagrura –en la actualidad Marialurias- y una servidora, Agriana.

Tengo la impresión de que mi padre quizá esté seriamente perturbado. Hay hombres que toman por esposas a mujeres que no les convienen, para disimular sus miedos, no resolver sus problemas y echarles a ellas la culpa de todo lo que resulte fallido en la relación; si mamá se dejó maltratar hasta el punto, su locura es su atenuante, pero respecto a mi padre, si no está enfermo, sí es posible pensar en maldad.

abandonados

Tres años antes de huir de la casa, (iba en segundo de secundaria) Manuel, un sobrino de papá, nos frecuentaba. Mamá le proporcionó la llave y siempre llegaba a los pocos minutos de que la tía Esperanza se había ido. Me alborotó. Mi primo fue el primer hombre que deseé sexualmente, pero no le tuve. A los trece años, en esta sociedad urbanizada, la sexualidad es algo anhelado y temido a la vez. Pudo más el temor.

Al descubrir el abuso de confianza del pariente, mamá lo corrió; pero a mí me golpeó con el cordón de la aspiradora y no descansó hasta que yo admití en voz alta que era una puta.

El profesor Javier, mi primer terapeuta, hizo un comentario respecto a que mi madre había sido torpe, porque darle así como así la llave de la casa a un hombre jacarandoso en plena juventud, era ofrecerle el pichón al gavilán. También hizo la observación de que tratar de puta a una niña de menos de catorce años, es aventarla a que sea madre soltera, mínimo; y en efecto, yo fui madre soltera a los l7. Pasé las de Caín para sobrevivir y dar a luz; mamá conoció a mi niña al mes y medio o dos meses de que nació. Me miraba como si la hubiera decepcionado, pero creo que en realidad, más obediente no pude ser. No creo que se haya molestado porque salí con mi domingo siete; más bien le disgustó que el semental no haya sido Manuel.

Dice por ahí una canción que todas las mujeres tenemos nuestra acorralada. Con el primo no tenía escapatoria. El irigote que hizo mamá como parte de su juego, fue la Caballería Rusticana que me salvó, pero sólo por un tiempo.

Después de la tormenta familiar, el tercero de secundaria y primero de preparatoria los vi transcurrir entre clases de actuación a escondidas de mi madre en el Seguro Social; ella no aceptaba que  yo quisiera estudiar arte dramático, y me impuso fines de semana de “acercamiento a la divinidad”: íbamos a misa en un templo católico, después con los pentecostales, seguramente se llamaban así porque azotaban como costales cuando decían que estaban en trance; de ahí con unos médiums en la calle de Gante, para rematar en Tepito, en la casa de un señor que también hacía sesiones espiritistas. Esa era la vida con mamá. Ma. Alura, cuyas súplicas de que la dejaran seguir viviendo en el rancho de papá resultaron inútiles, no aguantó. Fue la primera en huir. Cuando me fui, la eminente y culta científica -mamá es cirujana dentista- degeneró en pobresora  undiversitaria al contratar a un brujo para seguirnos el rastro, y como de raza le viene al galgo, en Junio del 2003, despreciada por Arturbio, me descubrí aquejada del mismo mal: adjudicarle más eficiencia a un charlatán que a un profesional capacitado.

charlatanería

Mi primer psicólogo ya me había advertido que entre más odiara a mi madre, más me arriesgaba a ser como ella; en otra sesión afirmó: “Tú rechazaste a tu madre, y tu madre podía haberte dado cosas”. Ahí sí no estoy de acuerdo. Lo que me estaba dando, era pura enajenación, lunatismo, de la oferta sexual a mi primo, pasó a dejarme encerrada cuando se iba a trabajar, y ni así me tenía confianza. Hice una maleta con dos mudas de ropa, mi acta de nacimiento y un certificado de primaria. Eran todos los papeles importantes que pude rescatar. Saqué el pequeño equipaje sin que mamá lo advirtiera, le pedí a una ex compañera de la secundaria que me lo guardara. El 4 de Enero de l974, salí de casa normal, como quien se iba a la escuela, y fui a clases, pero ya no regresé. Pasé la noche en la sección de paquetería de Aeroméxico, en el aeropuerto, porque tenía la idea de que al día siguiente pediría trabajo de sobrecargo y de esa manera, resolvería la cuestión económica y estaría siempre de viaje, por lo tanto, mamá y papá no tendrían posibilidad de encontrarme.

Esa noche conocí al que sería padre de mi hija, en ese tiempo me pareció agradable, pero ahora lo veo como era: un cafre que me doblaba la edad y que no tenía empacho en hacer de cualquier mujer, una madre.

Entre todos los hombres que ahí había, hubo algunos que quisieron ayudarme de buena fe y otros que intentaron abusar; de todos me salvó Alberto, pero únicamente lo hizo para ganarse mi confianza. Me regalaba dinero y cuando ya me tenía comiendo de su mano, me acompañó a un hotel. Al menos fue agradecible que no se comportara con la violencia que los otros ejercieron y que de puro milagro me pude escapar. Alberto tuvo lo que a los otros les faltó: paciencia y astucia. No fue doloroso perder mi virginidad porque esperó a que me quedara dormida. Me despertaron sus jadeos y el peso de él sobre mí. Un mes más tarde, me descubrí preñada. El comenzó a esconderse, a negarse si lo buscaba. No faltó quién me dijera que estaba propalando que yo era una puta.

A los l6 años se tiene la más horrible de todas las edades: físicamente se es ya una mujer, pero moralmente, no hay todavía la entereza para decirle a ningún hombre que sí. Lo que este señor hizo conmigo, según la  ley se llama Estupro, a la mejor porque viene de la raíz etimológica es-tu-pro-ble-ma-es-tú-pi-da, que es lo que finalmente le vienen diciendo a la joven que pasa por lo que pasé. La fonda de Irma me recordó estos episodios de mi prehistoria. Hasta las mesas y las sillas me gritaban: “Es tu problema, estúpida”.

sueño roto

La fantasía de ser sobrecargo quedó en el bote de la basura. Preñada, sin dinero, sin ropa suficiente ni un lugar dónde lavarla y ponerla a secar, estaba en chino demostrar ningún grado de cultura ni pretender un trabajo decente. En el Mercado de la Merced  conseguí colocarme en un puesto de jarciería pero no duré ni quince días. Entraba a las siete de la mañana, salía a las 12 de la noche; ahí me daban de comer, pero, en una época en que el salario mínimo era de $52.00 pesos diarios por ocho horas de trabajo, ganaba quince pesos, y al salir, tenía que pedir limosna para completar lo que costaba una habitación en algún hotel de por ahí.

Uno de los compañeros de trabajo de Alberto me aconsejó que me fuera a Guadalajara; es la segunda ciudad importante del país, más chica y menos exigente. El me pagó el pasaje en autobús.

Llegué a la Perla Tapatía el l5 de Febrero de l974. En dos semanas, entré como mecanógrafa en el despacho de una librería que no tenía atención al público, pero sí un equipo de vendedores.

Hasta aquí, todo funcionaba, pero estaba esperando un bebé. El progreso que podía entrever se vino abajo. En la casa de huéspedes para señoritas donde vivía, comenzaron a tratarme como apestada.

Otra vez peregrinar; otra vez a padecer. Como ya disfrutaba de Seguro Social, el médico que me valoraba cada mes, me llevó con su familia, quien consiguió que ingresara en un lugar para madres solteras que se llamaba Casa de Belén, bajo la dirección de monjas franciscanas.

Allí tuve por fin un poco de estabilidad, hasta que recibí mis primeros 45 días de incapacidad y las religiosas me incluyeron en el grupo de las compañeras que no salían a ningún oficio ni oficina.

Hospicio argentino 1970. _ downloaded with UR Browser _

Todos los días llegaban a la Casa de Belén unos costales enormes de calcetines con algún defecto, generalmente un punto que se les había ido a las máquinas, corregible únicamente a mano, con un ganchillo especial. Era una labor de obrera calificada, por la que no percibíamos salario, las madres guardaban estricto silencio acerca de qué fábrica mandaba todos esos calcetines para su reparación.

En esa vecindad con fisonomía de convento, había dos categorías: las que salíamos a trabajar y aportábamos un dinero, éramos mejor tratadas; las otras, sí que estaban en la miseria, y quienes teníamos un ingreso, debíamos estar todo el tiempo vigilantes porque si no, nos robaban.

Hay industrias que dependen de la desgracia ajena. No tengo idea de qué hubiera hecho esa fábrica de calcetines, si no existieran chavitas deshonradas, indigentes y embarazadas a quienes explotar.

Conocí a muchas mujeres en mi situación, y otras tantas maneras de contemplar y encarar el problema: desde las sufridas y resignadas, hasta las importamadristas que tenían un hijo cada año para venderlo.

tráfico de bebés

Una noche, a escondidas, llegué a la sala donde tenían el teléfono y llamé a mamá. Me dijo que el fin de semana estaría por allá, que iría acompañada de papá.

El domingo, la directora llegó a despertarme y en cosa de dos horas, estábamos camino a México, en avión, papá, mamá, Alejandro, Minerva bebé, y yo.

Faltaban dos semanas para Navidad, todavía era l974. Antes de Reyes, el gozo, al pozo. Mamá se había hecho Testigo de Jehová, pero seguía citando las enseñanzas de los médiums de hacía un año. Era insufrible acompañarla en su camino por todas esas religiones tan disímiles. Me dolió darme cuenta de que nada más había regresado para seguir soportando la tortura de aceptar a un dios en el que ya no creía; de nada sirvió el esfuerzo de salir de ese hogar sin terminar la preparatoria, porque no tenía las agallas para llevar mi vida sin el embrollo de pertenecer a esa familia.

Me di de topes en la pared, me pregunté una y mil veces qué me pasó; en realidad, no tenía miedo de decirle a mi niña la verdad sobre su origen, pero lo que me hizo volver fue el miedo de pensar qué le iba a decir cuando me preguntara por sus abuelos, o sea mis padres, o por sus tíos, mis hermanos. Cuando nació, hubo una compañera de trabajo que me ofreció la posibilidad de que fuera adoptada por una familia rica de Monterrey. Ahora se que debí aceptar eso y olvidar para siempre a los míos.

En realidad perdí a mi hija cuando regresé al lado de mamá. Esa fue mi verdadera culpa. Siempre me preguntaré si no hubiera sido mejor dejar que la bronquitis que pescamos se volviera pulmonía, y morirnos las dos.

A duras penas pude esperar a cumplir la mayoría de edad, e inmediatamente hablé con una hermana de mamá, la Tía Alicia, que con tal de que no fuera yo a salir con otro niño, estuvo de acuerdo en que fuera a vivir a su casa.

Mamá puso el grito en el cielo: ella era una buena madre que me orientaba, yo no sabía cómo criar a un bebé, mi tía Alicia era una manipuladora y yo una pobre sin carácter, que se dejaba manejar de cualquiera, además, esa niña todavía no estaba lograda.

¡Vaya que le dolía perder el sitio de mando! No me concedía que estuviera ejerciendo mi libertad de la única forma posible: elegir de quién dejarme mangonear; y que no la haya escogido a ella, era un golpe a su amor propio que hasta la fecha, no ha podido digerir.

Llegó al extremo de arrebatarme a mi niña. Creyó que con eso me iba a detener. Se quedó boquiabierta cuando le dije, tranquila, “Sí, está bien, quédatela”. Después de una audiencia con los Testigos de Jehová, accedió a devolverme a Minerva.

familia rota

Con la tía viví alrededor de diez años, y mi segunda culpa fue dormirme en mis laureles, querer vivir como si todo hubiera sido un accidente, una pesadilla que gracias a Dios, había terminado. Volví a la escuela, terminé la preparatoria y presenté examen de admisión en la universidad para estudiar la carrera de Licenciado en Literatura Dramática y Teatro.

Tía Alicia decía que iba a morirme de hambre, papá opinaba que lo acertado era que dejara de trabajar para que hiciera una carrera brillante, y censuraba cualquier actividad recién emprendida que me pudiera llevar a ganar dinero. Cuando empecé a trabajar como actriz de radio y doblaje de películas al español, montó en cólera y dijo que esos trabajos eran para gente oscura, que López Tarso y Susana Alexander no andaban ahí, haciendo doblajes, que yo no era ninguna mediocre y que estaba llamada para cosas más grandes.

Alicia, mientras tanto, ponía cara de “oliendo mierda” cada vez que le daba dinero. Lo hacía desde antes, cuando trabajaba de secretaria, y terminé por ir a la despensa, hacer la lista de lo que iba faltando y llegaba con las bolsas del supermercado, pero ni así fue bienvenida la provisión que le daba.

Mi primer montaje profesional como actriz fue en invierno de l982, para Teatro Escolar de Bellas Artes; en l984, Alicia dejaba echar a perder la carne o la fruta que yo llevara, y si estaba ensayando o por estrenar alguna puesta en escena, aprovechaba para contarme anécdotas en las que resaltaba que ella tampoco se había recibido de Secretaria Bilingüe, y por lo tanto, siempre estuvo en un lugar que no le correspondió. No solo tenía envidia de mamá, sino también de mí. Una de las últimas veces que le aprovisioné la despensa, dijo con mucho coraje:

-Es que tú y tus hermanos son igual, no se resignan a que las cosas, pues no las tuvieron y ya, no, ustedes luchan.

Los 27 años me sorprendieron sin ánimo de recibirme y sin consolidarme en el teatro ni en ninguna especialidad artística.

La convivencia en casa de tía Alicia, era más fácil que con mamá, pero tampoco era buena, ni sana. Había otra tía, Cirenia, también hermana de mamá que me exasperaba cada vez más por su lentitud y porque siempre estaba ida. Llegué a agredirla físicamente, y cuando Minerva alcanzó los diez años, dejé en paz a Cirenia para ponerle quehaceres enojosos y maltratarla, como me hacía de niña mi madre.

Con Cirenia reñía de palabra y entonces intervenían todos para hacer lo que no hicieron cuando la golpeaba: defenderla.

En otra ocasión, Ma. Alura estaba conmigo en la cocina y cuando me dí cuanta, ya había derramado un litro de yogurt en la mesa del antecomedor;  inmediatamente mi hermana llamó a papá y Alicia, dando voces como si me hubiera caído desde una azotea; por el modo en que me trataron, que me hizo sentir inválida, me dio muchísima rabia, pero pude contenerme. Salieron todos habloteando y mientras deliberaban en la sala,  aproveché para limpiar lo que había ensuciado. Pensé que no era conveniente aislarme; siempre que tengo problemas o que me siento angustiada, busco la soledad y mi primer impulso fue aislarme, pero algo me dijo: “No, no te lo permitas, esta vez no te conviene. Ten calma, quédate sola, pero no te aísles.”

Para mí, que esa fue palabra de Dios, si es que hay Dios, y si existe un ángel de la guarda, segurito que él habló. Lo que haya sido, qué bueno que hice caso. Ese día iban a trasladarme a un manicomio con tantitito que hubiera dejado salir el enojo que sentía.

Dos días después, Ma. Alura metió en la lavadora ropa suya a lavar. Alicia estaba sentada en la cocina y viendo la maniobra de mi hermana, que estaba metiendo más ropa de lo que era una carga normal, no dijo ni pío y, al quemarse el motor, Alicia y Ma. Alura me estaban culpando. La lavadora se había descompuesto.

De nuevo esa voz interior se hizo escuchar: “Tienes que marcharte”, me preguntaba, pero, ¿y Minerva?  “A ella no le va a pasar nada, la que corre peligro eres tú”.

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Mi desgracia no fue tanto ser mujer en edad fértil, como carecer de la suficiente bondad: ¿quién era la niña para no sufrir? Yo también había sido pequeñita; igual tuve derecho a que me preservaran de pleitos y de peligros; tampoco tuve la culpa de los errores de la familia, ni había pedido venir: aún así, fui aventada al matadero.

Hablé con Minerva y le dije que me iba, que dónde quería quedar: en la casa de Alejandro, que ya se había casado y a quien propuse su adopción, o con un director de cine, cuyo abogado me concedió una entrevista.

Después de tantos años de estudiar para ser alguien, me descubrí como a los l6: derrotada, y con la convicción de que no podía darle a mi hija nada que le sirviera para vivir.

Todavía lo creo. Minerva hubiera podido tener el mismo techo y la misma ropa que he tenido; comida, a mi lado tampoco le hubiera faltado, pero hubiera ido a una escuela de gobierno; hubiera vivido en vecindad; eso de que la pobreza no es maligna si hay suficiente cariño, es una mentira. Cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana. Tampoco aquí queda el dicho de que la carga hace andar al burro; las mujeres todavía tenemos una posición inferior a los hombres para ganarnos la vida, y las que logran subir ejerciendo una profesión, es al precio de quedarse solas y de que las tilden de locas, lesbianas, o putas.

En AA he conocido a muchísimas “buenas madres”, “mujeres heroicas” que se quedaron solas con uno, dos, o más hijos, que viajaron por años en su nube pensando que educaban muy bien a sus nenitos; que eran la mujer orquesta, una extraña maravilla entre padre, madre, proveedor y no te entiendo, y tuvieron que aterrizar en grupos como Al Anon porque, “sin darse cuenta” su prole quedó convertida en un hatajo de drogos, ratas, briagos, etc. Desde luego, dan gracias a Dios en tribuna de que el etcétera no haya tenido lugar.

¿Qué mérito como madre hubiera tenido siendo así? ¿Qué clase de aprecio se le demuestra a un hijo poniéndolo en contacto con el lumpen? Lo más seguro, es que termine siendo una escoria; la condición de ave fénix, de blanco plumaje, que cruza el pantano sin mancharse, corresponde a muy contadas personas del sector económicamente acomodado.

Si no me hubiera alejado de mi madre y de mis tías, hubiera perdido la razón, como la perdió Cirenia. ¿Qué baluarte emocional hubiera sido entonces para mi hija? Sólo pude elegir entre darle coraje o darle vergüenza. Ella, ahora, es una madre de familia estable, con una casa propia, un buen nivel económico. Sé muy bien que no es resultado de mi esfuerzo pero, de no haber puesto mi granito de arena, su presente de ningún modo sería el que goza hoy.

Nadie, (ni las tías ni mis hermanos) me pudo disuadir de que me fuera, entonces, papá intentó evitar “la ruina moral que te aguarda”, y me ofreció su casa, hasta me planteó como una ventaja que disfrutaría el hecho de que casi no estaba ahí, porque seguía viajando “por cuestiones de trabajo”, como lo hacía en mi niñez.

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Lo que es no fijarse, papá me estaba enseñando, o más bien recordando otra regla del juego: si el rescatista no jode al rescatado, no hay rescate de verdad. Un día llegó enojadísimo, había tenido un pleito con la esposa de Alejandro:

-¡Guadalupe ya debería estar tratándose p’a tener otro hijo! ¡Es lo malo de casarse con una mujer que ya está cuarenteando! ¡Se lo dije a tu hermano! ¡Una pinche vaca vieja ya no da!

-Mira, la decisión de tener o no tener más hijos, nada más ellos la pueden tomar.

-¿Qué tienes en la cara? ¿Por qué estás toda hinchada?

-Me asaltaron. Cuando llegaba del teatro.

-¿Pues a qué horas estás saliendo?

-A la una y media de la mañana termina la función.

-¿Y tan siquiera ganas bien? Mira hija, estás emperrada en andar en algo que no te rinde, dedícate a otra cosa.

Respiré hondo y medité mi respuesta. Sabía que de lo que dijera dependía que me echara en ese momento o que siguiera viviendo con él.

El asalto había sido la noche anterior. Un solo tipo. No quería dinero. A golpes me pidió que le hiciera una felación, pero antes, me zarandeó para que lo acompañara a su casa. Me zafé. No sé de dónde, pero saqué valor para decirle que no, que lo que quisiera conmigo era allí en la vía pública, que no lo iba a acompañar a ningún lado.

-Entonces, ¿no te importo?

-¡No!

Tuve pavor, él amenazó con sacar una pistola si no le hacía la caricia que exigió. Aquel ser estaba tan torturado, que no disfrutó lo que había conseguido. Empezó a llorar y a decir sus cosas, oportunidad que aproveché para suspender la inesperada chamba y dedicarme a escuchar. Como en casa de tía Alicia, una voz interior, que en otras palabras es una manera de presentir, me aconsejaba: “No te muevas, aguanta vara, te va a dejar ir”. Y así fue.

-Mira, papá, lo que va a venir pasando, es que el día menos pensado, llegues de uno de tus viajes, y ya no me vas a encontrar.

Se lo cumplí. Me llevó un año diez meses dar el salto, asumir que era pobre, que tendría que vivir con estrechez y enfrentar esa ruina moral que me estaba esperando, según él. Una vez que llegué a la vecindad, el tribunal de justicia, la brujería y el chisme se hicieron presentes en mi vida con toda su capacidad de mando; porque son herramientas de control disfrazadas: de paliativos para el pobre, y de bártulos de guerra para el rico.

paliativos

 

 

 

Juegos de naipes, conspiraciones y adivinanzas de esas

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En el espacio cibernético hay cosas que impresionan más que otras y una de ellas son las páginas de sociedades secretas o más bien discretas, a las que se atribuye la provocación de desgracias o beneficios en una época o país determinado.

En algunos círculos esotéricos se habla de un poder oculto que maneja los gobiernos del mundo, ante quien todos los presidentes y reyes se inclinan para entregar cuentas.

Lo chistoso es que la sede del tal gobierno cambia de lugar; de Nueva York a Israel se mueve a Moscú o Londres, se refugia en las catacumbas del Reino de Agartha o agarra el cohete de las seis de la mañana para situarse en una base militar de la Luna o en el mismísimo Marte. Hay que aprovechar las paradas del Curiosity, por no hablar ya de la identidad de los gobernantes que gravita alegremente del cocodrilo al E. T.

El caso es que algunos percibimos la vida como una serie de acontecimientos caóticos y otros le encuentran respuestas a través de la conspiranoia que después de la religión, es el modo más efectivo de llenarse las bolsas de dinero.

En 1982 un señor llamado Steve Jackson creó una baraja de trescientos naipes que le tumba el teatrito a la más eficiente gitana y deja muy atrás a los respetables arcanos del tarot. Es el Juego Illuminati, que consiste en dominar al mundo a través de artimañas maliciosas, entre más dañinas mejor.

Este señor se hizo conocido a raíz de que la CIA revisó exhaustivamente las oficinas de su empresa y requisó todo el material informático del juego en cuestión. Como tiene muchas coincidencias con cosas que han sucedido y que al momento de crear el juego nadie se imaginaba que sucederían, se presume que las altas esferas del poder estadounidense montaron en cólera, aunque también se dice que uno de sus empleados hackeó portales del Pentágono y la Casa Blanca. Es muy probable que de ese modo haya obtenido la información que plasmó en su baraja.

La palabra “Illuminati” tiene su origen en el idioma latín. Quiere decir iluminados.

En 1776, en Baviera, el profesor Adam Weishaupt fundó con dos alumnos, la Asociación de los Perfectibilistas que después pasaría a ser de los Iluminados.

En un principio tuvo la finalidad de estudiar a profundidad las ideas de la Ilustración, movimiento que estaba muy en boga en ese tiempo y que no disfrutaba de muchas simpatías en algunos círculos universitarios.

El grupo estuvo activo poco menos de diez años. En 1786 había quedado oficialmente disuelto, pero hubo quien afirmaba que se habían reorganizado para provocar la Revolución Francesa y actualmente se dice que ahí tuvieron su origen las ideas de un gobierno mundial con una única moneda para todo el planeta y una sola religión, metas que están por cumplirse de acuerdo con los conocedores de la agenda del nuevo orden mundial.