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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana XI (Desprecia tanto a las mujeres)

“Hay mujeres cuya única aportación al hogar son las nalgas.”

Papá.

“¡Desgraciado! ¡Mi dote yo la llevaba en estudios!”

Mamá.

Es triste darse cuenta de que nuestra sociedad desprecia tanto a las mujeres, que ni a nosotras mismas nos interesa el potencial femenino para ganar dinero.

Ayer, cuando iba a trabajar, pasé por las tiendas de trajes de novia y de l5 años de Insurgentes. Me detuve, como hago de unos cuatro años para acá. Veo bordados, modelos, telas, estampados, aprecio el que está bonito, aquel ostentoso, el otro elegante…

Al estar viendo los trajes me vino a la mente el recuerdo de una fotografía de mi madre con su vestido de novia. También recordé otra foto, donde aparece con mi padre, ambos pergeñados para la ceremonia, pero la que más tengo presente, es la otra, porque era una fotografía grande y estaba en la sala, en el lugar principal: como que papá no contaba para nada, nunca estaba, ¿cómo diablos iba a contar? Él acarreaba dinero y ya.

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Mi madre me platicó algo de los preparativos de su boda: ya estaba embarazada de mi hermano y papá le dijo “No me salgas ahora con que quieres tu vestido blanco” y mi tía Alicia, indignada, explotó. “¡Ah, cómo de que no! ¡Te lo mereces, qué!”

Por lo que se veía en la foto, mamá tuvo su vestido blanco; lo que no se es con qué dinero se pagó. ¿Lo compró papá? ¿Se compró con recursos de Alicia? ¿Se cooperaron ella, Cirenia y mi abuela para que pudiera vestirse de novia?

Cada vez que me detengo a observar algo, descubro que solo camino sobre las ruinas de mi ciudad antigua, por donde aún circulan riachuelos de lava y cada piedra es una brasa. Ese es el conocimiento que me lastima cuando lo encuentro, y ese es el conocimiento que busco aunque llore, porque crecí con un sentimiento de ser inmolada en forma inmisericorde para conservar un orden inexistente y nada más me conformaría con saber por qué.

Al mirar mi pasado, veo también el de mis hermanos, que compartieron la misma suerte de nacer en esa cloaca que me tocó por familia.

Desde mi primera infancia, recuerdo a Alejandro como un pendenciero, hostigante y amedrentador. Gracias a los amigos que tuvo cuando íbamos a la misma escuela y a los que azuzaba para que me molestaran a la hora del recreo, me grabé que la mala noticia por excelencia era: “Adriana, ya nadie te quiere”, lo peor de todo es que llegué a creer que era cierto. También recuerdo que mi madre lo ponía a trapear la cocina; lo obligaba a arrodillarse y limpiar a gatas el suelo, mientras usaba el palo de trapear para golpearlo.

Debo haber tenido unos 7 u 8 años, la puerta estaba abierta y mamá gritaba. Alejandro estaba escaleras arriba en el pasillo, completamente desnudo, llorando, de cara hacia la pared y le decía: “Por favor, mamá, te lo suplico”. Ella, con un cordón en la mano que hacía las veces de látigo le ordenaba: “Voltéese, camine derecho”.

No era la primera vez que lo mandaba desnudo a la azotea del edificio y tampoco fue la última; meses después, lo bajaba a escobazos porque Alejandro mal vestía un pantalón de mezclilla que le quedaba corto.

Las trabajadoras domésticas que vivían en los cuartos le dieron aquel pantalón para que se lo pusiera mientras estuviera lavando su ropa, aunque después se lo quitara para volver a casa y hacerle creer a mi madre que todo el tiempo había estado tal como Dios lo echó al mundo. Desgraciadamente, a ella se le ocurrió subir. Tiempo después nos cambiamos de casa; estoy segura de que esas idas allá arriba de Alejandro en traje de rana causaron un escándalo y esa, probablemente, haya sido una de las razones por las cuales nos tuvimos que mudar. En el nuevo edificio, ¡mi mami se guardó muy bien de enseñar tales cobres! Allí, el vecindario era pípiris náis, pura familia judía; otros recursos, otra cultura, así que allí, ¡derechita!

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Mi hermano no tenía recámara; dormía en el sofá de la sala. Tenía que ser el primero en levantarse y el último para irse a dormir. Le prometieron que allí en la nueva casa ya iba a tener su recámara y sí, compraron un sofá cama y lo pusieron en lo que era el cuarto de estudio; pero jamás fue acondicionado como recámara; se puso el piano, la televisión y ni siquiera un ropero. Era el cuarto de estar. Una vez más, “El Cerdorino”, como le decía mamá, se tuvo que comportar como huésped arrimado al que sólo le brindaban un rincón.

Todavía en la casa anterior, recuerdo a mis padres; una vez permanecieron como piedras viendo la televisión, mientras mi hermano les decía que ya tenía mucho sueño y que se quería dormir. Otra vez, obligaron a Alejandro a levantarse y vestirse a pesar de que les decía que se sentía mal y necesitaba descanso. Papá llegó a darle dos cinturonazos  y le dijo que no se estuviera haciendo el enfermo, que ya sabía las costumbres de la casa y no tenía que dar mal aspecto en la sala. ¡Y luego por qué, años después, se quedaba tirado de borracho en el pasillo de la casa de las tías!

No es mi intención refutar los conocimientos de los médicos que afirman que los enfermos alcohólicos son seres que ya nacen con una predisposición emocional y fisiológica para embriagarse, pero estoy segura de que esos vejámenes que mi hermano sufrió en su infancia jugaron un papel decisivo para que acabara como acabó. Alejandro murió de tristeza, más que de alcoholismo o diabetes, lo sé como si estuviera aquí, junto a mí, y me hablara de lo que sintió.

El l0 de noviembre de l987 intenté por primera vez pensar en mi madre sin enojarme. Fracasé. Hoy, 11 de noviembre del 2006, vuelvo a pensar en ella con un dejo de comprensión.

Mis hermanos y yo fuimos blanco de todas las frustraciones que tuvo en su matrimonio, porque no es posible que obre con cordura y justicia un ser que es humillado hasta en sus más íntimos deseos.

Las mujeres no vivimos de acuerdo con nosotras mismas, al educarnos para depender de un hombre, no somos capaces de asumir nuestra posibilidad de ser madres y resulta que, al tener un hijo, lo aceptamos de buen grado si tenemos al padre del niño a nuestro lado, que nos esté reconociendo y manteniendo o medio manteniendo a la prole; pero en cuanto se va, el hijo es un fardo que nos molesta cargar, porque nada más tenemos hijos para dárselos a los hombres. Creo que mamá no necesitaba casarse; de hecho ninguna mujer lo necesita. Son los hombres quienes sacan raja del matrimonio, nosotras no.

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Cuando mi madre se descubrió preñada, estaba en mejor situación que yo; tenía su profesión, pero se aferró a mi padre porque en 1952 era más vergonzoso  ser madre soltera que en l974, y no podía correr el riesgo de esperar uno, dos o cinco años o toda la vida  la aparición de un suplefaltas, teniendo a la mano al responsable de su preñez.

Mamá se enfrascó en la idea de que no tuvo caso darme la vida. Ella decía que por puta, pero creo que el verdadero motivo es porque no resulté la sumisa que esperaba, porque no se cumplió su deseo de que fuera su enfermera y dama de compañía, entiéndase su sirvienta.

Para mí, es claro que en realidad ella no quería casarse ni tener hijos; lo hizo porque en su tiempo, la exigencia social era mucho mayor que ahora, pero no nos amaba. En este sistema, las mujeres no tenemos un verdadero chance de dar vida; lo que recibimos en cada hombre que nos llega, no son oportunidades de amar, sino una presión encabronada para producir gente, entre más de mala gana, al garete, o a quemarropa, mejor. Ella y mi padre se casaron por falta de anticonceptivos y porque ambos se permitían jugar a que tenían un matrimonio sin tenerlo.

Mamá decía que yo era su hija predilecta, pero eso fue una argucia que inventó para acallar sus sentimientos de culpa. Sus tres hijos, de alguna u otra manera, estuvimos en peligro de morir cuando éramos bebés. Conmigo Esperanza tuvo que pasar acostada todo el embarazo, nací dos meses antes de lo que me correspondía, estuve en incubadora y mamá decía que era un triunfo darme de comer porque todo lo vomitaba, que había que alimentarme con gotero y una fórmula especial, recetada por el pediatra. Un día me dejó encargada con la abuela Juana y no le dio instrucciones de cómo era la dicha fórmula. No llegó a tiempo, empecé a llorar, la abuela se encomendó a Dios, llenó un biberón con leche de vaca, que de todo lo que tenía, era lo más adecuado para darle a un bebé, ¡y hasta pedí más! ¡Se acabaron para siempre los goteros y vomitadas! El profesor Javier interpretó que en realidad mamá me estaba matando de hambre y que la abuela, providencialmente, puso al descubierto el juego.

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Uno de los más grandes daños que recibimos las mujeres, es cuando nos inculcan en casa que podemos fijarnos metas que requieren años de dedicación y de pronto quedan truncas las ilusiones. Una mujer que se ve forzada a mandar al caño su proyecto de vida, jamás va a ser buena madre; no tiene con qué y lo más seguro es que tampoco tenga por qué: bastante hace una con no abortar.

Una mujer con recursos, como era mi madre, puede sentir, con la posibilidad de un hijo no deseado, la misma desesperación que una marginada, porque bajo la circunstancia de un embarazo inesperado, se da cuenta de que sólo vive con la cabeza llena, pero las manos vacías.

¿Cómo parar en seco ese genocidio hormiga que le es encomendado, bajita la tenaza, a cada mujer en edad reproductiva? ¿De qué manera se puede romper ese círculo vicioso de crueldad? ¿Evitando tratos con los hombres? ¿Negándose a tener relaciones sexuales? ¿Rechazando cualquier posibilidad de contraer matrimonio? ¿Viviendo sola? ¿Esterilizándose? Todo esto es posible hacerlo; pero no lo hacemos todas. Nada más unas cuantas loquitas nos atrevemos a intentarlo, y digo intentarlo, porque logramos algo de eso por un tiempo, a veces años, pero no para siempre.

Mamá quería ser religiosa y tal vez en un convento hubiera sido bien recibido su título de Cirujana Dentista. Tía Alicia ingresó a la orden de San José de Lyon cuando la abuela tenía un año de muerta y por poquito no la reciben. Las monjas encargadas de seleccionar a las aspirantes ponían el grito en el cielo: “¡Dios mío! ¡Parece una plaga! ¡Todas las hermanas llegan con puro comercio, que aquí no les sirve de nada!”

Mis tías estudiaron para secretarias bilingües mientras que mamá tuvo universidad, porque, según la abuela, ella era la bonita, la consentida, la que sacaría a la familia de pobre mediante un casamiento con algún partidazo que la conociera en la U.N.A.M., en los cuarentas, estudiar ahí era como ir a Harvard. ¡Ah, qué mi abuela la gordobesa! ¡Pensó en fruta bien vendida, y se le pudrió en el huacal! Mi padre no cantó malas rancheras; quiso dar el braguetazo y terminó en vendedor. Si esto no es una caricatura de la hidalguía española, díganme ustedes, lectores, qué otra cosa puede ser.

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Tía Alicia podía haber sido una excelente humanista, pero por decreto de la abuela, se tuvo que conformar con envidiar a mamá, quien dependía de ella económicamente cuando era alumna de la Facultad de Odontología. De golpe y porrazo le retiró el apoyo financiero y Esperanza tuvo que recurrir a un mecenas: ese fue su novio rico, mi entonces futuro padre, quien recibió acceso sexual a cambio del dinero para comprar los materiales y pagar los gastos inherentes a la carrera. La transacción no era mala, se volvió mala cuando papá dejó de ser un patrocinador para convertirse en esposo. ¡Qué negras se las vio! Mamá se sentía ramera por haber usado al hombre que se atrajo, y pagó tan caro haberlo tenido, que le fue imposible aprovecharlo. Con razón peleaban tanto por cuestiones de dinero.

Contemplo a otro miembro de la familia, ancestro, la Tía Cire. Mamá nunca se imaginó en qué concepto las tuve, a ella y a la Tía Alicia, cuando me contó que siendo niñas le rompieron sus poemas a Cirenia y se burlaron de su inclinación a escribir.

La diversión máxima en casa de abuelita, era ponernos a bailar twist y rock and roll con Tía Cire cuando nos quedábamos solas con ella. Cire ponía sus discos y Ma. Alura y yo, ¡a bailar! También la tía, por supuesto. Alejandro solamente participó una vez y eso me cayó bien; después ya nunca lo quiso hacer. A mi abuela, tampoco le gustaba. No quería ni vernos bailar y Petrita llegaba corriendo a avisarnos: “Ahí viene Doña Juanita”, para que, rápidamente se acabara la fiesta. El tocadiscos se apagaba, la mesa de centro volvía a su lugar y todo mundo con cara de “aquí no ha pasado nada”. Éramos niños y hasta eso nos hacía gracia. Creo que Alejandro, Ma. Alura y yo, alimentamos la fantasía de que todo el tiempo iba a haber bailongo con Tía Cire; a los tres nos daba por poner música a muy alto volumen cuando vivíamos en casa de Tía Alicia, y aunque rara vez bailábamos –Alejandro nunca- cada uno a su manera, pensó en atraer a la Tía Cire, como cuando éramos niños, pero ya no pudo ser. Cirenia estaba como ida. Estuvo así desde que yo tenía 9 años de edad.

Por haberse ido Alicia de monja, Cire quedó al frente de la casa. Poco a poco fue dejándose caer ante el peso de la responsabilidad. En ese tiempo recibió a unos parientes, entre ellos Beatriz, la hija adoptiva de Petrita, porque los habían lanzado de donde vivían; un día fue con mamá a pedirle que por favor la ayudara a sacarlos de su casa porque no aportaban nada económicamente.

Mamá, a gritos y sombrerazos echó a esa gente a la calle. Agarró a una de las dos niñas que eran hijas de esa familia y, si no llega Beatriz en ese justo momento del trabajo, la niña Araceli se hubiera hecho mazacote al ser arrojada desde un tercer piso.

Fue un verdadero milagro que mis hermanos y yo hayamos sobrevivido al hecho, y la desgracia, de ser los hijos de nuestra madre. Ese acto de ruindad era, hasta la última vez que la visité, uno de sus más grandes motivos de orgullo.

En ese lapso que Cire y Petrita vivieron solas, a la tía le dio por hacer algunas fugas geográficas; agarraba un camión sin fijarse a dónde iba, Petrita le preguntaba “¿Viste lo que decía el letrero?” “No, a ver a dónde nos lleva”, le contestaba sin más. La Vieja Zorra, como le decía Alejandro, optó por no salir ya con Cire, entonces, se iba sola y una vez se desapareció diez días y la fueron a encontrar por el rumbo de Xochimilco.

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Petrita en ese tiempo lavaba ajeno para sostener la casa y aún así, ya se debían dos o tres meses de renta. Como fue a pedirle prestado a mamá, recibió el dinero, pero ella jamás hacía un favor sin cobrarlo enseguida: fue a regañar a Cirenia a su casa y la encontró en brazos de un vecino con quien tenía relación desde hacía algunos meses.

El hombre salió corrido después de recibir el insulto de padrote desgraciado. A Cirenia le tocó el de maldita puta. Poco después, la tía estaba completamente desconectada de la realidad, nunca más volvió a estar bien y cuando se enojaba, todos los hombres eran padrotes desgraciados y las mujeres, malditas putas. Se volvió de una lentitud exasperante para hacer las cosas y todos la tildábamos de güevona, pero en realidad no lo era; fue la única forma que le quedó de demostrar su ira, porque ni eso, una mujer iracunda, la dejaron ser. Como fácilmente provocaba en nosotros el deseo de maltratarla, caí en esa trampa. De hecho, ella y Ma. Alura son las personas de la familia que más agredí físicamente. Era horrible, porque sentía que una fuerza destructiva, extraordinariamente grande, tiraba de mí. Siempre que hice eso me sentí de lo más infeliz; pero había algo en ellas, un movimiento, una palabra, algo que me tocaba el resorte adecuado, y una vez funcionando, no lo podía parar.

Creo que fue un milagro de Dios o una buena suerte excepcional que no me haya dado por golpear gente a lo loco fuera de casa; también fue igualmente milagroso que no haya tenido entonces a alguien que me dijera “no les pegues, mejor échate una cubita”; hasta para eso me faltó compañía, y qué bueno, porque si no, lo más probable es que sí hubiera desarrollado la adicción a las drogas y el alcohol.

Ma. Alura, de niña, se bebió todas las botellas que había de vinos, jereces, rompopes y demás. Nunca nos dimos cuenta, hasta que ella misma nos contó. En la actualidad, tampoco es alcohólica, de lo cual, en su nombre, le doy gracias a Dios. Ojalá encuentre un camino para exorcizar a los demonios que se la están comiendo viva.

Tengo que agradecerle a mi hermano que no me haya aceptado ni como compañera de farra cuando descubrí que fumaba mariguana con todos sus amigotes y que usaba la casa como punto de reunión mientras mamá estuvo internada en un hospital psiquiátrico. Si esto es la raíz emocional del alcoholismo, qué bueno entonces que me mantuve seca.

Había por ahí una fotografía de la abuela Juana con sus hijas: ninguna de ellas se parecía entre sí. Para mí, que mis tías y mi mamá eran hijas, cada una, de diferente padre. ¿Será  ese el origen de la vergüenza? ¿Explicará eso el que mi madre y mis tías hayan tenido problemas psiquiátricos tan severos?

Alicia, aunque nunca haya ido a un manicomio, ¡era sonámbula! Cuando Tía Cirenia demostró su completa pérdida de la razón ya era monja profesa y mamá fue ante autoridades eclesiásticas superiores a las del convento y consiguió que renunciara a sus votos para volver al mundo seglar.

Cuando una institución como la Iglesia se desprende fácilmente de un miembro, es por cualquiera de estas dos razones: el miembro en cuestión hizo algo lo suficientemente grave como para que se le corra o simplemente, no es alguien importante dentro de la congregación; a esto sumemos que devolver la dote no implicó una erogación fuerte.

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Mamá cometió un error grave al procurar que nos quedáramos con la idea de que los únicos ancestros eran los de su familia; no conocí a la abuela paterna y de la tía Genoveva, hermana de papá, supe porque se expresaba muy mal: que andaba dando qué decir en el pueblo, que los abuelos le compraron el marido para que le hiciera los favores con tal de que no anduviera de chinta, que al final, el esposo la mató por cuzca. Se le hizo holán el hocico al repetir lo que dijeron las malas lenguas: que Manuel, el primo que me arrimó,  era producto de una puesta de cuernos.

Mamá juzga con mucha severidad la conducta de otras mujeres, no importa que no las haya conocido. Cuando llegó con los abuelos paternos en calidad de esposa de mi padre, la tía Genoveva acababa de morir.

La abuela Juana tenía dos medio hermanos: la Tía Nico y el Tío Jerónimo, que conoció a Petrita en tiempos de la Revolución y desde entonces, fueron marido y mujer hasta la muerte de él, por alcoholismo. Petrita le aguantó todo lo que una esposa de alcohólico tiene que aguantar: golpes, insultos, hambres, miseria, vejaciones, que nunca le diera una casa. Llegaron de arrimados con la abuela y a la muerte del tío, Petrita pasó a ser sirvienta. La abuela Juana siempre vio en menos a su cuñada porque fue soldadera, pero para mí, todavía más que la Tía Nico, Petrita es mi tía abuela, ¡y vaya que quería al tío abuelo! Al sentarse por la tarde, con la cocina limpia, relajada ella misma, se acordaba de él mientras fumaba su cigarrito y se tomaba su café, se le iluminaban los ojos y decía que si lo volviera a conocer, ¡se volvía a juntar con él!

Mamá también sufrió la ausencia de su padre. Según lo que contaba, el señor murió cuando su madre la estaba esperando, o sea que es hija póstuma. Ella y las tías se criaron en Pachuca, ciudad minera en la que nada más había ricos y pobres. A veces contaba historias de cuando iba a la escuela primaria, recordaba a un maestro que usaba la palabra “mujer” como si fuera un término despectivo, la suya fue la época en que los maestros podían pegarle a los alumnos. En términos generales, el ambiente que describía de su infancia era un entorno culpígeno, en el que resultaba señalado el que no tenía padre, el que no iba a la escuela, el que estudiaba, el obrero, el minero, el que trabajaba y el que vivía de sus rentas. Todo mundo tenía que simular que era mejor de lo que era. “Nada sale como uno se lo planea”, era su dicho favorito.

La forma en que trabajo me ha permitido conocer algunas ciudades de la República, entre ellas, desde luego, Pachuca. A través de los diálogos con mis muñecos y percibiendo la reacción de la gente, es como puedo darme cuenta de si estoy en un lugar agradable o no.

Cuando estuve en la capital hidalguense, platiqué con mucha gente que todavía en los noventas recordaba a la abuela Juana y a sus hijas. La gente de allá tiene una peculiaridad, hablan de los demás en una forma persecutoria, como buscando siempre el defecto, no importa si hablan bien o hablan mal. Si en la niñez de mi madre esto estaba recrudecido, probablemente fue algo de lo mucho que la enfermó.

Tengo una anécdota acerca de esa jornada: a unos pasos de la Central de Autobuses, había una feria con restaurantes al aire libre a cuyas mesas me acerqué con mi muñeca Güicha para hacer mi numerito de ventriloquía. Los comensales de la primera mesa me recibieron bien, además de que se juntó una buena cantidad de gente alrededor, pero hubo un señor con su hijo que me siguió a la siguiente mesa. Ahí, el niño empezó a hacer visiones como de que estaba asustado con mi rana de peluche. Cuando se disponían a seguirme, fui hacia ellos y enfrenté al hombre: “Mire señor, usted no ha sido capaz de brindarme una moneda, y sí está usando mi muñeca para amedrentar a su hijo. Eso es no tener madre.”

El hombre y el niño se fueron. Ya en el camión de regreso, mientras saboreaba un paste, me quedé con la idea de que lo mejor que pudieron hacer la abuela, mi madre y las tías, fue irse de ese lugar.

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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana X (Comportamientos de guerra en situaciones de paz)

“Los seres humanos, por lo general, no actúan de modo radical. Frecuentemente lo hacen tratando de encontrar una forma de arreglo o de compromiso que les permita, por igual, ahuyentar la angustia y obtener bienestar. Esta forma de resolver los problemas y de elegir soluciones constituye un verdadero impedimento para la total realización del individuo.”

Aniceto Aramoni.

Hay problema cuando se asumen comportamientos de guerra en situaciones de paz, cuando una iniciativa la dicta el enojo y no la vivacidad. Hasta donde puedo acordarme, entre los 4 y 5 años aprendí que ese fuego corrosivo que circula cuando algo no nos parece, tiene el nombre de enojo, y si es reprimido en aras de la conveniencia de Juan de las Cotonas, hay que usarlo de combustible, como hacen los hombres, o asumir los modos femeninos de mostrarse iracunda: llanto y yanto, por eso hay tanta señora pasadita de peso, porque no puede ser pasadita de lanza, aunque la humillen vecinos y familiares por igual.

Irma era absurdamente flaca y eso revelaba no sólo abstinencia de comida, sino un deseo de existir como fantasma. No sé si en verdad seguí las huellas de mis locos o los llevaba arrastrando como si fueran la cola de mi vestido. Quizá de ahí se agarraron Arma Ramera, Roña Yoblanda, Garlitros Salva Mendaces, Dámenso Naftaly, Pésar Disgusto, Golfino Glacial Terqueda y Pose Arturbio Ladilla. Mamá era de armas tomar  y nos tildó a Ma. Alura y a mí de rameras; roñosamente blandos, los adultos tendían garlitos para salvar a sus mendaces predilectos. Éramos una familia de mensos, unidos a pesar del disgusto de habernos conocido, porque resultaba muy cómodo ser ladrones con la vida de los demás. Convivíamos fría y tercamente empecinados en negar las fallas propias y aspirar con fruición y devoción lo turbio del ambiente, cargado de naftalina, producto de la destilación de nuestras ilusiones petrolificadas, posando ante los demás, para que no se dieran cuenta de que los veíamos como a ladillas. El artrópodo humano es pendejo por antonomasia.

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Cuando conocí a la señora Yolanda, creí que era otra ayudante más de Irma. “A ver ésta cuánto dura”, pensé, “porque  toda la gente que viene a trabajar, no aguanta ni quince días.” Se notaba, a leguas, que de joven fue un cromo; una auténtica belleza de mujer. No me sorprendería que en sus l5 o 20 abriles le hayan dado o haya estado a punto de recibir alguna distinción por ser bonita en su natal Tulancingo, así como mi mamá fue la abanderada oficial del Instituto Científico y Literario de Pachuca. Me contó algunas cosas de su juventud: que tuvo madrastra, que estudió con monjas, igual que yo, que quedó trunca  su ilusión de aprender música porque la madrastra, siguiendo las instrucciones para madrastras que vienen en los cuentos de Perrault, vendió una pianola que había sido de la difunta antecesora en cuanto vio que Yolanda había empezado a tocar el piano. Supe que era la madre de Irma cuando la oí decirle a un cliente asiduo: “Es mi santa”. Con el tiempo, llegué a la conclusión de que su “santa” y mi “chingada”, se llevarían muy bien. Lástima que ya no hubo chance de presentarlas. Tan cabra la una como la otra.

La señora Yolanda no usaba brassiere, llegaba siempre a las 12 del día. A veces llevaba blusitas camiseras blancas o color de rosa, según ella abrochadas hasta el cuello, pero sin un corpiño; entonces, toda se transparentaba. Le gustaban mucho las mascadas y chalinas y un día que estaba terminando de desayunar llegó, se detuvo a saludarme y tal vez a presumir su chalina, que era de flores, como de manta, muy bonita; a la mejor quería que notara el hecho de que no llevaba sostén. Estuvo parada ahí más tiempo del requerido para un simple saludo. Nada más contesté buenas tardes y me comporté como si no diera mayor importancia, pero en aquel momento recordé a mi madre:

Estábamos en el cuarto de estudio allá en la casa, tenía quince años y ella hablaba de que todas las mujeres debíamos tener hijos; le contesté, enojada, que jamás los tendría. Mamá, con las piernas apoyadas en uno de los brazos del sillón donde estaba arrellanada, de repente me dijo: “Mira, así es la posición del parto”, y ya tenía una pierna apoyada en cada brazo del sillón. Pero traía calzones, doy fe.

Con Doña Yolanda platicaba de las noticias del periódico y le compartí algunas de mis lecturas. Ella iba, y probablemente todavía vaya a eventos donde se presentan libros; otro de sus hijos, Horacio, es editor.

Lo primero que hacía al llegar, era sacar el bote de basura, ponerlo en un diablito y llevarlo a la gasolinera de la esquina, donde se juntan todos los barrenderos de la colonia para esperar al camión y vaciar los enormes tambos que arrastran en su jornada. Todos los días, la señora, diablito de por medio, elegantemente ataviada con mascada y sin brassiere llegaba con aquellos hombres a entregar su basura.

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Durante la primera ausencia de Arturo, empezó a dar muestras de que gozaba viéndome ahí, darle vueltas al asunto como trompo bailarín. Un día, llegó por detrás de donde estaba sentada, me abrazó y dijo: “No se preocupe, usted está viviendo su experiencia” y me miraba con sorna, con esa mirada sardónica que años atrás apareció en mi madre al alcanzar yo la pubertad.

En uno de esos días, reflexionaba acerca de lo que mis tías, mi abuela y mi madre me habían enseñado del atractivo de una cuarentona. Para ellas, una mujer que llega a la quinta década de su vida sin haber pescado un marido, ya chupó faros en el mercado sentimental, porque con la edad se pierde la belleza y ya nadie se acerca ni la elige a una para nada. Esto no es verdad, una sigue llamando la atención de los hombres, pero ya no son buenos partidos: en el caso de ser jóvenes, tienen fijaciones con sus madres o buscan en dónde ensayarse para ser buenos maridos de otras; pero, en su mayoría, no triunfaron en la vida, tienen problemas económicos y emocionales, a veces más graves de los que tenemos nosotras, ¡ya para que algunos de ellos necesiten de las drogas y el alcohol! Los grupos de autoayuda para estos padecimientos todavía son mayoritariamente masculinos. En suma, son hombres que no le convienen a nadie; que no eran adecuados ni siquiera para las chavas que alguna vez los aceptaron como esposos. Son desechos de esas mujeres, y si una dejó pasar su oportunidad, nada más se puede escoger entre aceptar a uno de ellos o asumir la soledad.

Creo que sí soy adicta a sufrir porque, aún si lo expuesto fuera una realidad incambiable, no tiene caso entristecerse por ello y a veces busco entristecerme con “verdades” para lastimar a quienes me escuchan. Esa vez, Doña Yolanda, con una sonrisa francamente sádica, me dijo: “Hay que tener un poco de resignación, ¿no cree?”

Hacía tiempo, leía un ensayo que se llama CUANDO MEAN LAS GALLINAS, un estudio sociológico acerca de la forma en que los españoles tratan y educan a sus niños. Ahondar de vez en cuando en el tema de España y lo español, es de gran ayuda para comprender México y lo mexicano. Al avanzar en esa lectura, experimenté asombro y enojo, al grado que la señora Yolanda me dijo, con muy justa razón, lo tengo que reconocer, “No tenga conmigo esa actitud, yo no estoy compitiendo con usted”.

Si he de ser sincera, las conversaciones con Irma y la señora Yolanda, eran más bien diatribas, en las que soltaba mi rollo, así como mamá nos hacía a Ma. Alura y a mí; que ya habíamos acabado de desayunar y estábamos ahí, oyendo su choro, sin poder levantarnos ni a lavar los trastos; una sobremesa interminable en la que mamá creía dotarnos de “armas para que se defiendan en la vida”, y en esas disertaciones, se juntaba el desayuno con la comida y terminábamos haciendo limpieza general a las tres de la mañana, arrulladas por la estentórea voz maternal, que hacía hincapié en lo huevonas y mal hechas que éramos, y en que cómo “les gusta perder el tiempo”.

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En febrero del 2002, estaba con una constipada de garrotillo, de esas que luego me dan en invierno porque tengo sinusitis. Con mis moqueadas, consumía muchas servilletas y eso molestaba a la señora Yolanda, que de inmediato me recomendó un remedio naturista:

Para ella, la sinusitis es cosa del estómago, de manera que, si lo limpiábamos, se arreglaría lo demás. El dicho remedio consistía en unos lavados hechos así: en una cubeta de 12 litros, poner agua y una taza grande de bicarbonato. Hacer una mezcla y, cuando estuviese bien disuelta, llenar una jarra de dos litros y tomarse de un porrazo toda esa cantidad; inmediatamente después, provocarme vómito. Repetir la operación otras cinco veces o hasta que el agua saliera limpia… ¡si antes no quedaba a tres metros bajo tierra! Ingerir cualquier cosa con la finalidad de provocarse vómito, es bulimia; como me la haya querido pintar.

Además de que eso explica la impresionante delgadez de Irma, pude ver hasta qué punto la señora es controladora y sagaz: al día siguiente de que me dio el “remedio”, más me tardé en ordenar mi comida, que la viejilla en preguntar cómo me fue. Desde luego, no lo había hecho, pero como vi que estaba ávida de oír algo, le inventé que sí lo había intentado aunque no recordé las indicaciones. Según mi cuento, me tomé la primera jarra y esperé a que el vómito llegara por sí solo, y esperé y esperé.

La inteligente anciana no creyó media palabra y solamente me quedó la alternativa de hacer chunga de sus reproches, ostentando mi torpeza para seguir una receta. Esto duró algunas semanas. Al no encontrar eco, se fueron acabando sus comentarios venenosos: “Usted es difícil, soberbia, misógina”, se fueron desintegrando y su odio volvió a aparecer, cuando apareció Don Arturbio.

El negocio de Irma, al principio, era un local pequeño en el que apenas cabían la cocineta, un mostrador, un refrigerador y tres mesas. Después tomaron el local contiguo, que era más grande. Entonces se hizo necesario que el lugar fuera atendido por dos personas mínimo. En esa, que fue su buena época, a las 9 de la mañana empezaban a dar servicio. La señora Yolanda también llegaba temprano pero un día, a la hora de más gente en el lugar, tuvo una caída muy aparatosa. Sucedió en el local grande. Nadie de los clientes nos movimos de nuestros asientos e Irma dejó lo que estaba haciendo por el ruido que hicieron los platos al caerse. Alguien por ahí se quiso acomedir, pero fue rechazado. Yolanda esperó a ser levantada por su hija, a quien se le caía la cara de vergüenza. Dicho sea de paso, tuvo que limpiar el suelo, tirar pedazos de vajilla a la basura, todo eso presionada por la carne asada que había quedado en el comal y los clientes que esperábamos atención. Su septuagenaria madre, mientras tanto, recibía palmaditas en la espalda cómodamente sentada en la silla del cliente que quiso auxiliarla y además, ¡ilesa! De ahí en adelante, sin importar lo llena de trabajo que estuviera su hija, la señora Yolanda llegaba a las 12 del día y se iba a las 6 de la tarde, reloj en mano.

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Tengo la impresión de que Irma creó un negocio que podría ser familiar y su gente no la toma en cuenta, salvo para ver qué beneficio le saca. Por los tapetes que eso me movió, caí en la cuenta que, de no haber rechazado a mi madre, estaría viviendo una dinámica exactamente igual; sólo que el escenario, en lugar de una fonda, sería un consultorio médico. Mi madre quiso legarme su profesión para que la cuidara en su época de vejez. Como buenos herederos de los usos y costumbres españoles, los hijos nacen para ser usados, y no son más que peones en el ajedrez de los adultos.

Tendría unos 6 o 7 años de edad y mamá se enfermaba muy a menudo. Una vez me llamó y empezó a pedirme que le acercara cosas, que la tapara bien, pero todo lo que hacía, curiosamente, estaba mal. El acabóse fue un día que Petrita le llevó su bandeja de comida y mamá quiso que yo le diera de comer en la boca. Como se movía mucho, al menos así me parecía, todo se derramaba.  “¡Ay, chingado! –Dijo mamá- ¡Tú, como enfermera, eres de la patada!”

Enojada por tantos días de “estarlo haciendo todo mal”, le grité: “¡No quiero ser enfermera! ¡No quiero estar con gente horrible como tú!”

En ese tiempo, papá nos compraba unos chocolates muy sabrosos con forma de ratón y mamá, honestamente, nunca pude distinguir si se estaba haciendo la enferma o estaba convaleciente de una operación, el caso es que pidió le fuera llevada la caja completa, ¡y se los acabó! No dejé de protestar: “¡Vieja golosa, nada más puros pretextos para hartarse!”

En realidad fui valida de la ocasión; le grité lo que sentía porque sabía que no se iba a levantar a golpearme. No lo podía hacer, o a la mejor, no le convenía… ¿qué determinó…? Sólo Dios sabe qué determinó que Irma no rechazara a una madre a todas luces rechazable. Sin saber, ellas me enseñaron lo que hubiera sido de mí en caso de ser más dócil. Allí perdí los últimos vestigios de arrepentimiento que cargaba respecto a mamá.

El día que conocí a Irma, tenía más o menos una semana de haber abierto el negocio. Ella decía que llegué el primer día que se puso, en eso jamás estuvimos de acuerdo, pero quedé seducida por la cercanía con mi casa y lo ricos que estaban los molletes con café americano que pedí. Al tomarme la orden, engolaba la voz y pronunciaba algunas veces la r como g: “¿Qué le voy a segvig? ¿Le ofgesco algo de tomag?”

Este es un vicio que tienen todos los meseros de postín. Ella de repente ofrecía en el menú, platillos de alta cocina, ese fue otro de sus éxitos conmigo.

Hace algunas semanas, encontré en una tienda de ropa a una ex empleada de la fonda. Lo primero que me dijo, fue que Irma le quedó a deber toda una semana de sueldo y, lo segundo, que vio cómo partía los cigarros en tres o cuatro pedacitos y se los iba cambiando a través de la jornada, después de traerlos metidos algunas horas en la boca.

¡Con razón le agarró tirria! ¡Era un ambiente tan tenso e irrespirable cuando Doña Aurora trabajó ahí! Esa mujer vio santo y seña de su romance con Carlos, pero, además, descubrió sin querer algo que Irma ocultaba con mucho celo: su adicción a mascar tabaco. La hinchazón de sus encías y el modo de hablar tan cosmopolita, se debían a su manera de consumir los pitillos.

Entre la saliva con nicotina, los prolongados ayunos y las lavativas de su mamá, lo más seguro es que mi ex amiga lo sea más porque ya está muerta, y no se ha dado cuenta, ¡y el pinche César, que es otro alcohólico, no le ha podido avisar! ¡Pobre de Don Arturbio, de veras! En un ataque de alucinosis, se enamoró de un cadáver.

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Irma me desconcertaba mucho. A veces le hablaba de tú y a veces de usted, me pasó con ella como cuando era niña, que no sabía cómo tratar a la gente, a Irma la tuteaba o me distanciaba de acuerdo a como ella quisiera; de esto sí me di cuenta un día que, tuteándola, me sentí presionada por su actitud para hablarle de usted; una vez que lo hice, volvió a ser la misma amable de siempre. Me recuerda las actitudes de Ma. Alura. En una ocasión le pedí dinero prestado para pagar la renta de donde vivía y me dijo que sí, que contara con ella, pero después papá y Alejandro me dieron los billetes, acompañados de sendos insultos disfrazados de recomendaciones para que me administrara mejor. Desde luego, le reclamé y ella, con cara relajada, que no delataba ninguna emoción, solamente dijo: “Lo importante es que vas a resolver tu problema”. Creo que se quedó con ganas de que le aventara el dinero aunque le escupiera a la cara. Siempre se nutrió con lo que me vi precisada a dejar.

Hubo un tiempo en que Irma se divertía, o al menos así parecía, cuando yo les ponía apodos a los especímenes masculinos que tenía por clientes. Creo que fue otra de las cosas que me atraparon. ¡Iba cada ejemplar! ¡Lo más granado de los machos de la fauna humana se daban cita, justo ahí, en el restaurante! “El Robocop”, “Nuestro Buey”, “El Señor Vázquez” (me veía llegar, y ¡vas que chutas!) “El Yupi Mitomanías”, “El Militar de Carrera”, los más seriecitos eran Don Gonzalo y el profesor Santiago.

Don Gonzalo siempre llegaba antes que el profesor y apostaban que, el que llegara tarde, pagaba la cuenta. Un día, tomé unos versos del Juan Tenorio y los parodié para poner en labios de Irma una respuesta chusca. Don Gonzalo había ido tres veces a preguntar por el profesor y ella no hallaba cómo decirle que no estuviera molestando y en lugar de incitar al señor a que le hiciera consumo, se tragaba su malestar.

Me hacéis reír, Don Gonzalo,

pues venirme a preguntar

por el profe a estas deshoras,

es como ir a visitar

a la Virgen en el templo

cuando no hay Misa de Gallo.

Y voto a tal, si no os tomáis un café,

que a vuestra misma oficina,

charola en ristre y cuchara,

a cobrároslo he de ir.

Creo que aquí en realidad descubrí su verdadero carácter; destapé a la mujer insidiosa y vengativa que se escondía detrás de esa actitud reservada y la voz apenas audible con que solía contestar cuando alguien se dirigía a ella.

Es muy sencillo ser triunfadora entre fracasados, ¡su majestad, la tuerta, en tierra de ciegos! ¿Acaso no fue esa estulta posibilidad el verdadero satisfactor que esa fonda me dio?

Cualquiera tiene muchos pretendientes si es la única mujer; pero, cuando todos los hombres que están ahí son borrachos, la mujer en cuestión tiene un serio problema, y más cuando lucha, a brazo partido, para seguir siendo la única. La ex amiga no quería a nadie con ella. No quiso a Gloria, la cocinera, porque no soportó que otra mujer pudiera guisar tanto o más sabroso; sintió celos, ¡de una joven con retraso mental! (Tuve oportunidad de platicar también con Lilí, otra ex trabajadora) Ante una anciana como la señora Angélica, ¡se sentía disminuida! No se diga ya de la señora Aurora, que, llevándole l5 años, era un torrente de vitalidad. Para Irma, en su mente, la mujer que sea, con la edad que tenga y como quiera que esté, es una rival.

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Mamá consideraba rivales a las sirvientas, a una la corrió con lujo de prepotencia: la hincó en el suelo y después de cachetearla, le quitó sus pertenencias y el dinero que mi padre le había dado como indemnización y sueldos atrasados. La puso en un camión rumbo a su pueblo, un viaje de más de ocho horas que la infeliz tuvo que hacer sin equipaje, sin dinero y con hambre. Esto no lo hizo porque se haya acostado con mi hermano, ni porque le haya robado a ella ropa íntima, sino porque esa mujer se llamaba Juana, igual que la abuela.

Para mi hermana, también fui una rival. Estaba en preparatoria y uno de mis compañeros empezó a frecuentar la casa. De repente, Ma.Alura me sorprendió con una noticia: “Fíjate que dice Luis que le gustas, que se te ha declarado tres veces y que todo se lo tomas a la broma; que él pensaba ofrecerte con el tiempo matrimonio y un nombre para tu hijita.” Nada más le contesté: “Dile a Luis que muchas gracias, pero la niña ya está registrada.”

Al poco tiempo empezaron a salir. Después terminaron y se reconciliaron; dos o tres veces y en una de esas dejadas, Luis me invitó a tomar un café y acepté, pero al día siguiente o dos días, Ma. Alura me buscó camorra porque me había comido un guisado que, según esto, era para ella, cosa que nadie me hizo notar; ni Petrita, ni Cirenia, ni Alejandro, que estaban ahí presentes cuando me lo comí. En esa época mi hermana y yo nos prestábamos la ropa; también eso generó unos pleitos de campeonato.

¡Ma. Alura quería que Luis anduviera con las dos, qué más explicación! No tenía por qué ser su recadera, y por sentido común, ya no por dignidad, debió pedir la ayuda de todos para que lo corriéramos, a no ser que ya desde entonces persiguiera que la corrida fuera yo. Con Arturo pasó lo mismo. Si he sabido lo de Irma, no le hago caso.

Hasta por ahí del los 32 años, estuve reacia a tener una pareja, porque tenía la sensación de que mi hermana me la iba a quitar, ¡qué raro que no se me ocurriera que yo representaba la misma amenaza para ella! Papá me contó que a él mi tía Alicia se le insinuaba desde antes que se casara con mamá, ¡una dinámica igual!

Quise sustraerme de esas broncas; no quise compromisos y siempre procuré lo menos que pudiera durar con mis amantes y entre un galán y otro, lo más que me pudiera tardar. Igual que con mi familia; durar con ellos el menor tiempo posible y entre una visita y otra, lo más que me pudiera tardar. Ahora ya ni siquiera los visito y no tengo ganas de hacerlo: son historia, letra muerta, o más bien eso deberían ser. Para que ande haciendo transferencias a otra gente, es que no han de estar muy muertos que digamos, pero los voy a matar, tengo que.

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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana IX (Era el maestro de psicología)

“En la neurosis, un individuo posee un secreto que también pertenece al otro, a quien no se le informa ni se le permite conocer la totalidad del mapa. Frente a él se actúa como si se tratara del secreto de ambos, de un valor entendido, como si ambos lo supieran y les interesara por igual. No se reclama de modo abierto y directo, se hace por vía indirecta, simbólica, es decir, inconsciente.”

 Aniceto Aramoni.

La forma en que conocí al señor Molina fue una repetición de lo que sucedió cuando tenía 20 años y había retomado mis estudios de preparatoria. En la escuela conocí al profesor Javier. Era el maestro de psicología y nos aplicó a todos un test. Al ver mis resultados, me dijo que si quería, me podía dar terapia en su consultorio. El documento mostraba un cuadro patológico: “Tú podrías entregarte sexualmente sin que te importen mucho las consecuencias.”

Estaba pasando por un duelo marca “Diablo”. Acababa de tener un novio que me convenció de que abortara. Era estudiante de administración de empresas, andaba muy trajeadito. A media semana llamaba para saludarme y el sábado, sin falta, ramito de flores o caja de chocolates. Cuando le dije que estaba embarazada, se puso serio, porque se daba cuenta de que no podíamos seguir juntos, yo no respetaba ningún tipo de autoridad, él tenía que recibirse, si yo aceptaba abortar, nos casaríamos dentro de un año.

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Ya no se si de veras le creí o más bien obedecí a lo que me dictaba la experiencia. Era preferible el legrado a tener un segundo hijo y quedarme sola de nuevo. Una vez consumado el aborto, Raúl me dijo que le salía más barato pagar gastos médicos que mantener a un chiquillo que quién sabe si fuera de él; ya era madre soltera, ¿no?

Resolví el coraje desmayándome en la escuela. Interrumpía clases o echaba a perder recreos, ¡y llegó el profesor Javier! De alguna manera estaba dándome cuenta de que no iba a poder continuar así mucho tiempo. No sabía cómo, pero asistía al hecho de que me sentía mal aunque no lo supiera decir, y acepté el ofrecimiento.

Estuve yendo a terapia. Al principio las confrontaciones eran muy dolorosas, pero me interesaba lo que descubría en cada sesión: no tenía idea de lo que era alegría de vivir, ni era la heroína de ninguna telenovela y, aún con la poca experiencia de la vida que tenía, había cooperado mucho con quienes provocaron las desgracias que llevaba sufridas. De repente, en una jornada no manejé lo que decía. Muy vagamente recuerdo algo acerca de mi padre; como una traición, pero no puedo ir más allá. Sólo se que el profesor me interrumpió: “¿No te parece que eso es muy doloroso y que debemos dejarlo para después?” Dije que sí desesperada, como queriendo huir de algo y nada más tengo presente que estaba bañada en llanto, parecía que me aventaron una cubetada de agua, porque hasta la blusa tenía mojada. Nunca he podido traer a la memoria qué dije para llorar así. Temo que se perdió para siempre una oportunidad de curar de manera efectiva mis problemas emocionales.

Al mes, el profesor me dijo que no me podía atender porque en aquella oficina ya no iba a seguir dando consulta; que estaba en sociedad con otros colegas y la asociación se había disuelto. Pero me dio su teléfono por si quería consultarle algo.  También su dirección.

Tía Alicia no desaprovechó la oportunidad de humillarme; más vivida que yo, no dio crédito a las excusas presentadas por el maestro pero me dijo que esa  decisión la había tomado “porque vio que eres inmadura y rebelde, él no se iba a andar esforzando por una como tú, que ya no vale la pena.”

Tardé mucho en decidirme a regresar con él a terapia. Me quedé con la idea de que era posible, dado que no tuvo la valentía de decir que no era competente para seguir tratando mi caso. En realidad me había dejado y ni siquiera tuvo la generosidad de canalizarme con alguno de sus colegas.

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En el Centro Médico de Ciudad Universitaria en mi época de estudiante de teatro, busqué ayuda emocional y me mandaron con el único médico psiquiatra que había. No recuerdo su nombre, pero me sentía muy mal cuando decía: “¿Por qué es actriz, Adriana? En esa actividad no hay más que extranjeros, ¿qué futuro cree que pueda tener allí? Usted buscó mejorar su vida y lo único que consiguió fue echarla a perder, porque ahora, cualquier hombre que se le acerque nada más va a ver qué le saca. Será extremadamente difícil que uno de ellos le diga te quiero y deseo formalizar una unión contigo.”

Todo eso ya lo sabía, el chiste era encontrar una salida; ir a un consultorio a escuchar que ya no tenía remedio era frustrante, y más si en la facultad nos decían que el talento  para interpretar a un personaje nos abría puertas; y es cierto, hay mexicanos destacados en la actuación profesional.

Tengo la satisfacción de haber vivido de eso y al día de hoy cobrar regalías de lo que grabé y filmé. Si no es el gran billete que perciben otros compañeros, es porque me contrataban poco. Si cargaba con un morral de emociones de “no hagan olas”, difícilmente iba a tener futuro en ninguna profesión, me congratulo de que pude hacer lo que hice.

En lo referente a los hombres, el doctor no me dijo de qué manera podría darme a valer si ya había echado a perder mi vida, ni cómo era posible conservar la ilusión de casarme si ya nadie iba a quererme por mujer. Era cierto que a los l6 años cuando huí de mi madre me salió peor  el remedio que la enfermedad, pero resultaba tonto soportar una confrontación psiquiátrica para oír la misma mezquindad que me podía haber dicho cualquier “amiga compasiva”. Fuera del consultorio toda interpretación es una agresión; dentro del consultorio, toda interpretación es una sentencia. No volví con ese doctor, y creo que para los terapeutas varones, la mujer que ya no es virgen no tiene derecho a ser curada.

Con semejantes encrucijadas, es imposible aspirar a una pareja, marido, amante, quelite o peor es nada, y menos aceptar que me debía casar por el civil, por la iglesia, ¡y ni por güey! Celebrar con un hombre cualquier trato que implique sexualidad siempre me ha disgustado, porque nunca se dónde estuve parada hasta que me dan el esquinazo; porque encuentro sofocante que al principio me traten como si tuviera la obligación de aceptarlos y una vez que les acepto, me vean como si me estuvieran haciendo un favor. Me parece abyecto que no se los pueda tratar con la verdad en la mano, que tenga una que fingir que no hay interés ni gusto, que se es pura e inmaculada, joven, bella y millonaria.

Puedo durar años sin relaciones sexuales, no por decente ni frígida, sino porque cada vez tengo menos arrestos para sobrellevar las actitudes de ellos, que tarde o temprano me harán pensar que soy algo podrido, que cada nueva experiencia amorosa no ha sido mas que un contacto directo con la misoginia y el machismo.

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A los 32 años, volví al consultorio del profesor Javier. Acababa de terminar con una unión libre que tuve con un español, catalán, que me doblaba la edad. Llegué dando eso por terminado y el profesor me quiso persuadir de que todavía podía salvarse. Es la única vez en mi vida que he tenido lo que podría llamarse un esposo. Desgraciadamente, él era un desarraigado de la Guerra Civil Española, fue Niño de Morelia y adormecía sus dolencias emocionales con mariguana.

Esa segunda vez, el profesor me corrió. Llegó una sesión en la que no soporté su cuestionamiento, fue después de que en una consulta me confesó que yo le gustaba. ¿Y? ¿Qué con eso? También me había confesado que allá en mis años de estudiante no estaba preparado para tratar un paciente con problemas como los míos: “Adriana chula, fuiste una víctima de las fallas en el medio psicológico de este país.”

Agriana, que siempre ha convivido conmigo y ha hecho lo que se le antoja, me comentó: “Mira nada más, ¡pinche viejo! ¡No tenía parque, y andaba en el tiroteo! Pregúntale qué dijiste el día que te interrumpió, dile lo que recuerdas; si tiene güevos, te va a decir, ¡cabrón, desgraciado! ¡No fue ni p’a ayudarte a saber por qué le tienes miedo a los perros! Hijo de su puta madre, pero bien que te criticaba por no ser casada, ¡y te sigue criticando, abre los ojos!”

De alguna forma imperceptible, comenzaba a hacerle caso a mi pequeña fiera. Mucho de eso era verdad. El profesor minimizó lo que había pasado, ¡hacía ya tantos años! Insistí.

-¿Qué pudo ser tan doloroso como para dejarlo pendiente? Estaba llorando de un modo que no es usual en mí, nadie llora en esa forma por una tontería.

-En ese tiempo eras muy joven. Con la edad valoramos las cosas de diferente manera. Tan fue un evento sin importancia que tú misma estimas que no tiene caso recordarlo. De otro modo te acordarías.

Agriana parecía caldero a punto de estallar: “¿Lo ves, lo ves? ¡Hijo de la chingada! ¡Tiene bien presente qué enseñaste y no te lo quiere decir! ¡No te dio chance de acabar tu tratamiento, ni quiere que sepas cuál es tu problema! ¡Ahora va a estar más difícil sacarle la sopa! ¿Qué vas a relajarte ahí, acostadota? ¿Para que te vuelva a decir que eso es muy doloroso y lo dejamos para después? ¿Para después de qué? ¡Por Dios, maestra! ¿No ya te dijo que quiere coger?”

Me era cada vez más difícil acostarme en su diván, un mueble tapizado en blanco en el que había que subirse con todo y zapatos. Me daba miedo ensuciárselo o quedarme dormida; y peor me sentí cuando llegué y descubrí el dicho mueble con una sábana doblada a la altura de donde quedaban los pies. Aquello no podía terminar mas que como terminó. El día que salí corrida de su consultorio, me dijo, con mucha amargura, “Tú no quieres ser curada por mí; quieres la información para curarte sola.”

¿Qué esperaba? No me demostró que fuera posible otra cosa, ni me trató muy bien que digamos; tampoco quería que le pagara.

¿Qué puede ser más horrible: aquello que no recuerdo, o darme cuenta que la persona en quien confiaba nada más se enteró de mi bronca y me botó? Estuve amarrada con eso de “No terminaste tu tratamiento”, que se parece, como dos gotas de agua, a “Tienes poderes que desarrollar”. De ir con el único psicólogo que me recibía sin tener dinero, pasé a consultar al único brujo que no cobraba, ¡pero pedía veladoras! ¿Cómo hubiera sido la vida de no haber aceptado “tratarme” con el señor Molina? Igual. ¿Cómo sería si hubiera rechazado el ofrecimiento del profesor allá en mi juventud, si al enfrentar la relación con Arturbio no hubiera ido aunque fuera con alguien como Dora Luz y Mireya? Peor. En última instancia, están tres psicólogos y un hechicero. Todos trabajan con emociones y anhelos. Ninguno tuvo ética, pero, a fin de cuentas, quienes me beneficiaron, aún sin querer hacerlo, fueron los psicólogos; el brujo no.

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El profesor Javier se limitó a tratar de convencerme de que debía admitir el rol asignado a las mujeres: “El matrimonio, tú no lo aceptas, lo más que soportas es una aventura pero un hombre para tener hijos de por vida, eso, para ti, ¡bueno!” También tomó partido por mamá; para él mi craso error en la vida había sido no aceptarla; pero con ella no había mas que dos caminos: someterse o rebelarse y se que hubiera sido un horror sujetarme.

-Piensas, haces y hablas puras pendejadas. Eres una persona desagradable, ni siquiera es posible desear que te vaya bien. Si eres tan maldita, pues mejor no te acuerdes de ella, ¿cómo es posible que prefieras andar de pordiosera que tomar lo que te dio?

A los pocos días de esa perorata, fui capaz de ver que no mandé al diablo cualquier bagatela: rechacé una profesión altamente lucrativa, un viaje a Europa y un status muchísimo mejor que el que tengo, pero al precio de tener que pedir permiso hasta para ir al baño, ¡estaba frita si me hubiera conformado! ¡Mil veces más digno mendiga autónoma, que dentista amordazada!

Bajita la tenaza recibí una insultada buena pero así como vino a mi mente la conciencia del bien perdido, también regresó la imagen del profesor cuando me dijo que le gustaba: “Te lo tengo que decir porque estas cosas, si no se ventilan, no se puede trabajar.”

¡A la mierda con lo que haya querido ventilar! Si se preciaba de ser un hombre normal, que sabía vivir, no podía sentirse atraído hacia una pendeja que estaba maldita y vivía de pordiosera, ¡mintió! Si no lo hizo cuando me dijo sus sentimientos, entonces fue un embustero al momento del sermón; lo que haya sido, ¡allá que lo sepa Dios!

De Dora Luz supe por una propaganda que circulaba en la Facultad de Filosofía y Letras, allá en Ciudad Universitaria. Era l993. Hacía medio año que el profesor Javier me corrió y estaba indecisa. Tenía la idea de que una terapia debe iniciarse y terminarse con un solo especialista. Pensaba que quienes están de un consultorio a otro es que no quieren salir adelante y en ese caso es preferible quedarse mal que andar así, perdiendo tiempo y haciéndoselo perder a los demás; yo no era “de esa gente”,  pero vencí la resistencia porque mi deseo de continuar era más fuerte.

Con Dora Luz empecé tan bien, que hice muchísimas introyecciones de lo que había trabajado con el profesor: “Es señal de que estás sanando el hecho de que ya no quieras ir ahí, ¡ese psicólogo de plano!”

En su consultorio aprendí nociones del ajedrez como parte de la terapia. A través del juego, descubrir cuáles eran mis aciertos y en qué estribaban mis errores. Tuve también problemas de dinero, mas no como con el maestro; en temporadas le quedaba a deber, pero de alguna u otra manera me ponía al corriente y cuando me fui no dejé deudas pero sí un recado muy feo, escribí algo acerca de unos cuernos, ¡puras jaladas! Lo que una suele hacer cuando está encabronada, pero eso la motivó a pensar que fui a tomarle el pelo. Creo que por esa razón no puso interés cuando llegué con el problema de Arturbio en Febrero del 2003.

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Dora Luz tenía una mala costumbre: de repente, llegaba a mi consulta, y no estaba. La primera vez que fui su paciente no pasaba tan seguido. Era allá cada dos o tres meses, y además, lo que le estaba pagando no era para que me pusiera a reclamar. Al principio le daba $25.00 pesos, y fui subiendo poco a poco la cantidad, cuando dejé de ir le daba sesenta. Estamos hablando de Enero del 97. En el relajo de Arturo, ya no me fue difícil asumir $100.00 pesos por cada sesión.

Aquella primera etapa duró tres años y acordamos que el cuarto sería el último; no quería precipitarme yéndome antes de tiempo, aunque sentía ganas de hacerlo. Me discipliné a esperar un año más y, a escasos tres meses de que se cumpliera el plazo, Dora Luz cambió la forma de tratamiento: de trabajar cara a cara, me acostó en el diván; la terapia ortodoxa, por ahí escuché decir. Como habíamos hablado de que me iría, y ella estuvo de acuerdo, di por sentado que al regresar de vacaciones de diciembre del 96, o sea en Enero del 97, sería la última sesión. Llegó el día, y simplemente, no llegó al consultorio. Me dio tanto coraje que escribí el recado de los cuernos.

Hice un intento de regresar al año y medio. La llamé, concerté la cita y llegué puntual. Me plantó. Llevaba aquel día un libro que trataba de las mentiras que los hombres suelen decir a las mujeres. Una vez más me enojé por no encontrarla y le dejé el libro de regalo. Cuando acabé de escribir el mamotreto, alias mi diario, le llevé una copia. Esto fue el año 2004; en Marzo del 2006 encontré un recado de ella en mi contestadora: había leído la escritura en su totalidad, y quería verme, además me felicitaba porque le pareció un trabajo excelente, y me quería mucho.

Me comuniqué y hablamos. Quedé de ir a su consultorio, pero enseguida de colgar, olvidé a que hora sería el compromiso. Me conozco muy bien: eso anticipaba que llegaría tarde a la cita, era un signo de que no me interesaba ir. Hacer lo que hizo cuando más lastimada estuve por lo de Arturo equivalió a volverme la espalda. Cambiar la forma de terapia cuando sabía que iba a irme, fue ejercer un contra control. No me respetó. No haberme tomado en serio cuando quise regresar, antes de los problemas, fue también darme una patada. Quizá tendría algo qué agradecerle si me hubiera recibido para decirme que no, y ya. ¿Qué s que me quiere mucho? ¡Mmmm! Yo, mejor, como dice la canción: “Ay, amor, ya no me quieras tanto”.

Era el año 2001, ¡ni quién profetizara que iba a conocer al Arturbio en el restaurante de Irma! Todas las mañanas leía el periódico mientras desayunaba y vi un anuncio que me llamó la atención por su colorido: “Centro Visión, Acción, Creación”, el nombre y teléfono de la doctora Mireya, psicóloga.

En ese tiempo asistía todos los sábados a una bohemia que organizaba un maestro titiritero, con el que me relacioné porque quería integrarme a su compañía para mejorar mi trabajo con los muñecos. Empecé a acariciar la idea de buscar una terapia de grupo cuando percibí que este señor nos pedía, a los que íbamos a cantar, que le dedicáramos tiempo entre semana, que fuéramos profesionales, que no le preguntáramos a la hora de preparar un espectáculo, cuánto ganaríamos, porque eso era falta de humildad, y rehusarse a tomar las clases de vocalización y solfeo, era falta de disciplina, el caso era que, por angas o mangas, teníamos la obligación de estar sin el derecho a una retribución por nuestro trabajo.

Desde un principio supe que no se iba a realizar mi deseo de estar en su compañía de teatro de títeres pero me quedé porque me gustó lo que desarrollé en materia musical. Allí aprendí a tocar la guitarra e hice mis primeras canciones.

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Llamé a la doctora Mireya. No tenía grupos, pero me ofreció un descuento especial si podía integrar uno con amigos o conocidos. Le dije a Irma y a otros más. Al no encontrar eco, deseché la idea y conocí a Mireya hasta Marzo del 2003, cuanto tuve que dejar a Dora Luz.

Las perturbaciones emocionales, entre más sutiles, más dañinas. Aunque me sentía bien con mi vida tal como la llevaba, estaban ahí muchas señales de que iba a desbarrancarme: quería mejorar mi trabajo como ventrílocua, y fui con un maestro titiritero que resultó cancionero improvisado que además se enriquecía con el trabajo de la gente que acudía a su bohemia. Por eso nos decía nada más en qué fallábamos, no permitía que se entablaran conversaciones entre los asistentes, y parecía que tenía don de ubicuidad, Ahí no se hablaba más que de lo que se estaba presenciando en el momento, cualquier incipiente amistad, era desbaratada por arte de magia. A pesar de ello, me salieron dos galanes que pude rechazar; eran casados y no iban a ser la compañía masculina que en verdad podría beneficiarme, si es que existe.

¡Ahora me explico todo! Hacía mucho navegaba de una frustración a otra: me conformé con poner teléfono, porque no me alcanzaba el dinero para pagar un curso de teatro de títeres que anunciaban en Internet; quise pagar con trabajo en alguna otra compañía, y caí en las garras de un estafador, a eso agrego los problemas con mis vecinos, que se exacerbaron con la instalación del teléfono. El edificio donde vivo no tiene dueño y cada quien  se siente libre de agandallarse, ¡con razón, casi al punto de conocer a Irma, empecé a fijarme en sus defectos, a perseguirla! Y ella no me corrió de su negocio a pesar de que soy vociferante y exhibicionista, ¡porque también demandaba perseguidores!

Una forma de evitar las recaídas es perderle el miedo a nuestros rasgos negativos, porque sirven para revertir daños posteriores si se atreve uno a mirarlos como lo que son: síntomas de que nuestra parte enferma encontró mundo de su tamaño y se dispone a darle, que es mole de olla.

En lo más álgido de la relación con Arturo empecé el trabajo con mis broncas vigilada por Mireya quien rehusó que le pagara. Acordamos una cantidad como costo de cada sesión y ella fue bajando el precio a su gusto. Esto no lo hizo por generosidad, estuvo casada con un alcohólico y se dedicó a controlarme. Antes de ser psicóloga quiso ser actriz, pero fue publicista. Las personas que trabajan en eso, suelen ser ultra morales pero no vacilan en encuerar a un semejante si con ello pueden vender un producto. El publicista hace lo que está a su alcance para que todos crean que la vida es color de rosa y que todos  podemos subir trabajando duro. Para ellos el que no es de status fresa, está mal de la cabeza. Creo que tomó partido por Irma y sus secuaces, al grado que le tuve que decir, en tono de guasa, que estaba más al servicio de ellos que mío, que si le estaban dando la diferencia de lo que ya no me cobraba.

Surgió en mi mente la palabra “mierdeya”, y rebotaba de un hemisferio a otro como pelota de ping pong. En el grupo Al Anon al que asistía había una compañera que también se llamaba Mireya, y al escuchar sus tribunas, fácilmente podía dársele el apelativo pero supe que el apodo era para mi terapeuta al terminar la penúltima sesión. Me acompañó hasta la puerta e iba hablando de otro paciente a quien tampoco le cobraba lo que en principio habían estipulado. Clarito percibí que estaba echando indirectas para mí cuando dijo: “Es un privilegio venir a terapia y más con facilidades”. Ahí vi mi oportunidad de irme, y la aproveché. La semana siguiente, fue sesión de despedida y poco faltó para que me pusiera a cantar “Aleluya” mientras iba camino del zaguán.

Al mes, encontré este recado en mi contestadora: “Habla la doctora Mireya Flores. (Leve tartamudeo) Quiero saber si ya estás bien, si tienes nuevos amigos y estás alejada de toda esa gente nefasta que te rodeó.” Respiré hondo. Si no quería volver a escucharla, tendría que devolverle la llamada y entre más pronto, mejor.

Agriana tuvo razón en enojarse, pero escuchó los consejos: “Corazón, esto hay que manejarlo con mucha prudencia. Se le van a dar las gracias, se le va a decir que estamos bien, lo cual es cierto, y si plantea la posibilidad de un regreso, le contestaremos sin groserías, pero con firmeza, que esta vez aplicaremos la lección: en cuestiones de terapia, segundas partes nunca fueron buenas.”

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El recurso del impotente es lamerse las heridas en el consultorio de un terapeuta a falta de medios para ajustar cuentas. Otro de los beneficios que saqué de la terapia, es darme cuenta de que puedo dañar igual; que un insulto mío es tan ponzoñoso como lo fueron o lo son los de los demás hacia mí. Ahora que he tomado contacto con mis verdaderos alcances, me amedrentan menos las ostentaciones agresivas de la gente pero no puedo disfrutar ser mala porque viene el miedo: hay que medir consecuencias. ¿Quién me puede asegurar que los demás sí disfrutan ser cabrones? Cada uno es para sí mismo, como yo soy para mí. Ser bondadosa es no sacar a la gente de su zona de comodidad, pero a veces comprendo a los que tiran la piedra y esconden la mano; la hipocresía es otra forma socialmente aceptada de mostrar el resentimiento y más productiva que sentarse a llorar.

Ayer aspiré a vengarme, hoy, aspiro a que mi coraje se transforme en malicia para detectar a la gente que pueda dañarme antes de que llegue a hacerlo y ponerme fuera de su alcance; de ese modo, ellos y yo viviremos mejor. Aspiro a que mis emociones negativas no me vuelvan a manejar, para que no lleguen los dardos y ya no muerda el anzuelo como lo mordí aquella noche decembrina del 2004.

Llegaba a casa, y al pasar por el restaurante, Arturo salió y empezó a echar habladas. No era la primera vez que lo hacía, pero sí fue la última. Como siempre, ni siquiera me detuve. Irma estaba confiada en que nunca llegaría a avergonzarla a su trabajo, porque jamás lo hice; y no fue  por educación, sino porque no encontraba la forma para dañarla sin ensuciarme las manos, pero ese día, Agrianita, o sea mi otro yo, se encargó de todo, y se dejó dirigir. Desde un teléfono público llamé a la policía, les dije que era Irma y que necesitaba ayuda para sacar a un par de borrachos que no me dejaban cerrar. Cuando llegó la patrulla, desde la contra esquina tomé nota del número y me quedé un rato más, observando a Pésar Disgusto Cordebrio y Pose Arturbio Ladilla Jerez, que peinaban la cuadra según ellos, para encontrar a esa pinche culera, o sea a mí.

A las cuatro de la madrugada, Arturbio me despertó con el tamborileo que le dio a mi puerta. Lo primero que pensé es que me reclamaría, pero no fue así. De todos modos, de ahí hasta el medio día fuimos dos fieras en acecho. Nada me quita de la cabeza que no fue a verme, sino a meter cinta para sacar cordón.

Pasé cinco meses más recogiendo propaganda del restaurante que Irma pegaba antes de abrir en los postes cercanos. Había en la hoja del menú un número telefónico cuyos cuatro primeros dígitos no correspondían a la serie de la colonia. Investigué a nombre de quién estaba, llamé y la dueña de esa línea fue al tugurio a reclamar. También llegaron de la Procuraduría del Consumidor y multaron a Irma por dar informes falsos a los clientes. Gestioné dos visitas al negocio: una de AA y otra de Neuróticos Anónimos. Fueron. En esa forma, le puse a la ex amiga una exhibida peor que si la hubiera ido a cachetear. Al mismo tiempo, metí un escrito a Salubridad y otro a la Delegación. Amonestó primero la Secretaría de Salud y a la semana, fueron de la Delegación a ejecutar la clausura.

A la que parió a la astuta cocinera, como le gustan los libros, le mandé una copia del mamotreto, para que se entretuviera en algo. Espero que haya disfrutado sus 20 días de vacaciones. Anexé esta carta:

 

México D.F., 12 de Octubre del 2005.

 

Estimada señora Yolanda:

Como diría yo, si fuera Antonio Machado, de los borrachitos vengo y a los borrachitos voy. Sí tenía usted razón; sembré mi maíz, me comí mi pinole, confieso que he cagado. Así diría Pablo Neruda. Humildemente, espero sea de su agrado la engalanada boñiga. A ver si lavando tupe, o se acaba de arralar.

 

Suya y cordial:

Agriana Falaz Herrández.

 

La antedicha firmante no tenía llenadera: hizo el berrinche de su vida porque el restaurante volvió a ser abierto.

-¡Cómo! ¡No puede ser! ¡Cómo pudo! ¡Eso era para que no levantara cabeza! ¡Cómo se atreve! ¡No! ¡Tiene que haber una fórmula para ponerla en el suelo!

-Corazón, ya no veo qué otra cosa podamos hacer, ni modo que la mandemos matar.

-¡Que le den un cortinazo y le vacíen el local! ¡Que vuelva a empezar de cero! ¡A ver si puede!

-¿Tienes los contactos y el dinero para mandárselo hacer?

-No.

-Entonces, ¿qué estás chingando? Perdóname que te hable así. ¿Qué importa que haya abierto? Se pasó veinte días penando por conseguir dinero, la multa que pagó no fue de cincuenta pesos, ni de mil; muchos de sus clientes ya no van a regresar, y sus proveedores, ¡más de uno la debe catalogar como gente poco seria! Se va a pasar un buen tiempo explicando por qué le cerraron y poca gente le va a creer, si no es que ninguna. De acuerdo, sí, nos cae gordo que haya abierto, pero ya le costó. Veinte días sin ganar dinero y con dos rentas qué pagar, ¡el puñetazo está bien! ¡Muerto el perro, se acabó la rabia!

-¡No es cierto que se acabe! ¡La quiero ver escupiendo sangre!

-Sí mi vida, pero aquí hay una cuestión: no tenemos recursos para más, el madrazo se lo dimos, ¡ya! Ahora, a protegerse, porque quizá tomen represalias.

-¿Esa? ¡No te preocupes! Aunque nos lo mereciéramos, nunca va a hacer ni a decir nada, ¡tiene cola que le pisen!

-Pequeña, ¡me estás dando la razón!

En ese momento, recordé una conversación con el profesor Javier; le pregunté: “¿Cuándo voy a tener verdadera tranquilidad, a alcanzar autoestima y paz?” “Cuando le pongas en su madre a la gente que te haga daño”, me contestó.

También Mireya apareció: “¿Por qué no vas al restaurante y mejor la golpeas? ¿No te parece muy inmaduro estar escribiendo cartitas?”

Ante ella me quedé muda, pero no, no me parecía inmaduro. Golpear a Irma sí era un modo directo de arreglar las cosas pero, aparte de que me exponía a ir a la cárcel, ya había visto que con ella ninguna objeción directa funcionaba; si hay perseguidores especializados, ¿por qué no delegar la chamba?

Irma no fue directa conmigo; si le disgustaba mi modo hablotero e imprudente, todos los negocios se reservan el derecho de admisión. El parloteo a lo bobo, es una forma de ejercer el poder contra alguien, aún cuando el vocinglero no se de cuenta de lo que hace, ni tenga el propósito de agredir, pero debió caber en ella la capacidad de poner límites. Si no me quería de cliente, debió decirlo con todas sus letras. El modo en que la traté fue el mismo que ella usó para aventarme al borracho que ya no quería y reírse de mí. Si no se cobra un agravio, es sinónimo de que se está del lado del ofensor.

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Nadie puede vender experiencia; los únicos que lo intentan  son los psicoanalistas, y son tan desfachatados, que cobran por fracasar. Para bien o para mal, tienen poder. Cuando detectan contra qué está luchando un enfermo, sabotean e insultan. Son jugadores profesionales de “sólo trato de ayudarte”. El hecho de que sus tarifas estén sobre los $500.00 pesos, obedece a una razón: los bienes, servicios y oportunidades no son para todos, sino para unos cuantos seleccionados, en este caso, los que pueden pagar quinientos pesos por una consulta y que tienen, desde luego, la suerte de no estar tan amolados. Los problemas emocionales de los pobres tienden a ser más serios y difíciles de desentrañar; no son tan agradables como los conflictos de la gente bien.

Prohijar psicosis, neurosis o esquizofrenia es una forma de opresión disfrazada. Las altas esferas del poder necesitan que haya gente en el planeta para que genere riqueza, pero hay que hacer que cada uno de esos individuos, renuncie al pedacito de mundo que le corresponde. La riqueza se produce trabajando y se acumula en dos formas: el ahorro y el hurto. Abundar en eso último es tema para otro libro, y de otro autor; únicamente quiero resaltar que hay más chance de encontrar alternativas con un terapeuta. En los grupos de autoayuda se termina por descubrir que un ciego no puede guiar a otro ciego.

Al  Anon, sin las pláticas con Mireya, me hubiera hecho más daño que beneficio. Hay compañeras que en tribuna se autonombran doblemente ganadoras. Son mujeres que han desarrollado la enfermedad del alcoholismo, pero que fueron hijas, esposas, hermanas o madres de alcohólicos y, como tales, tienen derecho a estar ahí y decir sus cosas. Las que son sinceras con ellas mismas van además a reunirse con la gente de AA y tienen claramente dividido lo que pueden decir en cada grupo; las que insisten en el autoengaño, se quedan en Al Anon. Queriendo y no, contaminan a las demás.

No deja de llamarme la atención el hecho de que solamente en un grupo de gente de la clase alta pude ver lo que realmente es la conciencia de grupo y el verdadero propósito de AA y Al Anon como instituciones de ayuda para el alcohólico y sus allegados, nos guste o no, AA es una aportación de ricos; Bill W y el Dr. Bob eran tan adinerados que se codearon con Rockefeller, quien generosamente, les dio calurosísimas felicitaciones además de la idea de la séptima tradición, que dice que cada grupo se debe sostener con sus propios recursos.

Los compañeros Al Anon dicen que allí las clases sociales no importan. Como entelequia, está bien, pero una coordinadora hizo la observación de que es más fácil asimilar el programa si se tienen estudios humanísticos y aquí, vuelve a imperar el dinero: ir a una universidad, aunque sea del gobierno, cuesta. Los libros, en ningún sitio son regalados, por más que sean iguales en su modo de pensar los felices con un millón de pesos y los que no cargan ni para comer. A los l6 años asistí al hecho de que los de arriba y los de abajo sienten que el mundo les pertenece; los primeros, disfrutan la realidad de comprarlo; los otros, estarán en condiciones de arrebatarlo si experimentan una gran frustración.

La enfermedad emocional no es diferente de ningún otro microbio: virus, hongos y bacterias tampoco respetan edad, sexo ni posición social, pero, ¿por qué a los ricos no les da disentería, ni infecciones micóticas, ni lepra o escorbuto?

Tal vez algún esoterista pudiera ayudarnos a descifrar el enigma; yo nada más puedo ofrecer el fruto de mis pesquisas. Hay razones de mucho peso para llegar a la conclusión de que los grupos de gente rica son los verdaderos depositarios y beneficiarios de cualquier programa de recuperación. El arrabalero, si tiene suerte, podrá caerle bien a algún terapeuta o contará con la bestialidad de un anexo, y la barbarie de un grupo de avance.

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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana VIII (Donde el mando supremo es el placer)

“(…) claramente hemos tomado prestadas ideas de la anarquía, la democracia, la república, la jerarquía y la dictadura. Tenemos la esperanza de haber evitado las desventajas de cada una, y especialmente creemos  haber heredado la mayor cantidad de ventajas de dichas formas de asociación.”

 William Griffith Wilson. (Bill W)

El padrino David me recibió en aquel grupo AA que está a unas calles de donde vive Arturo. Se mostraba cordial, apapachador, pero yo tenía tanto miedo que trataba de pensar en otras cosas. Mientras él hablaba, la cabeza me daba vueltas en torno a la idea de “El país de Calvert”, la “Isla de Calvert”, donde todos están hermanados en la euforia y el delirio; los habitantes triunfan en la vida y son señores de señores; las mujeres no dejan de ser jóvenes y hermosas; no hay bebés que lloren y que crezcan porque no transcurre el tiempo y el espacio es infinito, un país donde el mando supremo es el placer, en donde nunca se termina el derecho de estirarse, aunque estén las narices de los otros, que también se están estirando, ¡Jauja!

Volví a la realidad en el momento en que David decía: “Aquí vas a encontrar lo que busques. Si quieres el cielo, aquí está, si quieres desmadre, también, ¿traes tu cuestionario resuelto?” “Sí”, le contesté.

Tenía en la mano un folleto de preguntas de opción múltiple. Debe llenarlo cualquier persona que abrigue sospechas respecto a su manera de beber. Hacía una semana, había tenido la experiencia espiritual, el cuarto paso del grupo de avance. No hice más que dormir después de un fin de semana agotador en que escribí sin descanso, para despertar con el recuerdo del profesor Javier, mi primer terapeuta.

En una sesión me dijo que le asombraba que no fuera borracha ni drogadicta con todo lo que me había pasado; era un verdadero milagro que tampoco me haya vuelto homosexual. En otro momento, hizo alusión a mi soberbia, que nada más me iba a llevar a perder lo poco que tenía y quedar sin amigos ni parientes; a ser como “esos que comen cualquier cosa, viven en la calle, los perros les ladran, los niños les tiran piedras, la gente los esquiva o los insulta, y de todos lados los corren.”

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Eso último, me golpeó como ninguna otra cosa. Así acaban los enfermos de alcoholismo; es de las últimas fases del mal. ¿Cómo sería posible que fuera a terminar como ellos, sin beber? ¿No sería alcohólica en realidad? Si era así, ¿de qué manera estaba siendo dipsómana, si  nunca había precisado del alcohol?

Llegué al grupo que coordinaba el padrino David bajo el deseo de trabajar las preguntas con una mujer AA. Quería examinar cuál había sido mi relación con el alcohol.

David me presentó con Angélica, quien escrutó pregunta por pregunta. A menos de la mitad del cuestionario, dijo que según su percepción, no era alcohólica, pero podía tener factores de riesgo; entonces, el padrino David le arrebató el folleto y revisó mis respuestas. Para él, me había contradicho, y además estaba entrando a la fase crónica de la enfermedad, o sea, en grado 31. Me fueron llevando poco a poco hasta aceptar que era alcohólica y, ¡vaya que es para derrumbarse! Por lo menos, tengo un conocimiento exacto de lo que sentirá Arturbio cuando tenga que admitir que de veras no puede, y que si no agarra el programa, ya no hay p’a dónde. El padrino David me recordó algo muy importante que nos decía el profesor de Deportes, allá en mis años de niña monjil: “Chaparritas, no pueden exigirle a nadie que haga un esfuerzo que ustedes no estén dispuestas a hacer.” Hoy comprendo que no se refería solamente a un esfuerzo físico.

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Salimos de la junta y el padrino se ofreció a llevarme a casa. Estaba a punto de llorar y terminé por hacerlo a mares a bordo de su carro.

-No puedo dejarte ir así.

-¿Por qué no? Tengo que luchar sola.

– No estás sola.

-De todas maneras; ustedes no pueden hacerlo todo, algo me corresponde, ¿no?

-Todavía no nos crees, pero haz la prueba, vete a una cantina, y verás cómo no puedes parar, ¡yo te invito la cerveza¡

-Mire, padrino, con todo respeto, no tengo por qué andar haciendo “pruebitas”. La ocasión me va a llegar de allá arriba, y no creo que usted sea superior a Dios.

-Tu sobriedad es precaria.

-Mi buen trabajo me cuesta.

Bajé del auto y comencé a caminar. Reforma estaba intransitable por los trabajos de remoción del basamento de la estatua de Cuauhtémoc; apenas eran audibles los gritos de los trabajadores: “¡Oiga, cuidado!”, “¡Váyase para su izquierda!”

El ruido de taladros y barrenadoras ayudaba a construir mi burbuja que se reventaba en llanto. Cada avalancha de lágrimas era como si cayeran enormes guillotinas y avanzara con músculos y tendones al descubierto. No sólo me dolía que soplara el aire; el contacto de mi ropa me parecía una lija.

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El resto de la noche dormité para llorar a ratos. Al amanecer, me decidí por el sueño; pero al mediodía, llegué con la madrina Edith. Tiene un puesto de comida en las inmediaciones de uno de esos cines habilitados como templos cuyo lema publicitario es “Pare de Sufrir”, mutuamente nos llamamos la atención y una tarde, al pasar, me preguntó si no quería comer. Ya le había comprado una vez y como no había comido, me quedé. Entonces supe que también conocía el programa AA.

La madrina Edith fue la segunda persona que me habló de los grupos de avance; la primera invitación me llegó once años atrás, a través de un compañero payaso. Aquella vez rechacé la oferta, pero más tarde, agorzomada por las borracheras y desaires arturbianos, las recomendaciones de la madrina Edith me sedujeron por completo.

Fueron muchas las noches y madrugadas que invirtió en hablarme de lo maravillosamente curativos que resultaban los tales grupos; casi, casi, allí se resolvía todo tipo de broncas emocionales y el desahuciado del manicomio salía completamente sano. “¡No hombre! ¡Tu psicóloga no te está haciendo nada! ¡Soy la que te está salvando y no te cobro ni un quinto!”

Por fin le dije una tarde, cuando tomábamos café en mi casa, que sí quería tener “la experiencia espiritual”. Al día siguiente, al llegar al puesto, me presentó a su hijo mayor, la causa de que haya conocido el programa, porque el muchacho tenía problema con drogas y alcohol.

Resulta que “mi Negro”, como ella le decía, era padrino del grupo en el que Edith había estado; cuando me vio llegar, le dijo a su vástago: “Qué huevotes de Adriana que quiere tener “la experiencia”, ¿no crees?”

Estuve ahí cerca de dos horas y me fui a trabajar exactamente igual que como llegué: sin saber dónde era el tal grupo ni cuándo eran sus actividades. Fui dos veces más, y en las mismas; ni me daban la dirección, ni se sellaba el compromiso de ser llevada tal día. Algo dentro de mí empezó a decirme que ya no era conveniente seguir tratando a la madrina, de no ser porque investigué dónde había grupos de avance, todavía sería este el día que no sabría en qué consiste la “experiencia espiritual marca ACME”, y ahí estuviera, esperando a ver cuándo los padrinos se dignaban dármela a conocer.

En realidad tuve mucha deferencia hacia la madrina Edith, porque, viéndolo bien, no debería de haberle ido a decir cómo me fue.

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-Edith, descubrí que sí soy alcohólica.

-¡No, hombre! ¡Tú qué vas a ser si ni tomas!

¡Buena estrategia! Nada más me dijo lo que sabía que quería oír, si no, por qué antes, en su labor de convencimiento para que fuera a un grupo de avance, me miró una vez con gravedad y sentenció: “¿Sabes qué? No es Arturo el que está enfermo, la que debe ir a AA eres tú.”

¡Qué bueno que los integrantes de AA no hacen diagnósticos, porque si los hicieran, buf! Algunas compañeras familiares, a medida que avanzan en el programa, se llegan a ensoberbecer y piensan que pueden hundir o salvar a quien les venga en gana.

La madrina mostraba un respeto desmesurado por tales grupos; mencionó que le hacen jurar a la gente que guardará por siempre el secreto de todo lo que se haga o diga dentro del lugar. Se enojó mucho cuando supo que le enseñé a mi psicóloga las preguntas que le hacen a uno en “la hacienda”. Me miró como si estuviera cometiendo un crimen de estado, de traición a la Patria o de lesa humanidad.

Una vez me platicó de su hija mayor, abogada, que cuando llega al puesto a visitarla se siente presionada por la forma en que Sandra le reclama atención. Nada más de ver cómo se alteraba al irme contando, me sulfuré y dije:

-Ay, no es posible, yo que tú, la mandaba al diablo.

-¡No, no! ¡Eso no! ¿Lo oyes? ¡Eso no! -y siguió toda una conferencia acerca del amor a los hijos y los frutos que ha cosechado de ser madre.

El equivalente de que un hijo se nos muera durante la crianza, es que se vuelva alcohólico, drogadicto o loco; también delincuente. De ahí el sentimiento de culpa de embarga y amarga a muchas madres en Al Anon. La madrina se siente culpable por la artritis de Sandra, el alcoholismo de Yanir, su “Negro”, y se aferra a la gente que necesite ser salvada, quien sea. No es casual que haya instalado su vendimia en las afueras del templo de una secta que promete el cielo. Allí abunda la gente que ansía ser salvada.

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Me contó también de su ex marido, Andrés, taxista igual que Arturo. En un principio, le pareció un buen hombre, pero un día, llegó a verla a su casa, a temprana hora, con un pulso de maraquero que parecía que estaba tocando un merengue, y volví a ver en ella la misma desesperación que cuando habló de su hija:

-Yo dije, ¡chin! ¡No! ¡Éste es alcohólico! ¡Éste es alcohólico! ¡Ay! ¡Éste es alcohólico! ¡No!

-Bueno, para entonces, tú ya conocías el programa, ¿por qué no terminaste ahí mismo con él?

-¡No! ¡No! ¡Eso no es rectitud! ¡Ya lo había aceptado! ¡No! ¡Eso no! -y me echó un sermón por los errores garrafales que había cometido con Arturbio. Allí me di cuenta de que me toleraba únicamente porque le estaba sirviendo de sparring. Proyectaba la ira que sentía y cuando me atrevía a expresarla, ¡a regañar se ha dicho! ¡Mira qué lista!

La madrina siempre estaba pronta a decirme mis verdades; quería que todo mundo oyera sus verdades dichas por ella, pero no aceptaba que alguien pudiera decirle lo suyo. Una tarde, intenté leerle la dinámica del juego de alcohólico del doctor Berne, y me atajó diciendo que conocía trabajos más fregones de otros psiquiatras. No dudo que los haya, pero los nombres de los autores y los títulos de los ensayos, estuvieron como la dirección del grupo de avance. Después de algunas noches en que me contó anécdotas de hombres más jóvenes que ella, que la pretendían, le manifestaban admiración, salía con ellos, “pero no le gustaban”, decidí alejarme, y fue justo a tiempo.

Esa tarde llegué a comer y me dijo que me presentaría a sus amigos de la casona que está junto a lo que fuera Teatro Silvia Pinal. Allí se elaboran escenografías y se filman escenas de telenovelas. El lugar es propiedad de Televisa. Me avisó que estaban tomando tequila y que si no me importaba. Habían pasado dos días desde que afirmó que yo ni tomo. Estábamos en la puerta de la casona, ella, discutiendo con sus amigos los policías de la entrada: por qué no me daban acceso al lugar, si era su amiga y gente de toda confianza. La madrina entró y salió a los 20 minutos. Me convidó un trago de vodka que tenía  en su puesto. Lo acepté, me sirvió, pero no se preparó el suyo. Me dio desconfianza. Decidí que no le pegaría los labios a mi vaso mientras no estuviera ella con su copa frente a mí, diciendo “salud”. Llevaba conmigo un libro de autoayuda que se llama LA TRAMPA DEL SALVADOR. Intenté leerle algunos pasajes que la retrataban. Me volvió a atajar. Primero fue “espérame tantito” dos o tres veces, y de plano:

-Ahorita no te voy a poner atención porque he estado tomando y ya se me subió.

-¡Ah, caray! Mira, entonces, échate ésta. (Le di mi copa) Nos vemos luego.

-¿No te la tomaste?

-No. –recibió el vaso, hizo una mueca y tiró el contenido.

Jamás volví. Y no pienso volver. Días más tarde, me topé con su hijo Daniel:

-Mi mamá está bien enojada.

-¡Ujule! Pues ojalá se ponga contenta porque si está enojada, menos voy.

Desde luego que debe estar bien enojada, le di excelentes motivos, me le fui viva, ¿quién me aseguraba que ese trago de vodka no era en realidad un bebedizo que me haría despertar en un anexo? ¡La madrina es muy cabrona! En la semana de Pascua del 2004, le pregunté por qué tenía un ojo morado, y presumió que el Domingo de Ramos había golpeado a una jovencita recién parida, porque no le pareció que exhibiera unas palmas para bendecir junto a su puesto. Fueron a dar a la delegación y por poquito, las chavas que acompañaban a aquella chamaca, muelen a golpes a la madrina. Como congénere de ambas y como trabajadora de la calle, considero que Edith fue abusiva. Si tal cosa le hizo a alguien vulnerable, por tener la misma necesidad y el mismo derecho, ¿qué podía esperar para mí?

Irma y Edith resuelven su historia sexual a base de ser consecuentes con los borrachos, y quizá sus negocios sean un escaparate donde se resguardan del calor o de la lluvia y se entretienen haciendo comida mientras llega el cliente. ¿A qué me exponía con el cultivo de esa amistad? La madrina acostumbraba contener hasta por doce horas la necesidad de orinar, si se torturaba a sí misma de ese modo, no creo que sea capaz de tener piedad de alguien.

Cinturón

Estas experiencias me provocaron curiosidad e indagué la historia de AA. En sus inicios fue una cofradía masculina, sociedad secreta, pero no fue la primera en lograr casos positivos de recuperación del alcoholismo: Roberto Owen, a principios del siglo XIX en Escocia, regeneró a los trabajadores beodos de una empresa textil, después, en el estado de Indiana, el año l826, fundó la Aldea de la Nueva Armonía y su Declaración de Independencia Espiritual inflamó corazones a destajo; pero lo más efectivo fue el trabajo que desde l776 hacían los predicadores Metodistas en la ciudad de Nueva York: llevaban el Evangelio a presidiarios, borrachos y prostitutas. Fue tan exitosa su labor, que en la ciudad de Washington, también en el siglo XIX, se formó un antecedente de lo que más tarde sería Alcohólicos Anónimos. Fracasaron. El floreciente imperio del opio tuvo algo que ver, pero cuajó hasta el siglo XX, en la década de los treintas, mientras en Europa se cocinaba la Segunda Guerra Mundial. Ya desde los primeros años de la Era Cristiana, en la Roma antigua, se había escrito un libro sobre la embriaguez. Todas estas cosas se las comentaba a la madrina Edith, quien solamente me dijo: “Ay, Adriana, ¿qué nos importa la Roma antigua y el mil ochocientos? ¡Esto funciona, no?”

-Siempre es bueno saber de dónde nos vienen las cosas; los gringos jamás han querido el bien de América Latina, y puede ser que ni siquiera la invención de AA se las debamos agradecer, aunque sirva.

-Mira no quieras ver mafias, en donde no las hay.

-¡Por Dios, Edith! ¡Basta leer el TRANSMÍTELO para contemplar a Frank Buckman y a Bill W como dos vedettes de la masonería, disputándose el liderazgo! ¡El doctor Bob, fue como la caca de pollo, ni huele ni hiede! ¡¿Qué hubiera inventado el evangelista ese, sin los antecedentes de John Wesley y William Booth?! ¡Briagadales derrotó a Persignado, que se fue, como perro con la cola entre las patas, a pedir frías con la Reina de Holanda! Para no desentonar con el rearme militar de las potencias, le fue con la embajada de un Rearme Moral. ¡La payasada más grande del mundo! ¿Cómo no le fue a pedir chiche a Hitler? ¿No que podía convencerlo de que se rindiera ante Dios? ¡Pinche hablador ojete!

-TRANSMITELO es literatura de AA, ¡quién te dijo que puedes ni hojear esos libros!

-¡No son sagrados! ¡Y tampoco los robé! Fueron debidamente comprados en la librería de la Central de Servicios. Además, ¡estudié una carrera de letras, cosa que no hiciste tú! ¡Tengo cabeza para leer lo que se me hinchen los ovarios!

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A medida que aumenta el auto conocimiento, va creciendo el deseo de saber acerca de Dios; y la primera reacción, la más sana, es revisar las raíces de lo que nos enseñaron aquellos que nos vieron nacer y nos educaron. Cualquier religión debe ser practicada con conocimiento de causa; y ese conocimiento debe ser una búsqueda de toda la vida para poder profesar la religión que se haya elegido, de una manera cabal. Bill W lo expresaba así: “(…) con cada día que pasa, me siento más como un católico y, ¡razono más como un protestante!” El fundador más activo de los dos que crearon AA, estuvo a punto de convertirse al catolicismo, hizo los Ejercicios Espirituales de Encierro de los sacerdotes Jesuitas. Su mentor fue el cardenal Fulton J. Sheen.

En la casa de ejercicios para las Reflexiones Ignacianas de Encierro de las Congregaciones Marianas de la Sagrada Familia, los sacerdotes Jesuitas me confirmaron que la experiencia espiritual de los alcohólicos es una copia de los ejercicios de San Ignacio, pero en laico. Para mí, hay muchas diferencias entre unos y otros:

Con los padres siempre supe dónde estaba: los grupos de avance hacen todo lo posible por que uno no lo sepa y, ¡ay de aquel que se atreva a preguntar! Se viaja de noche a la hacienda; no se permite, en el autobús, ocupar asientos desde los que pueda verse el camino y los escribientes son persuadidos verbalmente de que vayan ensimismados; de ese modo, nadie siente el impulso de ver a través de la ventanilla por qué lugares transita el camión: “Desde orita vayan metiéndose en su pedo, la experiencia espiritual ya comenzó y es un trabajo fuerte, fino y delicado”. Gastarían menos tiempo y saliva si llevaran al escribiente en una julia.

Los jesuitas no hablan con groserías; los AA sí, y dicen que eso es sinceridad. Lo que resulta molesto, es que sus palabrotas no tienen la carga emocional que les corresponde, ni están dirigidas. Gritan sus historias a lo bobo, como si fuera el pregón de un ambulante, y no se ve que de verdad les conmueva decir que son alcohólicos, sino que más bien se ufanan y ostentan, además drogadicción, como si fueran sus aptitudes. A mí, hasta pena me daba subir a la tribuna a decir que con trabajos estoy loca, ¡me sentía como un insecto en medio de tanta pinche celebridad, hijo de su puta madre!

Los jesuitas no me quitaron dinero, llaves ni documentos de identidad; en el grupo de avance es lo primero que hacen al llegar a la hacienda, ¡quién  sabe por qué me acordaría del ingreso de Ana Frank  a Bergen Belsen!

La tal hacienda, no es más que un conjunto de barracas con techo y paredes de láminas y piso de tierra. No hay electricidad, ni agua, ni sanitarios bien puestos. Nos pidieron que lleváramos lámparas de pilas, de las que fuimos despojados al momento de entrar a ocupar nuestras mesas, que tenían papel, plumas, y una vela disponible. Los padrinos nos acompañaban hasta al retrete y sus desgarradoras historias eran claros mensajes de que tienen experiencia en cuestiones que impliquen violencia; algunos han pisado la cárcel, hay buena organización entre ellos; quien se les ponga, hasta ahí llegó. Le dictaban a uno las preguntas, desfilaban como leones enjaulados vociferando sus penas, que algunas vez fueron rollos verdaderos pero en ese momento se oían acartonados, falsos y resobados, dicho todo de memoria, con el fin de arrullar, o arrollar, o intimidar la intimidad.

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Salí de mi sopor cuando fingieron un pleito y nos avisaban que permaneceríamos un día más de lo acordado. Ya era la noche del sábado. Llevábamos más de 24 horas sin dormir y con sólo dos tortas y dos refrescos por toda comida del día, estábamos extenuados. Uno de los compañeros se atrevió a externar su angustia: tenía que presentarse en su trabajo.

-Ah, ahora ya trabajas, ¡hijo de tu pinche madre!

-Acabo de entrar, no quiero perder mi chamba…

-Pues entonces, ¡sácate a chingar a tu madre de aquí! ¡Ándale! Qué, ¿no quieres terminar lo que empezaste? ¡Nomás para eso me gustabas, pinche putito! ¡Orale, ya! ¡A la chingada de aquí! ¿Quién más quiere irse?

Estaba helada. No perdí detalle de cómo los trataban a él y otros dos compañeros que dijeron que también preferían irse. Me interesaba saber si les devolverían al menos sus documentos de identidad, ¡el dinero! Ya los veía caminando por la carretera a San Gregorio Cuauhtzingo a esas deshoras de la madrugada.

Después de la trifulca, acertó a pasar por ahí un perro y le pregunté: “Padrino, ¿podría traerme una vela por favor?” Todos se rieron de mi ocurrencia, y nos sentimos mejor, ¡pero qué reducida progenitora! Orillaron a la mitad de nosotros a tomar una resolución de angustia, y cuando vieron que los compañeros estaban decididos a irse, resultó que todo era broma. De veras, me hubiera gustado ser una espía de Derechos Humanos. Estaría bien que les llegara un operativo sorpresa, en donde todos los escribientes resultaran ser de la Procuraduría de Justicia y que se encontraran con la novedad de que fueron rastreados, y que está la hacienda rodeada, ¡a ver si no se acababan esos grupitos! Aunque la gente vaya de manera voluntaria, si preguntar dónde estamos o qué hora es, se convierte en motivo para dar la guerra, hay privación ilegal de la libertad, o que me desmienta cualquier abogado; la tortura psicológica es obvia. Además, no hay privacidad para hacer necesidades, ni comida suficiente, ni lo dejan a uno dormir, ¿quieren más? Para mí, lo que estas personas buscan, es el suplente de una farra.

hacienda

Al recibir de mi padrino el auxilio espiritual que me podía haber brindado cualquier locatario del Mercado de Sonora, llegué a la conclusión de que los grupos de avance son más bien de retroceso, y lo más importante: mi escritura, la que realicé allá en la casa de Ejercicios, me la traje. En el grupo de avance le dicen a uno que la escritura se quema, porque todo eso es la basura que Dios nos ayuda a sacar, pero yo me sentí obligada a quemarla; lo acepté porque así  son allí las reglas del juego y el tratamiento de reo que recibí no fue para menos; una va avisada desde las juntas preliminares que la escritura es para quemarla. Aún así lo lamenté y una forma de rebelarme fue anotar en el papel sanitario las preguntas sobre las que versó el trabajo de esas dos noches con sus días sin dormir, la vigilancia es estrecha y fue una suerte que ningún padrino se diera cuenta de lo que hice. Gracias a eso y a Dios, desde luego, estoy aquí escribiendo, todavía.

Dicen las malas lenguas, que hay grupos en donde no les dan un pan, ni agua. De cualquier forma, la experiencia fue una trepanación que a nadie le recomiendo, excepto a Irma y a su mamá, con toda cordialidad.

A los padres Jesuitas les pagué $200.00 pesos por un fin de semana, lo mismo que duró y costó la experiencia del cuarto y quinto paso, y en el convento hubo tiempo de comer, dormir, bañarse y ponerse ropa limpia para poder meditar en las cosas de Dios.

De acuerdo con el Papa Juan XXIII, Alcohólicos Anónimos es el movimiento espiritual más importante del siglo XX pero, en lo personal, encuentro muy cuestionable la dicha espiritualidad. En la Central de Servicios Generales AA se deslindan de los grupos de 24 horas, que son los anexos, y de los grupos de avance; de los de puerta cerrada, ¡mejor ni hablar, no los conocen! Pero el día que fui a comprar literatura, en cuanto supieron que estuve en la hacienda, recibí tratamiento de madrina y un descuento adicional. En esas oficinas sostienen que los grupos de hora y media son los únicos depositarios del programa de recuperación, pero si reconocen la labor que se haya desempeñado en el grupo de avance, ¿en qué quedamos? Si los dirigentes de la Central de Servicios fueran gente sana, podría pensarse en doble moral; pero son personas que han subido de teporochos a ejecutivos, e igual que Arturbio, dicen una cosa, piensan otra, y hacen otra. En AA consideran que hay tantas formas de seguir el programa, como personas participantes, y el resultado, es una institución que reproduce y recrudece el malestar del que pretende ser paliativo.

Los alcohólicos, a donde quiera que llegan quieren ser el bebé del bautizo porque se sienten la quinceañera de la fiesta; muy pocos son capaces de admitir que si están destacando, es porque son el muerto del velorio. Ernesto P. comentó que la proliferación de los grupos de avance es consecuencia de que muchos compañeros abrigan resentimientos hacia la sociedad y se sienten con fueros para poner su templete.

No lo hurtan, lo heredan. Bill W encontró su recuperación asistiendo  a las juntas del Grupo Oxford. Al sentir los beneficios del trato con Frank Buckman y seguidores, pasó a resultar que el evangelismo era agresivo, que había formas de coerción, directas e indirectas, que no deben haberle disgustado mucho, desde el momento en que se perpetúan a través de los grupos de avance.

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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana VII (Hermano de mi corazón)

Vestido era una obsidiana.

Desnudo, un chalchihuitzin de hielo

que no podía brillar más.

 

Esfinge desmoronada,

quería lamerse las llagas

con lengüetazos de alcohol.

 

Es así como puedo describir a Nachtoyollotzin Arturo. El día que le puse ese apodo náhuatl que quiere decir “hermano de mi corazón”, me dí cuenta de que veía en él a Alejandro, y comprendí por qué me sobrecogieron aquellos cinco segundos de auténtica desesperación reflejada en todo su cuerpo. La inermidad que mostró por no poder controlarse era impresionante, me había hablado de un ex compañero de la universidad, cuyo trato perdió porque “cada vez que salíamos, me emborrachaba, y es que no sé, no lo puedo parar”. ¡Sí que debió dolerle perder a ese amigo!

Siempre vestía de negro, según él para no verse sucio. En su trato, era a veces tan frío, que sentía navajitas finas traspasándome la piel; hasta me dolía que soplara el viento cuando estábamos juntos.

Desde el principio, se mostró turbio y si alguna vez he violado algo, ha sido su hermetismo; y a mucha honra. Con él no había franqueza que valiera. La primera vez que salimos, le pregunté si no quería enterarse de cómo había sido con otros hombres y por qué se acabó lo último que tuve. Hoy comprendo que si no quiso saber, no fue por magnánimo; al investigar lo mío, hubiera tenido que darme igual chance respecto a lo suyo, ¡y si ocultaba lo de Irma! ¡Si no quería decirme dónde vive! Su actitud me sofocaba al grado de que fue imposible seguir las indicaciones de Dora Luz, quien me puso de ejemplo a la Virgen María, silenciosa en su nicho, ostentoso su poder.

hermetismo

Creo que me hubiera muerto de asfixia si no investigaba por qué me sucedía aquello, pero investigar de veras, no quedarme nada más en el puro lamento. Ojalá haya logrado ese objetivo.

En nuestra primera cita, Arturo y yo tuvimos relaciones sexuales y me propuso que viviéramos juntos, que estaríamos una temporada amontonados en mi casa para después irnos a un departamento, propiedad de su padre, ubicado a cuadra y media. El lugar existe, es la casa en donde mi dolor de cabeza pasó su infancia. Todavía vive allí uno de sus hermanos.

De acuerdo con el plan arturbiano, una vez instalados en ese departamento, Nachtoyollotzin llevaría otras parejas y yo también, si lo deseaba, podría llevar a otros hombres. Mi primera reacción fue reírme y decirle que estaba bien, que si quería, nos hablábamos por teléfono y quedábamos de vernos en la sala.

Situaciones así de complicadas, las viví como hija de familia, y al ver a mamá que peleaba y salía perdiendo, aprendí que desgasta menos un cojincito de insinceridad: cuando algo no me gusta o no me conviene, suelo otorgar callando;  no opino ni pongo objeción, pero tampoco emprendo acciones que se encaminen a la realización del proyecto.

Arturo quiso darme dinero para que arreglara mi casa y fue la única vez que le he plantado, para beneplácito de Irma, que de inmediato procedió a consolarlo y hacerle ver que yo no le convenía.

Nachtoyollotzin se resintió porque le dije, así, a bocajarro, que en mi casa no cabíamos los dos y también le dolió lo de quedar de vernos en la sala cuando viviéramos juntos. Lo que buscaba en mí, era una mujer que se dejara humillar hasta el punto de solaparle que tuviera otras mujeres; que a la mañana siguiente, se ocupara de limpiar vomitadas, preparar chilaquiles p’a la cruda, lavar los trastos y echar a la basura las botellas vacías; una mujer que pusiera la casa presentable p’a la siguiente pachanga y que además, saliera a trabajar para que no faltara la comida. ¡Una gran mujer, claro! ¡Porque puedo hacer  chuntata en la guitarra, y eso indicaba música viva p’a los cuates! ¡Por supuesto que estaba ilusionado conmigo! ¿Qué otra cosa puede ilusionar a un borracho, si no es su borrachera?

borrachera

A pesar de sus esfuerzos por ocultarme cosas, logré saber que dos de sus hermanos se avergüenzan de él, que su tío Pedro es quien lo salva de quedarse tirado en la calle porque ya no tiene casa; pero lo que más debe arderle, es que pude hacer lo único inteligente que estuvo a mi alcance: negarme a que viviera en mi casa.

Los dos somos universitarios y dejamos truncas nuestras carreras; los dos fuimos la oveja negra de la familia; los dos nos hicimos rebeldes y soberbios a consecuencia del trato que recibimos, pero todas estas similitudes no nos hacían gemelos: por desgracia, lo único que teníamos en común es que somos náufragos, y mi pecado fue querer mostrarle una brújula. Se la dí en forma de copia del mamotreto llamado diario, porque sé que algún día va a tocar fondo y entonces contemplará la ruta que seguí. Ojalá le sirva leerlo, como a mí me sirvió escribir.

Llegó a decirme que mis cartas le hacían el efecto de una bofetada, y es que las dichas misivas, ¡fueron misiles! Uno de ellos, hasta con bala expansiva. Iniciaba así: “De este documento me serví para dar con tu padre”, y tenía anexada su acta de nacimiento. Eso, y decirle a uno de sus familiares que no lo negara, que no era perro, fue lo más bronco que le pude hacer. Me lo echó en cara.

tipos de balas

Cuando conocí a Nachtoyollotzin, pensé que era actor; hay muchos que trabajan de meseros o de taxistas mientras les llega “la gran oportunidad”. La primera condición para que una caiga en estos garlitos, es irse con las fintas. También fingiendo se gana. Lo que me fascinó de Arturo, fue creer que era un actor; afortunadamente, Dios vino en mi auxilio y le pregunté, desde luego al Arturbio, qué había estudiado. Cuando me dijo que Administración de Empresas, sentí feo resquebrajar mi ilusión, pero acepté la realidad; él no es actor y si se mostraba exagerado y extrovertido era porque estaba tomando y echando relajo.

2003 ha sido el año más infeliz de mi vida, pero también el más aleccionador. Transcurría el mes de Agosto, el cumpleaños de Arturo se acercaba y era una excelente oportunidad para romper la superstición de que regalarle al novio un tejido es de mala suerte. Lo extrañaba tanto que llegué a pensar que moriría de tristeza y me consolé  mirando cómo tomaba forma la prenda que tenía en mente. Imaginar a Nachtoyollotzin con el chaleco puesto, fue mi manera de recrear su cuerpo, de tocarlo, de estar cerca de él. No tenía miedo de la mala suerte porque llevaba todo lo que iba del año navegando entre el desconcierto, la desesperación, el enojo, una raya más al tigre, ni se le echaba de ver, quién quitaba y hacía una suma algebraica: menos y menos da más. ¡Nunca di una en matemáticas! ¡Por eso estuve a punto de quedarme en preparatoria!

A veces, mi querido borrachín hablaba por teléfono en la madrugada y se escuchaba que tenía música a todo volumen. Sus llamadas eran embestidas de rinoceronte, en especial cuando quería que nos viéramos. Una vez me negué y se enojó tanto que me dijo, como si fuera una gracia, que había empezado a ingerir perfumes, que no sabían mal. Le recomendé que brindara con lavanda añeja a mi salud y después de colgar, imaginé un apodo tras otro, buscando a toda costa reírme de él por ruidoceronte, lagartijo, huevosaurio, pedodáctilo, abominable hombre de las cheves. De todas formas, lloré. Quería conmigo al semejante alebrije y, como regalo por su onomástico le mandé unos versos además del chaleco.

 

ES UN PEKINES.

Pose Arturbio Ladilla Jerez,

gruñe y ladra como un gran danés;

y cuando se le va lo borracho,

nomás se arrincona como un pekinés.

 

Con modales de gran avestruz

él vigila su reputación:

la cabeza en un hoyo metida,

y desprotegida la parte de atrás.

 

Tiene facha de que es muy cortés,

ques que juega muy bien ajedrez

y prefiere irse a las maquinitas,

dice que la gente le da por detrás.

 

Es un chulo de gran rigidez

que lo mira todito al revés

y se siente perfecto, impecable,

se cree con derecho  de ser nuestro juez.

 

El flechazo con el pekinés,

fue una tarde, eran como las tres.

Por haberle mentado la madre,

caí entre sus brazos sin ver su embriaguez.

 

No hay más cera que la que arde aquí

nos lo dice muy claro el refrán,

y ahí andamos, todas las mujeres,

cargando con culpas de un tipo mendaz.

 

Pose Arturbio Ladilla Jerez,

gruñe y ladra como un gran danés;

y no quiere perder lo borracho

porque se da cuenta que es un pekinés.

 

Regresó y me dio tanto gusto, que casi no puse atención a la lista de reclamaciones: lo había asediado, me quería dejar pero no se lo permitía, no pensaba en un futuro a mi lado, y p’a pronto, a su poema le habían faltado dos estrofas; además, el chaleco le quedó grande y mejor lo regaló.

-Tú no eres lo que busco.

-Podré no ser lo que buscas, pero soy lo que mereces.

-¿Qué? ¡Ja! ¡Yo merezco más! ¡Mucho más!

-¡Ah, no, sí, mi vida, las hay peores! ¡Ándale! ¡Salte! ¡Corre a buscarlas! ¡Ándale! ¡Ya! ¡Vístete y vete!

No recibí reproches acerca de los recados del señor Molina. Viéndolo bien, había sido una falta gravísima, ¡lo llevé de la manita con un brujo!

En lugar de reparar la afrenta a mi ego por tan terrible omisión, el mamut sin lana fue a barritar con Irma y César que habíamos regresado, como si les importara, como si fueran sus amigos. El tiene miedo de amar, y mientras siga necesitando que la mujer tenga la culpa, ni va a poder querer a nadie, ni se va a desprender.

Todo el tiempo que invertí en la relación fue tortuoso, y de no ser por mi diario, hubiera sido, además, tiempo perdido. Arturo jugó al gato y al ratón y ha resultado el gran perdedor: Irma está casada con César; yo tengo un libro y un conocimiento de la vida que ya lo quisiera él. Aunque lo acepten otras mujeres, siempre se va a comportar como el perro de las dos tortas. Lo último que supe, es que ya le quitaron el taxi y anda ahí, de ayudante de plomero.

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Hoy resuenan en mi mente las palabras de un AA que fueron hierro al rojo vivo:

-Mire, señora, no se ande por las ramas: los alcohólicos no queremos a nadie, no sabemos amar, ni nos interesa una relación de pareja, ¡buscamos gente pazguata que nos solape nuestras chingaderas! El día que las mujeres entiendan eso, van a dejar de sufrir.

-Y de aceptarlos.

-¡Ah, no se crea! ¡Las pendejas nunca se acaban! ¡Con nosotros no hay mas que chupando, sirviendo o prestando!

Aquel padrino me cayó en gracia cuando subió a la tribuna. Era un hombre joven, con cuerpo de oficio y artificio. Había cambiado tugurio por gimnasio y puede ser que también alcohol por esteroides, se comportaba como asteroide. Era la caricatura de un campeón de físico culturismo mientras decía su nombre, “… y soy un enfermo alcohólico”. Adriana pensó en voz alta: “Ahí tienes a tu Arturbio, cuando milite en AA”. Agriana sintió un duchazo de agua helada, pero pudo reflexionar:

-Bueno, yo no soy ninguna Deyanira. No necesito a mi lado un Hércules, y menos de pacotilla.

-¿Te estás dando cuenta en qué ser tan antipático se va a convertir?

-Sí.

-¿Insistes aún en recomendarle AA?

Mi pequeña Agriturbia hizo una pausa, se le llenaron los ojos de lágrimas y respondió: “Sí, le va a ir mejor siendo eso, que siendo lo que es hoy.”

tribuna

Arturo ya no está presente, pero creo que no he tenido el valor de decirle “adiós”. De vez en cuando hay mensajes suyos en mi contestadora y los borro; ya no pongo el entusiasmo de antes en oírlos, pero si llega a telefonear cuando estoy, paso buen tiempo hablando con él. La última vez que conversamos fue chusca, pero me asombra lo que hice. Al contestarle, dijo que no quería hablar conmigo, que su intención era dejar un saludo en mi buzón de voz.

-¡Ah, qué falta de confianza! ¡Ahorita cuelgo y vuelves a marcar!

-¡No, no, no! ¡Adi! ¡Adi! ¡No seas fea!

-Oye, mijo, si no es cuestión de fealdad; al cliente, lo que pida.

Colgué. Y desconecté con el propósito de no ser interrumpida mientras dormía a pierna suelta; a la mañana siguiente, no encontré ningún recado. Es probable que ni siquiera haya vuelto a llamar, ¡y pensar que es el mismo hombre que saturó mi grabadora alguna vez! No hubo groserías ni llanto, no le hablé golpeado, tampoco me arrepentí. Creo que el cariño, o como se llame lo que todavía siento, terminará por desaparecer a la larga, el chiste es paciencia y no cejar. También es asunto de honradez: yo sí tomé mi oportunidad, y no puedo ser indiferente al hecho de que él no haya tomado la suya. Lo habré perdonado, cuando deje de ser en mi corazón Nachtoyollotzin, para pasar a ser, llanamente, nachtoyollotl.

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Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana VI (La escurridiza verdad)

“El ejercicio de poder sobre la gente con el fin de dañarla parece tener dos fuentes básicas. La primera es la escasez. (…) La segunda (…) es algo que se usa como una defensa contra las acusaciones de indignidad que surgen del interior de uno mismo, o también del exterior.”

Claude Steiner.

¿Qué papel juega la sexualidad en las cosas espirituales? ¿De verdad un brujo tiene poder para quitar maleficios o beneficios recibidos en la infancia? Buscar estas respuestas se había vuelto tan apasionante como la idea de atraer al evasivo Don Arturbio y la escurridiza verdad, se anunciaba en el consultorio de mi psicóloga, o hacía brillar alguna lucecita en el altar del señor Molina, pero no acababa de salir.

Cuando el señor “Gurú” me dijo que se necesitaban sesenta y tres veladoras por Arturo y sesenta y tres por mí para iniciar los trabajos de rompimiento del hechizo que nos impedía querernos, salí a buscar una banca de jardín. En la comodidad del kiosco de Huipulco, multipliqué ciento veintiséis por veinticinco, lo cual arrojó la cantidad de tres mil ciento cincuenta. A pesar de que hay veladoras que cuestan menos de veinticinco pesos, no tenía opción de comprar a otro precio. Para el estimado brujo, las veladoras que funcionaban eran las recomendadas por él. Tres mil ciento cincuenta pesos era mucho dinero, sin embargo, tenía miedo de acabar peleada con mi chamán favorito y me dolía comenzar el duelo por la pérdida del galán.

Me entregué de lleno a comprar las dichas veladoras, pero, como no podía entregarle el dinero de sopetón, me sugirió que le llevara poco a poco y que fuera haciendo mi cuenta. Se me ocurrió observar sus reacciones; su forma de agarrar billetes y monedas. La primera entrega, fue de cuatrocientos pesos, que respetuosamente, se guardó en la bolsa, casi diría, con veneración. Luego dí ciento sesenta, luego cien, después ochenta, pero un día sólo pude llevar cincuenta. Cinco monedas de diez pesos que aventó en un canasto como si fueran basura. Y ese era el desapego material del que tanto blasonaba. Ahí estaba una muestra de su alto nivel espiritual.

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Ya iban setecientos noventa pesos; quedaban dos mil trescientos sesenta. Creo que debió darse cuenta de que lo observaba, porque se volvió más discreto en sus modales al recibir mis dádivas. Me ausenté un tiempo, aquí empecé a sentir el impulso de alejarme, de romper el lazo de dependencia que ya duraba más de diez años.

Llegué en Agosto del 2003 con doscientos sesenta pesos, luego llevé ciento sesenta, a fin de mes, ciento cuarenta, y dos entregas más de cien y sesenta pesos respectivamente. Iban ya mil quinientos diez. El no dejaba de hacer mención de mis poderes, de la misión que traigo, y yo no acababa de tener claro si estaba siendo invitada por un masón a la masonería, ni a honras de qué; a fin de cuentas, no era más que una necia solitaria que estaba ahí, regalando su dinero por aferrarse a cosas que no estaban dentro de la realidad.

La vida es un ministeriote público, porque nada más con dinero se arreglan las cosas. Lo barato sale caro, decían mi madre y mi abuela. Si no hubiera tenido cien pesos cada semana para pagar mis sesiones con Dora Luz y Mireya, ¿de dónde habría tomado la iniciativa de investigar esa parte oscura que me hacía creerme bruja? Si no hubiera tenido dos mil quinientos pesos, que fue  en total lo que recibió el señor Molina, ¿hubiera tenido manera de crear mi diario, herramienta valiosísima, para saber mis porqués?

Me faltaban seiscientos cincuenta pesos para completar la cantidad que me había pedido el señor “Gurú” y decidí que no volvería más, pero esas seiscientas cincuenta monedas de a peso me estaban haciendo un ruido infernal. Revisé las cinco opciones que tenía:

  1. Dárselas sin decir nada, ni volver a pasar por su triángulo de fuego.
  2. Mandárselas en un giro telegráfico.
  3. Llevarlas mejor de limosna a una iglesia.
  4. Gastarlas en mí.
  5. Olvidarme por completo de ganarlas, ni para él ni para mí, después de todo, el señor estaba, pero más que bien pagado.

¿En qué es mejor creer? ¿En la brujería? ¿En Dios? El que pierde la fé se vuelve crédulo, ¿me estaba sucediendo eso? ¿Era niña cuando empecé a creer? ¿Cuándo supe que no debía creer para poder defenderme? ¿Y de qué?

ateísmo

El señor Molina me decía que no hiciera preguntas. En una de las jornadas en el templo, tuve mi primer trance. Así nada más, sin ser médium, Arturo tomó posesión de mi cuerpo –no entiendo cómo-  y dijo que quería ser salvado por mí. Ese día llegué al templo angustiada. No había podido dormir y hasta se me olvidó desayunar. Hice una concentración antes de ponerme en camino y vi más colorcitos que antes. Cuando volví en mí, es decir cuando dejé de hablar sin control, dudé. Me atreví a preguntar si había manera de saber qué estaba haciendo el añorado al momento de tener ese trance, y se me respondió que en aquel instante, Nachtoyollotzin Arturo estaba ebrio y por tal motivo, se pudo desprender.

Veinte días después, tuve otro. Exactamente las mismas peticiones de la vez anterior. Como si el tal espíritu no hubiera sido escuchado y todos los brujos allí reunidos fueran funcionarios del gobierno, especialistas en hacer caso omiso. Si había médiums más receptivos que yo, ¿por qué no tomó posesión de otro cuerpo? ¿Por qué afirmaba el hermano que Arturo estaba borracho? ¿Lo había visto? Cuando se conoce la forma alcohólica de ser, el enfermo se vuelve predecible, ¡pero no hasta el punto de saber a qué hora se caerá de briago!

Si lo que estaba viendo en casa, en las concentraciones, era señal de clarividencia, se me antojó también cuestionable; es algo que todos podemos ver con un poquito de relax, de otra manera, la publicidad no podría valerse de los subliminales, dibujos ocultos en los anuncios, que tienen el propósito de ilustrar la promesa que hacen al consumidor: si fumas Camel, viajarás por el mundo y embarazarás a muchas mujeres; si tomas Calvert, tendrás una isla para ti solito; me rehusaba a pensar que era una superdotada, simplemente, me estaba dando un momento de relax.

Pero el relax es algo que no pueden darse aquellos que viven en la pobreza, y entonces, mi osadía fue castigada por una vecina, que me robó del tendedero. Este fue uno de los incidentes que me volvieron a enganchar cuando estaba a punto de desentenderme.

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Ya me había quitado antes una sábana, y no faltó quién sacara a colación esa historia de que si agarran ropa del tendedero es para hacer brujería. Creo que esta señora, además de que no tenía para comprar una sábana, quiso hacerme la maldad. Su padre me pretendió sin éxito. Ella estaba de acuerdo porque necesitaba una estúpida que se pusiera a lavar los cerros de ropa sucia que le generaban ese señor y sus hermanos, no había ninguna oferta de cariño; era un rescate, así como con Irma, que estaba en condiciones de atender nada más a un borracho, pero se atrajo a siete. Siempre hay gente que quiere que los demás se dejen pisotear; una mujer sola es más propensa a que abusen de ella porque se la percibe como un bien mostrenco.

¿Por qué pude distinguir el juego con los vecinos y no lo pude hacer en la fonda? Porque la soledad pesa, especialmente cuando hay que elegir entre un señor como el padre de mi vecina, que estuvo en la cárcel porque desarma carros robados; o un vigilante de supermercado que se cree militar de carrera; o un individuo que no especificaba su ocupación y que en el 68 trabajó del lado de los represores; para que un taxista alcoholizado resultara el mejorcito de todos, no me queda más remedio que aceptar el bajón; observar quiénes son y a qué se dedican los hombres que quieren con una, ayuda a saber qué lugar se tiene en la escala social. Ubicarse duele. Uno de mis consuelos en la vida ha sido creer que no tengo esposo, porque ni a pretendientes llego.

Un gancho muy importante de la brujería es que promete poseer la voluntad de los demás; al vecino es imposible amedrentarlo igual que a un hijo, porque no está tan abierto emocionalmente ni depende de nosotros para sobrevivir, por eso las ostentaciones: todas esas cosas de hacer  perdidiza la ropa que se pone a secar, regar sal o dejar macetitas y listoncitos en la puerta de una casa, son ostentaciones, para dar inseguridad; y aunque luchaba por no comprar el boleto, estaba angustiada:¡sí creía que a los que se divirtieron a mis costillas, se les estaba regresando el daño y daban patadas de ahogado!

Irma dejó de abrir su negocio y, desde el domingo anterior vi un revoltijo de cosas y trabajadores. Me dijeron que se estaba remodelando el lugar, entonces ella salió y me aseguró, primero, que se marchaba; después que no, que sólo iba a reducirse al local pequeño que había tenido desde el principio. Al día siguiente, se estacionó un camión de mudanzas. La señora Yolanda estaba ahí; como siempre que me veía, al saludarla volteó a ver para otro lado.

No la estaban pasando nada bien. Irma buscaba culpables, del mismo modo que antes había buscado rescatadores; por eso me pidió que ya nunca más volviera a hablar de ella.

Tanta coincidencia impulsaba a creer en fuerzas sobrenaturales al servicio de mi venganza, pero lo cierto es que los problemas se van gestando de tiempo atrás, con hechos y omisiones reales: la ex amiga redujo su negocio, porque les consintió a sus clientes masculinos que se quedaran hasta horas en que ya debería haber estado descansando; chacoteó con ellos, ¿qué más da que uno de esos enfermos sí se haya hecho su novio? El daño ella misma se lo hizo: al permitir que la desvelaran, no podía abrir temprano, ya no dedicó a su trabajo las horas acostumbradas y dejó de ganar como antes. No había suficientes entradas, no se cubrían los gastos, faltaba el dinero, echó mano de los ahorros, y de cualquier manera, perdió uno de los dos locales que tenía porque ya no lo pudo pagar.

Esto, no era necesario que ningún taumaturgo se lo deseara, pero fue suficiente para impedir que pusiera punto final a mis entrevistas con el señor Molina, pese a que el impulso de hacerlo se estaba volviendo incontrolable; pese a que me daba cuenta de que algo realmente efectivo en contra de Irma, no iba a salir del templo, pero sí podía salir de la Delegación, de la Secretaría de Salubridad, de la Procuraduría del Consumidor, o en el peor de los casos, del hampa. Me costó trabajo no perder de vista que estaba averiguando qué hay de verdad en la brujería.

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Los días que estuve en trance, al salir del templo fui al sitio donde Arturbio guarda su carro y le dejé recados, pretendidamente del señor “Gurú”, citándole para el martes o viernes que pudiera. No le dejé mayores datos, y le dije, categóricamente, que “ya había estado con nosotros” y que “sabía dónde hallarnos”.

Mi teoría era que, si había ocurrido un fenómeno paranormal, Arturo sabía cuál era el sitio en donde estaba ubicado el templo, e iría por sí  solo. En parte, me ausenté porque quería dar tiempo a que fuera; si de verdad había hablado con los hermanos y pidió ayuda, era mejor que no me viera para que se explayara con confianza; el señor Molina, sin que se lo preguntara, me diría en caso de que Nachtoyollotzin se hubiera presentado. No sucedió.

La brujería me aconsejaba lo contrario de la psicología: “No cuestione a Arturo, al menos no todavía; recíbalo como llegue, pues eso va a servirle para desarrollar paciencia y humildad.” Las palabras de la doctora Mireya fueron: “Obsérvalo, obsérvate, pesa mis palabras en la misma balanza en que pongas las acciones de él y las tuyas: es muy feo quitarle la ilusión a la gente, pero a mí me estás pagando para que te ayude a ver la realidad, y la realidad es que él te está utilizando. Si de verdad lo quieres, no lo recibas borracho. Eso no lo ayuda. Es un hombre que no está comprometido, que es egoísta. Hazte a la idea que de él no vas a obtener mas que relaciones sexuales.” Brujería y psicología… ¿en dónde estaba el punto de ensamble? ¡Esa era la clave para dejar de necesitar las dos!

Mi trabajo empezó a dar frutos: soñé que estaba en una reunión y que me topaba con una mujer muy hermosa que llevaba un vestido de esos que se estaban usando de diferentes largos; por el frente, era minifalda y por detrás, largo chanel; yo le arrancaba un pedazo y me lo empezaba a comer, allí mismo, descaradamente, sin que ella reparara en que le había desgraciado parte de su falda y que además tenía toda la intención de comerme el vestido completo, ahí, en sus narices. Al mismo tiempo, estaba a la expectativa porque nadie parecía haberse dado cuenta, nadie le avisaba ni me reclamaba nada.

El señor Molina interpretó que me estaba comiendo a la gente; me dieron ganas de decirle que soy chismosa, no caníbal.

Esa misma noche, anotaba en mi diario la jornada con Mireya, que me hizo bastantes preguntas a propósito: ¿qué edad tenía la mujer? Porque a veces la veía de treinta y a veces igual que yo. ¿Cómo era mi vida cuando tenía treinta años? ¿Qué significa un vestido para mí? Entre las respuestas que le dí, recuerdo una: un vestido debe reflejar qué me gusta y cómo me siento; ya son cuestiones aparte la clase social, qué trabajo desempeño, a qué lugares acostumbro ir, que todo eso se ve en la ropa, pero, para mí, lo más importante es qué me gusta y cómo me siento.

La profesora interpretó que esa mujer era yo misma y que me estaba arrancando pedazos de una forma de ser que ya no me satisfacía; que estaba empezando a cambiar; esperar el reclamo de la gente, quería decir que deseaba que todos se dieran cuenta de que estaba cambiando, principalmente Arturo, pero él no lo hizo, y no lo hará.

No creo que la doctora haya querido darme por mi lado; pero el señor Molina se tambaleó en su nicho, y se empezó a resquebrajar cuando Mireya coincidió conmigo en que eso de que tengo poderes, no es más que un cuento que él urdió porque no quería perder clientela. Además, para ejercer un oficio de esa índole es necesario pertenecer a alguna sociedad secreta, y la gente que pertenece a sociedades secretas, generalmente acaba mal. Si no me creen, pregúntenle a Paco Stanley.

paco stanley

Una de las formas usadas por el Señor Molina para seducir y atraerse adeptos, era criticando a los colegas, él era el mero bueno y los demás, unos pobres macuarros. Según esto, se salió de la masonería, creo que hizo como que se salió, sigue ejerciendo, para sus limpias con fuego usa el triángulo metido en el círculo, que es el emblema de AA y la estrella de David dentro de un círculo; a mí, que no me cuente. Estaba organizando su logia.

Corría Enero del 2004; la madrugada de un sábado para amanecer domingo. Soñé que estaba otra vez vestida de novia; el vestido era transparente, con polisón, como de la época de Don Porfirio y cuando me veía en el espejo con el atuendo decía “Ay, se me olvidó ponerme los forros”, uno recto, color rosa y una crinolina blanca que hacían efectos de transparencia y tornasol, en rosa y amarillo. Me miré otra vez y dije: “qué flaca estoy”, una mujer que estaba ahí, pero no la veía me confirmó: “Todas las novias adelgazan en exceso”.

Esta fue la tercera vez en toda mi vida que me soñé vestida de novia. En el último sueño, sí sabía con quién iba a ser la boda, desde luego, con Arturbio y en cuanto lo pensaba, tomé la forma de una Barbie gigante; en seguida me veía observando mi réplica, tuve la sensación de que podía quitarle y ponerme sin ningún problema el vestido que llevaba puesto, porque me iba a quedar. Lo conté en el templo.

El señor Molina me dijo una vez que cuando una se sueña vestida de novia es porque le están haciendo a una brujería y el dicho sortilegio está siendo encomendado a la “Santísima Muerte”. Ahora resultaba que no; que eso lo soñé por mi falta de fé.

Como todos los domingos, estaban allí los hermanos que entrenaba para que sean también curanderos y cuando llegué, una de las hermanas, que se dice de ella que la Virgen María se posesiona de su cuerpo para curar, estaba en trance y nos vio  a cada uno de nosotros. ¿Qué casualidad que había un mensaje para mí?  Que era libre, que nada ni nadie me obligaba a ser bruja si yo no quería.

¿Qué se siente cuando la Virgen te habla? ¿Miedo, paz, alegría? ¿Ñáñaras, cosquillas en la panza, qué? Yo no sentí que la Virgen me hablara. Lo único que puedo sentir es respeto por el hecho teatral que se lleva a cabo allí, porque, para mí, Dolores con su Cristo y Clemen con su Virgen, eran dos consumadas actrices.

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Como las imágenes en el vaso con agua, empezaron a darse uno tras otro, incidentes reveladores de que ya no había nada que hacer con el señor Molina. ¿Por qué tuve tanto interés en ese brujo? Es el empeño que uno pone en las personas, lo que hace que las relaciones se prolonguen por años.

Todavía estaba preocupada por llevarle dinero, lo cual hacía que nunca llegara los domingos a las nueve de la mañana. Un día lo pude hacer y tuve oportunidad de ver a una familia que no tenía recursos para comprar las veladoras requeridas en la solución de sus males. No sé cuántas les pedirían, pero si a mí, que soy sola me pidieron más de cien, ya me imagino a ellos, que eran tres. El padre de esa familia dijo, con toda sinceridad, “Sí nos interesa, pero no tenemos dinero. Sí le pedimos, hermano, aunque sea así, sin veladoras, pus lo que Diosito quiera componer.”

El hermano, sin alterarse, les dijo “Hay que comprarlas, porque eso es lo que le da luz a su espíritu, de a como vayan pudiendo”, ¡mis respetos por su habilidad!

Procurar que el cliente se presione a sí mismo, y que jamás llegue a sospechar que está siendo presionado por el curandero, es de las enseñanzas que se imparten en un templo de esa clase, pero nada se dice abiertamente; el que tiene ojos lo ve, y el que tiene oídos, lo oye. En esta familia también  “había una clarividente”: la niña de diez años, hija de la familia que fue a consultar.

Se me enchinó el cuero. El día que quisiera tener una confrontación respecto a mis supuestos poderes, la verdad era que Molina jamás me había buscado; yo había regresado constantemente, y en realidad, ¿por qué? ¿Buscaba  un voto de confianza? Por qué me interesó seguir yendo si ya le había dicho que, decididamente, no me iba a dedicar a ser bruja porque no creía –y sigo sin creer- en muchas cosas que se manejan allí.

No podía pensar con claridad; ante mi diario, no podía hilvanar mis ideas. Aparte de que no me quitaba de la mente el recuerdo de Arturo, en el templo sentí un mareo y un gran desasosiego. Otra vez estuve en trance y fue Irma, bueno, “su espíritu” se presentó a pedirme perdón porque me quiso matar.

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No hubo forma de averiguar qué estaba haciendo ella al momento de tener ese trance, como tampoco la tuve de esclarecer los de Arturo, lo único que sabía era que ese día de Enero del 2004, estaba igual que el día de Julio del 2003, al empezar a escribir, y era forzoso hacer un balance:

¿Había recuperado a Arturo? Además, se recupera lo que se perdió y solamente se puede perder lo que se tiene, ¿había tenido en Arturo una pareja alguna vez? Un hombre que se acercó por presionar a otra mujer, ¿se sentía atraído a mí? No. Un hombre que entrevió la posibilidad de usar mi casa para sus orgías y sus borracheras, ¿quería compartir su vida conmigo? No. Un hombre que me insultó, que me aventó culpas, que no agradeció mis regalos, ¿me quiso? No. Un hombre que engrandeció mis defectos y me hizo sentir basura, ¿me aceptó? ¡No! ¡Por supuesto que no! ¡La brujería no ayuda a ver la realidad!

El pensamiento mágico es intuición; alguna vez me dijo eso Dora Luz. ¿Qué es lo que estuve intuyendo? ¿Que Arturo sí me llegó a querer?  Puede ser que detrás de esa máscara de ignominia haya habido amor; pero estuvo tan escondido y, ¡es tan dura la muralla! ¡Santo y santo que estuve golpeando y ni una grieta le pude hacer!  La barrera que pone un borracho, es más fuerte que el muro de Jericó, y ni hablar; ellos la construyen, solamente ellos la pueden quitar, bueno, a los que no les pasa lo que al aprendiz de brujo…

Era difícil renunciar a las adulaciones del señor Molina. Todos nos sentimos halagados con las adulaciones, pero el que adula, tarde o temprano insulta. La adulación es un juego y como tal, exige un ajuste de cuentas. ¡No encontraba la respuesta! ¿Por qué me interesó mantener la relación con el señor Molina? ¿La fantasía de ser la alumna predilecta? ¿La más inteligente? ¿La superdotada? ¡La consentida! Detrás del señor “Gurú”  estuvo escondida mi madre, el ser que me dio la vida, quien primero me reconoció inteligencia y quien más me ha humillado. Me quiso dar su profesión, quiso que yo fuera odontóloga. Por sistema rechacé lo que viniera de ella, fuera tóxico o nutriente, al grado de no saber ni qué despreciaba; con el señor Molina no estaba segura de qué era lo que iba a aceptar, ni si debía dejarlo.

A mi madre le llegué a decir que es una castradora zoo cializada, así, con z y doble o, porque destruye bocas con el pretexto de curarlas, porque no tiene ética, ni para el trabajo, ni para la vida, ¿en qué se parece un hechicero a una loca?

Prepararme para ser bruja, era como volver a esos años con mamá. Dedicarse a la brujería es vivir del infantilismo de los demás y dar rienda suelta a niñerías de uno mismo, o hacer como que nos desbocamos. Es vivir en una constante contradicción; la gente que asume el oficio acaba sintiéndose perseguida, a veces, lo llega a ser. No todos los incautos reaccionan como yo, que mejor me puse a escribir mi librito. Al señor Molina lo quiso matar una ex consultante; se salvó, porque esta señora fue a comprar dulces a la ferretería, es decir, contrató a otro brujo, en lugar de contratar a un gatillero.

Esa confidencia que me hizo el hermano, fue en realidad otra cátedra, pero de múltiples mensajes: me presumía su poder, me advertía que sería inútil intentar algo contra él, que mientras no tuviéramos ningún disgusto la vida me iba a sonreír, pero, sobre todo, me enseñó qué grados de culpabilidad puede experimentar la gente en manos de estas personas. La mujer, bañada en llanto, fue a confesarle su falta.

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No sé qué tan injusto sea, pero el hecho es que tiene uno que arriesgarse para  adquirir determinados conocimientos. Nadie me iba a andar diciendo así, tan fácil, que para un brujo, las cosas nunca deben ser llamadas por su nombre, porque, en esencia, el oficio consiste en alentar a la gente a que construya castillos en el aire, sin adquirir compromiso alguno. Por ejemplo, si la unidad monetaria  se llamaba “veladora”,  podía evitar las acusaciones por fraude, ¡como estar en otro país, con otra moneda,  y otra forma de vivir!

Nadie tuvo los alcances ni la disposición para ayudarme a ver que detrás de los hechiceros que consultara en la vida, estarían escondidos mis familiares significativos, y mientras no lo entendiera, seguiría amarrada a changarros como el de Don “Gurú”.

Ni aún mis terapeutas, fueron para hacerme tomar conciencia de que crecí en un ambiente donde los adultos se rodearon de misterio; me obligaron a preguntar después de machacarme –esto es literal, porque me golpearon- que no tenía edad ni era capaz de entender “ciertas cosas”; a mis hermanos y a mí nos sembraron dudas acerca de nuestras percepciones e identidades, ¿qué de criticable tenía que haya aprovechado lo único que pude hallar?

La profesora Mireya me dijo, en tono de burla, que no era lógico investigar si los tiburones muerden, metiéndose al banco de escualos; pero, ¿tuve de otra? Si había una opción diferente, quién sabe cuál era, porque ni ella me la brindó.

Para el señor Molina, mis trances fueron verdaderos, pero atraje fuerzas negativas. En ese caso, pregunto: ¿cuál iba a ser la utilidad o el bien que haría a la gente, como bruja que atraiga cosas negativas? ¿En qué voy a ayudar a nadie si resulto una histérica que se limita a exhibirse en “trance” para sacar sus frustraciones y fantasías? ¡Carajo! ¿Ya ni siquiera actriz voy a ser? Para andar haciendo teatro, definitivamente, estoy mejor en los microbuses, divirtiendo a los usuarios con mis muñecos de ventriloquía.

Por motivarme a que siguiera sus enseñanzas, el señor “Gurú” me habló mal del doctor Jorge, de que “cayó de lo espiritual”, mencionó también a Yadira, otra chava que conocí en la primera consulta que le hice, que también “descendió”, y ya era su “última encarnación en este plano” . El sacrilegio de ella había sido reconvenirle: “Usted ya no tiene que decirme nada”, no me contó qué sucedió antes, pero por bueno y poderoso que fuera en cuestiones de brujería, era posible que Yadira y el Dr. Jorge tuvieran un motivo legítimo para enojarse con él.

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Esas historias me remitían sin saber, al tiempo en que mamá se quejaba de lo mal hijos que eran mis hermanos. Me acuerdo que escuchaba los regaños y me hacía fantasías de que la salvaba, que era la mejor de los tres, que ganaba la competencia por el cariño de mamá, ¡vaya trofeo!

Cuando el señor Molina me platicó de la “caída” de Yadira y el Dr. Jorge, me empecé a sentir como con mi madre, ellos habían perdido la contienda y solamente quedaba yo. Una vez más, la mentira del hijo predilecto, porque eso es una mentira. No puedo perdonarle a mamá que haya dicho que me quería más que a ninguno de sus hijos; eso fue una intriga que sirvió para que mis hermanos me tuvieran envidia y nunca me aceptaran.

La temporada en que tuve que estar yendo a la delegación porque se metieron a robar a mi casa, escuché que algunos judiciales le hacen a la brujería para obtener confesiones y así agarrar delincuentes. No creo que esto sea tan disparatado,  ¿a quién  más le puede interesar que haya dudas, misterio y cosas sin resolver? Los que deben, temen. El señor Molina fue judicial.

Salí del templo y fui directo a la casa de Chucho Gómez, a preguntar por el Dr. Jorge. Chuchito había muerto, pero vive ahí todavía Miguel Angel, quien me dijo, nada más, que su hermano el doctor vive en Chalco. Pude localizarlo. La “caída” a la que se refirió el señor Molina, estribó en que se dio cuenta de que hay engaño hacia la gente; tuvo que irse, porque empezaron a echarle la culpa de todo lo malo que descubrió.

La brujería funciona como las empresas fantasma que prometen que va uno a ganar el oro y el moro contestando el teléfono, o los negocios de ventas que le sueltan a todo mundo el rollo de que los que están ahí en ese momento son seres predestinados, y van a emprender grandes cosas; piden dinero y lo reciben de mucha gente entusiasmada a la cual le han levantado el ánimo. Cuando alguien de ellos se llega a dar cuenta de la estafa, es demasiado tarde. Estas empresas también son expertas en el arte de lavarse las manos y los verdaderos dueños no son conocidos por nadie, ni siquiera en fotografía.

El señor Molina dijo que estaba fuera de la masonería; entonces di por sentado que, si aceptaba ser bruja, no iba a pertenecer al grupo de los masones, pero entonces, ¿a cuál? ¿Al espiritismo?  ¿A la teosofía? ¿Al gnosticismo? ¿A lo rosacruz? ¿De qué cadena es eslabón el señor Molina? Puede ser que ni él mismo lo sepa. Las verdaderas élites de la masonería por eso son élites, porque no admiten a cualquiera. De hecho, las altas esferas oligarcas constantemente inventan sociedades secretas; para fingir que comparten su poder. Lo peor que puede pasarle a una persona, es meterse en algo sin saber a qué se compromete ni de qué va a formar parte.

Veo, oigo y escribo, fue mi pauta en esta aventura exotérica, porque quise exonerar lo histérica y usé recursos exóticos. Sólo el tiempo dirá si lo pude conseguir.

La cuarta vez que estuve en trance, fue la última con el señor “Gurú”. Llegué al templo con miedo no sabía de qué, hacía mucho que no experimentaba ese caos emocional; de hecho, desde que besé  por primera vez a mi adorado sapo arturbiano, comencé a revivir amarguras y a cometer desatinos que tenía por superados. Lo que para mí era señal de que estaba cayendo en un hoyo, para el señor Molina era el camino acertado para llegar a Dios. El beneficio de un hechicero, siempre será contrario al beneficio de sus creyentes.

En ese último trance, “estuvieron presentes” Arturo y su tío. Uno decía “sálvame” y el otro, hecho un demonio, “yo lo impediré”. Agriana, por fortuna, ya no se sentía tan a gusto jugando ese juego, y pudo escuchar a Adriana que le decía: “Corazón, eso es algo que ya sabes; lo detectamos juntas, vámonos.” Opté por ser diplomática y usar el dinero de pretexto: me dedicaría en cuerpo y alma a conseguir los seiscientos cincuenta pesos que faltaban, y regresaría al templo cuando estuvieran completos.

-Espero en Dios, -le dije- que en esta temporada, pueda tener una confirmación de que esos trances fueron auténticos; porque, hermano, creo que no fue así.

Hasta la fecha, sigo esperando esa confirmación, y el señor “Gurú”, ¡seguramente sigue temiendo que seiscientos cincuenta burros le pisen los talones!

burros

 

 

Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana V (Mensajes brujos)

“La posesión diabólica de otros tiempos, o nuestro concepto actual de ella podría ser el resultado de esa especie de solución de continuidad en el proceso de integración de una persona, la que recibe una instrucción y educación paradójica, absurda, extravagante, de mensajes dobles y hasta triples que provoca la lucha entre dos tipos de conciencia, una autoritaria impuesta, la otra humanística, espontánea, elegida en lo posible y manifestación de lo íntimo y prístina.”

Aniceto Aramoni.

Algunas normas que nos inculcan durante la infancia, son como un conjuro; como los dones o maleficios que las hadas y las brujas ofrecían a la Bella Durmiente. “No eres rica, hija, eres pobre”, fue un conjuro de tal naturaleza, que me dejó, como a otros adultos en mi caso, sintonizada para captar del entorno los mensajes brujos que más se ajustan a lo que recibí, con lo que integré mi concepto de buen camino, hasta que descubrí que toda la vida fui de buey al matadero, porque desde la más tierna edad obedecí la orden de ir siempre de buey al matadero.

“Eres inteligente, pero no quiero que pienses”, “Ten dignidad, pero no dinero”, “Pregunta, pero no esperes que te respondan”, eran consignas que pululaban en el aire, que enrarecían la atmósfera más que cualquier contaminante. Si se pudiera medir en imecas hasta qué punto llegamos a creer que no merecemos las cosas, probablemente se tronaría el aparatejo ese.

¿Qué pasaría si con un alcoholímetro también pudiera medirse el revanchismo? Además de vivir todo el tiempo bajo un programa de contingencia ambiental, llevaríamos una placa que dijera “HOY NO CIRCULA, mañana tampoco”, así, con letras chiquitas; habría que construir más cárceles para que cupieran todos los que andan ahí haciendo rituales para que el niño no pida, o que el vecino se enferme, o que al hermano le falte. Definitivamente, se encerraría a más gente de esa  que a delincuentes, que por lo menos abiertamente roban, matan, y sobre la marcha aprenden que la impunidad la da el dinero y no la brujería.

Para aquellos que estamos bocabajeados por la pobreza, las “ciencias ocultas” nos dan la ilusión de que vivimos por encima de los demás, que tenemos conocimientos vedados hasta para los profesionistas, que permanecemos protegidos de cualquier envidioso, la fantasía del pueblo elegido.

conjuro

Mi sueño guajiro era otro: decantar a Don Arturbio, provocar su recuperación: una forma lenta y sabia de quitárselo a Irma sin rebajarme. No resulta del todo ilógico que haya creído que obtendría recompensas del pensamiento mágico; estaba viviendo una situación por demás incontrolable: mis amigos resultaron una punta de loquitos peores que yo, que jugaron conmigo como lo hacía mi familia. Vivía exactamente como en la casa: recibiendo cuartazos y dando palos de ciego. No tenía objetivos, y puse mis metas en toda esa gente, con cuyo trato salía perdiendo.

Cuando se adquiere conciencia, resulta molesto necesitar ayuda de la brujería para resolver problemas de la vida cotidiana, que no tienen más explicación que las neurosis, miserias y complejos que uno arrastra.

Dos hechos contribuyeron a que esperara más de un brujo que de un terapeuta: haber pasado mi adolescencia al lado de una mujer cuya locura consistía en ir a diferentes cultos y no comprometerse con ninguno y el desengaño con la doctora Dora Luz, para pasar a llevarme otro chasco en el consultorio de la profesora Mireya.

Mamá no siempre fue así de andar en muchas religiones, pero un domingo, llegó de visita Diablicia –entiéndase tía Alicia- ella, mi madre y tía Cire, fueron las hijas que tuvo la abuela Juana; mujer de pelo en pecho, que lo mejor que pudo hacer fue morirse cuando yo contaba seis años, porque si no, de verdad nos hubiéramos agarrado del chongo. Mamá me platicó  que cuando era niña, acompañaba a su madre a unas reuniones en las que hablaba frente a todo el público hasta quedar convertida en un chino. Me estaba haciendo lo que a ella le hizo la pinche vieja cabrona, que en gloria de Dios esté. El caso es que Diablicia llegó el domingo a invitar a mamá a una tertulia espiritual y tuve oportunidad de ver a médiums, que se les debería decir sugestionadores profesionales o merolicos de altura, mierdolicos, para  mayor precisión. Mamá tenía fe en esa gentuza hasta un punto inverosímil: era un triunfo pedirle lo de la colegiatura, pero no reparó en gastar su dinero para ayudar al espiritista de Tepito a mudarse, porque debía un año de renta y sus vecinos ya no lo querían.

Este señor le agradeció el favor de una manera muy simple: le quitó autoridad, o ya no se si se quedó en el intento: le daba nombre cósmico a todo aquel que fuera aceptado en  el grupo. Juraría que esa era una aspiración de mamá. Ella no recibió el galardón, me lo dieron a mí, que no tenía el menor interés. Clairaluz era una palabra que me repateaba, porque quería seguir siendo Adriana. En la adolescencia, recibimos como un puñetazo cualquier alusión a nuestra identidad. Mi idea era ser actriz; en las “tenidas”, así llamaba ese grupo a sus reuniones, evocaba las clases de actuación y atendía escasamente a lo que decían Raynar o Markari o quien fuera.

espiritistas

Creo que en ese impulso de mamá de ayudar a la familia de iluminados había, además de fé, un deseo inconfesado de competir conmigo: ella tenía dinero, podía mover influencias aquí en la tierra, que era donde esas personas tenían el problema. Comencé a escribir mis primeros poemas. Hablaba de papá y Alejandro, los extrañaba. Ni tarda ni perezosa, mamá escribió: “Rascarepuche, ráspame el buche, sácame roña, roña y carroña, de la conciencia.”. Como la gente seguía sin alabar su talento, empezó a hablar en lenguas. En el lugar menos pensado, le daba el torzón y se descosía en incoherencias que solamente Dios y ella. Pasé alguna que otra vergüenza en el supermercado y el banco. Mientras tanto, seguíamos yendo con los ex tepiteños, a la casa nueva. El día que Diablicia se dignó ir, tuvo lugar un pleitazo con Felipillo Magaña, alias Raynar. Mamá empezó con sus desfiguros, sonidos desarticulados que el señor de la casa tomó como gran mensaje de Dios, un avance espiritual de Pelancha,  como le decía, según él, de cariño. Tía Alicia dijo que la estaban enloqueciendo y que si no paraban la cosa, mamá volvería al hospital psiquiátrico y los espiritualistas, acuarianos o lo que fueran, irían a impartir sus enseñanzas al reclusorio. La brujería también depende de la vanidad; para mi desgracia, la semilla quedó sembrada. De nada valió haberme atrevido a decir en plena “tenida”, que mi nombre cósmico no me gustaba: se habían presentado maestros importantísimos de otras galaxias a felicitarme. Con todo y que no creía en esas patrañas, pasé un buen tiempo con sentimiento de culpa. A los l4 años, ¿qué otra cosa se puede pensar?

Cuando tenía 28, no sabía para donde jalar. Ese fue mi segundo acercamiento a lo brujil. En los Estudios América, encontré a Uriel, un compañero de la universidad, de varias generaciones antes que yo. Hasta la fecha, no se cómo le hizo para acostarse conmigo, cómo pudo dirigirme la palabra, si me despreciaba. Desde que nos conocimos, en la facultad, me insultaba “en broma”, como hacía mi hermano.

La primera vez que lo vi, estaba en la entrada del Teatro Wagner. Había quince minutos libres antes de la siguiente clase y ahí estaba, joven todavía, sin saber a quién dirigirse, y me preguntó dónde podía pagar con exámenes extraordinarios las materias que debía.

El pasillo estaba atestado. Sobraba quién pudiera informarle, no me eligió porque le gustara, ni porque en verdad quisiera saber lo que había preguntado; a la escuela iba a ligar, a conseguirse una chava “pal momento”, y nada más. Lo sospeché al decirle que fuera a la coordinación, porque empezó a presumir su trayectoria en el cine y a denigrar a los maestros.

Más adelante, conocí su casa; un departamento bien puesto, con todo lo necesario, pero en el que había descuido, y una cuna con las cobijas revueltas. Dijo que su esposa no estaba, que podía llegar en cualquier momento o quizá al día siguiente, entre más cosas conocía de él más gordo me caía. Recibí una sermoneada por mi cortedad de criterio, mi inmadurez, al preguntarle que, si tenía esposa y sabía que podía sorprendernos, para qué me había llevado a su casa. Le ardió que le dijera que era un poca madre, es más fácil tachar de inmadura a la gente, que admitir fobia al compromiso, odio por lo sexual, y que la casa no es mas que un escenario para informar, a la mujer que llevó, que no debía hacerse ninguna ilusión respecto a él, y que tampoco debía permanecer allí.

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Uriel era un hombre que decía, a bocajarro, que me llevaba “nada más p’a aprovechar, porque no creas que tengo muchas ganas”. Francamente, no creo que haya tenido esposa ni que la tenga en la actualidad, si es que vive. El día que nos encontramos en los Estudios América, me llevó a casa de Chuchito.

Era una tarde lluviosa; el dueño de la casa me pareció tosco de modales, pero tierno y paternal. Fue actor empírico, era miembro de una familia que emigró de Jalisco a consecuencia de la Revolución. Pobre y sin estudios, el único camino hacia una vida decorosa era el ejército, allí sirvió hasta que un día solicitaron caballos de los Estudios Churubusco para una producción americana. Le encomendaron sus superiores la labor de caballerango y se la encomendarían varias veces más, porque los estudios continuaron solicitando jamelgos. Se dio de baja en la milicia para dedicarse al cine. Como le tocó la época de oro, hizo dinero y tenía un caserón. Hasta con un pequeño edificio de departamentos para sus hijos con sus familias, pero los hijos no vivían allí.

El relato fue interrumpido por los ímpetus de Uriel, que quería acostarse conmigo en ese justo momento.

-¡Oye, espérate, estamos en una casa ajena!

-No hay fijón, Chucho es de confianza.

-¡De todos modos, respétalo! -me agarré del respaldo de una silla, que resultó arrastrada por el jalón que recibí. Quedó atorada en el  quicio de la puerta.

-No hay cuidado, -dijo Chuchito desde su asiento- están en su casa.

-¡Suéltate! -me ordenó Uriel.

-¡No quiero!

-¡Te sueltas o te suelto!

-A ver, a ver, no seas violento. -intervino Chuchito. Se puso de pie y fue hacia nosotros- Si ella no quiere, no la vas a forzar.

-No, si quiere, ya la conozco.

-A ver, mamá –así le hablaba Chuchito a las mujeres- la verdad, ¿por qué no quieres?

-Pues es que esta no es casa de ninguno de los dos, aquí venimos de visita y estábamos bien, y ahora sale con esto. ¡Ni que de veras derrapara por mí!

-Mira, si es por que no es casa de ustedes, no te preocupes. Uriel así es, y yo creo que le gustas, pero así es él.

Fui remolcada a una pieza contigua. Media hora más tarde, Uriel salió del cuarto y escuché las voces de ambos desde la cocina.

-Sí, hombre, no te fijes, ¿para qué crees que la traje? –las voces se acercaban. La puerta se abrió para dar paso a los dos.

-¿Y si no quiere? –preguntó Chuchito.

-Sí va a querer, ¡tú métete! -Uriel aventó a su amigo y cerró la puerta.

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Estaba ya entrada la noche cuando me despedí, con la intención de no regresar. Después de tirar a la basura el paquete de comida que el anfitrión me había regalado, agradecí a Dios que Uriel ya no estuviera presente, porque no tenía ganas de volver a verle la cara.

Pasó un mes. Al cruzar una mañana el puente de la Calzada de Tlalpan que llevaba a los estudios que hoy son Azteca Digital, me topé con Chuchito, que lo cruzaba en sentido contrario, para tomar el camión a su casa.

-Mamá, ¿qué mala cara viste, que ya no quieres volver?

-La de Uriel. ¿A poco fue muy bonito?

-El es muy pendejo, se lo dije. Tengo muchos años de conocerlo, es mi amigo y la chingada, pero es muy pendejo p’a tratar a la mujer.

-Lo bueno es que ya pasó. Luego nos vemos.

-Estás enojada, ¿verdad? Uriel casi no va, además la casa es mía, ¿te traté mal?

-No, pero ya es hora de reportarse, a ver si sale alguna pesca, un doblaje, a ver qué.

-¿No tuviste llamado?

-No, por eso me quiero reportar.

-Ven un rato a la casa. Te invito a desayunar, échate otros frijolitos como los que te llevaste, hice un mole de olla que me quedó, ¡chulada! Ahora sí me vas a conocer, ¡a mi lado no se cría ganado flaco! ¿Qué tal los chilaquilitos? ¿Verdad que sí estuvieron sabrosos? ¡Mamá!-me abrazó y me dio  un beso en la mejilla.

Me mordí los labios para no decirle que podía preguntarles a los animales del terreno baldío, que fueron los que se agasajaron con aquellos víveres. La sensación de hambre se diluyó en cólera y volteé la cara para ocultar las lágrimas. No quería ir, porque  me sentía peor que un cartón de cervezas o una botella de brandy. Así me vio Uriel, con esa actitud me llevó a aquella casa, y se lo acepté porque estaba acostumbrada a ser nadie; sabía cómo restarle importancia a cualquier hombre que se acercara, sin investigar qué esperaba de mí ni para qué me eligió.

A raíz de aquella entrevista, empecé a hacerme pata: si en la ANDA me daban recados de Chucho Gómez, le llamaba, le decía que iría a su casa, que tal día a tal hora, pero no iba, ni me molestaba en avisar que no iba a ir. Un día, lo vi comiendo en el restaurante de los estudios y me fui rapidísimo, para que no me viera.

Comencé a recibir sus telefonemas en doblaje, no importaba en qué foro estuviera grabando. Llegó a llamar hasta a una sala particular donde se hacían comerciales. Los pretextos eran: “sólo para saludarte”, “a ver qué día te acuerdas de los amigos”, una vez se voló la barda: “ya te mandé un taxi para que vengas”. Debí preguntar cómo me localizaba. Tiempo después, la telefonista de la ANDA me comentó que diario hablaba para saber dónde tendría mis llamados al día siguiente. Acabó siendo un segundo padre.

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En esa casa conocí a Jorge, uno de los hijos de Chuchito. Nunca he vuelto a ver unos ojos tan hermosos en un hombre. Irradiaban luz. Era médico veterinario y tenía un criadero de chinchillas. Me las había enseñado todas, peludas, como conejos pequeños, de muy diversos colores. Eran cien animales, y me decía que cuando una chinchilla se comía a sus crías, era imperativo matarla. Lo que no me quedó claro, es cómo hacía para salvar a la camada; porque ya sin la madre, no era fácil que otras hembras quisieran alimentar a los huerfanitos. La chinchilla es la rata de los Andes.

A Chucho le gustaban las plantas, como a mí. Me había enseñado las fresas y el limonero que crecían en el jardín, y me divertí con el susto que se llevó cuando se le escapó una chinchilla. Llegaba cada noche a contarlas como si estuviera pasando lista en el cuartel y cuando vio que eran noventa y nueve, sudó la gota gorda hasta que “…la vi ahí metida entre los troncos esos que están allá, parecía rata la cabrona”. Jorge y yo nos reímos “Ay, papá”, le dijo él, “si es un roedor”.

Chucho y Jorge se me figuraban mi padre, Jorge me hacía pensar que así debió ser papá en todo su vigor, en su época de novio de mamá.

Una tarde comíamos y llegó Uriel. Quise irme. Para no hacer aspaviento, decidí tener paciencia y pescar un momento oportuno en el curso de la plática. Salió el pomo y me puse al acecho. La chorcha seguía sin que llegara el ansiado momento, y me levanté enojada, dije que todo era una mierda, que estaba harta de vivir, que me quería matar, ¡qué va! ¡Al  que quería matar era a Uriel! Su llegada había dado al traste con mi disfrute. Su presencia me llenaba de rabia y vergüenza. Tenía una actitud fanfarrona, como si pudiera demostrarles a todos que yo en realidad era un fiasco. Me levanté enojada, porque empezó a acariciarme una pierna, grité que todo era una mierda, porque no podía insultarlo a él, ¡no podía ser auténtica! Si he formulado mis verdaderos deseos, o me corrían, o íbamos a ir todos a parar a la delegación; fue más costeable la conmiseración de mí misma; entonces Jorge pudo decirle a su padre que se acordara de lo que le había comentado, que  “notaba que yo tenía brujería”, y me ofreció presentarme al día siguiente al señor Molina.

chinchilla

Hay juegos que sólo nos quedan cuando somos jóvenes y estamos bonitas, al menos desde el punto de vista de los demás; por eso tuve éxito. Busqué un rescatador y lo encontré. Lo sorprendente es que haya aceptado el auxilio, porque yo no quería nada de nadie, a pesar de que necesitaba con urgencia un voto de confianza.

En aquel tiempo era muy difícil que asistiera al hecho de experimentar mis emociones, pero me daba cuenta de que el hijo de Chuchito me gustaba. Yo a él, quién sabe, pero de cualquier manera, no creo que hubiéramos podido tener nada. Él estaba casado y yo era amante de su padre.

La industria esotérica se vendría abajo si no existiéramos los controladores. Es un hábito dificilísimo de abandonar, todos necesitamos controlar cosas, pero fuera de los esfínteres, las finanzas o el mal humor, estar vigilante en algo es síntoma de enfermedad.

Es de admirar la sutileza de los hechiceros: Alicia, cuando vivía en su casa, se ponía a estudiar el tarot y aunque no se dirigiera a mí para enseñarme nada, tampoco ponía objeción si permanecía atenta a lo que estaba leyendo, y si llegaba a hacerle preguntas, me contestaba de muy buen grado. ¡Con razón pensé que podía ganar dinero descifrando la baraja del tarot! No fue tanto el cuento añejo del señor Molina de que yo tengo poderes; ya me habían dado un mazazo en mi primera juventud. El que siguió, fue al conocer a ese brujo. Platiqué con él del trabajo, de diversos aspectos de mi vida, pero platicar es un decir, ellos nada más asienten a todos los cabitos sueltos que uno quiera amarrar, por eso “supe” que treinta y cinco años atrás mi padre, furioso por el embarazo de mi madre y al ver la inminencia de la boda, mandó hacer un ritual para que el bebé no naciera ni hubiera más hijos de su unión. ¡Había material de sobra para inventarme una historia! Alejandro era cinco años mayor que yo, porque mamá tuvo varios abortos. Papá decía que fueron provocados; ella que no, que fueron accidentes. Papá, ausente casi todo el tiempo, siempre nos trató como si le debiéramos algo, se molestaba si teníamos un logro, en especial de dinero, y si sufríamos alguna derrota, nos decía cosas que nos hacían sentir peor. ¿Era necesario ese rencor porque a mi madre la quería para un acostón sin mayor compromiso? ¿Por qué nos había querido cobrar a nosotros? ¿Por qué mejor no se fue, como hizo el padre de mi hija? ¿Qué caso tenía quedarse a fuerza con una mujer para hacerle más hijos y más daño?

Perdida en ese mar de preguntas, me enfrasqué en rezos, limpias y otros sahumerios, cuando acordé, el señor Molina me estaba diciendo que soy clarividente. No le creí. Argumenté que con esa duda, no podía dedicarme a ser bruja; no se puede hacer que los demás crean en algo si una misma no lo cree, pero en los días en que conocí a Arturbio, estaba tomando un curso de tarot, me había dedicado a ser cliente de cartomancianos, según yo para observarlos. Al recibir las primeras majaderías de mi gentil caballero andante, me leyó la mano una señora que me dijo que Arturo tenía otra mujer, que ella nos hizo un trabajo para que nos dejáramos y que si quitaba ese daño, él regresaría conmigo porque sí me quería. Dí por sentado que era mejor consultar al señor Molina.

No sé si esa mujer me hubiera pedido igual cantidad de veladoras, o más, quizá menos; a lo mejor varas de incienso, pero, evidentemente, el brujo hizo algo que ella no tuvo tiempo de hacer: adularme. Terminé por achacarle a él la posibilidad de resolver mi constante fracaso, porque era una resentida, porque buscaba culpables y era menos doloroso creer que tenía poderes e influencias en el cielo, que aceptar el golpazo que todos esos enfermos emocionales de la fonda le dieron a mi orgullo.

tarot

Diariamente hacía las concentraciones como me las había indicado el señor Molina: siete respiraciones, despacio, con las manos juntas, y después mirar hacia el vaso con agua mientras se rezaban cuatro Padres Nuestros. Volver a rezarlos al tiempo que se veía la flama de la vela encendida, que se coloca detrás del vaso.

Los ojos se me llenaron de las formas que tomaba la parafina cuajada y vuelta a derretir, desfilaron ante mí, lobos, mandriles, chimpancés con hocico de cerdo, tribunas, personas vestidas con mantos blancos, familiares, la cara de Arturo; hasta le salió barba, bigote y le creció el pelo a la usanza del tiempo de la colonia. Se veía bien, pero no lo pude evitar: relacioné cada imagen con el momento en que la vi. La cara de él era de la fotografía de la fiesta que Irma me dio; el look de la colonia fue referencia de los libros de historia, o de moda de la época; ilustraciones de historietas, ¡qué bárbaro! ¡De qué manera buscaba justificaciones para aferrarme a algo que jamás existió!

El señor Molina, en un principio, no quería entrarle a la faena, pero dejaba ver esto de una manera muy diluida, tanto, que hasta hoy puedo aceptar que fui yo quien insistió con muy diversas excusas: el tarot, lo que había soñado, mis “nociones” de numerología, ¡que viera que yo también sabía ocultismo!

¿Qué buscaba? ¿Qué saberes de la vida se escondían detrás de esa sinrazón? La respuesta iba a ser mi verdadera recompensa, ese era el conocimiento que se me estaba vendiendo. ¿Qué resortes emocionales provocaron que confiara en la brujería, qué fijaciones me hicieron pensar que en un enfermo alcohólico en activo había encontrado, por fin, un compañero? No tenía otra forma de averiguarlo más que aventándome al ruedo, y comencé a llevar un diario que vino a ser el terapeuta suplente. Ya había conocido los frentazos que se llevan quienes se atreven a decir, en el consultorio de un especialista, que aman a un candidato a la encefalopatía de Gayet Wernicke. Dora Luz, la primera psicóloga que fui a ver cuando empezó la relación con Arturbio, me sugirió que fuera a Al Anon.

-A la mejor ahí te encuentras con otro alcohólico.

-Pues…Erick Berne no da muchas esperanzas, aún con uno rehabilitado.

-Pero hay más funcionalidad.

A pesar del marcado deterioro emocional que presentaba mi objeto amoroso, logré ver en él algunas cualidades. Es un hombre muy inteligente, y bastante culto, aunque se esfuerce en aparentar lo contrario. Mesurado y tierno cuando está en su juicio, se muestra con empatía hacia la gente; hasta hace observaciones acertadas, prudentes y profundas. Es limpio, tiene muy buenos modales y sentido del humor. Nada más de imaginarme a este hombre sobrio y sereno, ¡me lo como a besos! Si no estuviera enfermo, hablaríamos el mismo idioma. Es la primera vez que me acepto enamorada sin que me de coraje ni vergüenza.

El deseo de hacerlo entrar en razón y llegar a deshacerme de todas las culpas que me echaba, hacía que no faltara a una sola sesión. Dora Luz empezó a cambiarme el horario de consulta como cambiar de vestido, en cuanto vio que mi querido borrachín le zacateó a la terapia de pareja y me dejó aullando en el desierto. Era obvio que el caso no le interesaba, pero no sólo no lo admitía, ¡tampoco quería dejarme ir! Esa conducta, en alguien como Arturbio es de esperarse, pero no en una persona sana, y de ribete, profesional del bienestar psíquico. La dejé con un palmo de narices. En dos semanas seguidas, encontré en mi tomador de recados que me estuvo esperando, y yo decía para mis adentros: “Sí, güey, ahí síguele, bien sentadita, porque parada, te cansarás”.

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Combiné reuniones Al Anon con idas a ver al Sr. Molina y consultas con la profesora Mireya, la cereza del coctel fue mi diario.

En mis concentraciones, me acostumbré a ver colorcitos. Se veían bonitos, pero cualquiera que vea arder una vara de incienso cerca de un cristal como el de mi ventana –vidrio no transparente, troquelado, que ofrece más chance de refractarse a los rayos de luz- puede ver el humo de colores.

El señor Molina se molestó cuando le dije que era un fenómeno físico, y al saber que nada más cambié de doctora, pero que no había dejado la psicología, me puso un ultimátum: lo mío era bastante sencillo, nada más tenía que acercarme a Dios, ¿para qué gastar?  Una de las compañeras del grupo lo quiso ayudar.

-Hermana, usted no necesita eso, ya tiene los dones, desarrolle, porque ese poder que le fue conferido, lo puede perder.

Creo que los poderosos eran ellos. Nada es casual; en esos días, fue a dar servicio al templo un hijo del señor “Gurú”, militante de AA. Me hizo énfasis en que un alcohólico en recuperación no debe tomar ni una gota de alcohol, pero su padre le decía que no hiciera caso de esas pendejadas del programa, que sí podía tomar, por la espiritualidad que había desarrollado en el conocimiento de la metafísica, entiéndase brujería. Me comentó que el señor Molina también estuvo en AA.

El 2 de Agosto del 2003, aniversario del bombardeo de Hiroshima, un hongo fulminante y expansivo había crecido dentro de mí. Después de escribir en mi diario la pregunta “¿no estaré imaginando cosas?”, levanté la vista. De la cacerola donde hirvieron unas mollejas de pollo, salía el vapor más brillante y aparecieron colorcitos, muy tenues: amarillo, beige, violetita, verde…

Fue la primera vez que pasó con algo que no era el humo del incienso, pero bueno, la ventana está detrás de la estufa, por lo tanto, seguí aferrada a que eso tenía una explicación lógica, todos podemos ver cosas en el vapor de agua, en los dibujos que va haciendo la humedad en la pared. Las calles, animales, lugares y personas que soñamos, que creemos ver en el agua, el café o la bola de cristal, son imágenes que ya vimos en esta vida que se vive ahora, la que inició con nuestro nacimiento y terminará con nuestra muerte, ¡ah, porque cómo fregaron los hermanitos con eso de la reencarnación! Para ellos, Arturo no es de este plano, pero ya estuvimos juntos en otra época, y desde entonces, él todavía me quiere. ¡Pues qué manera de reafirmarlo!

Vagas aspiraciones religiosas, es un síntoma que se atribuye a las fases avanzadas de alcoholismo, pero considero que es común a todos los enfermos mentales. La forma de vida que tenemos, patrocina la frustración; no es casual el hecho de que me de por jugar con la baraja del tarot únicamente cuando tengo pareja y la relación anda mal.

Con los médiums de la calle de Gante, vi muchísima gente en trance, pero me impresionó el que llamaban “Hermano Rayo Cristalino”, a medida que avanzaba su discurso, los ojos se le hacían ovalados, le brillaban mucho, aumentaba su estatura; nos llamaba a todos los presentes “carnes putrefactas”. En el cuartucho del señor Molina, Dolores, de quien decían tomaba posesión Jesucristo, cuando estaba en trance, el fleco y las cejas se le volvían más espesos.

Cuando la gente se asume perseguida, hace todo lo que Dios le da a entender; pero en realidad no hay dios que nos de a entender algo; está el razonamiento y la capacidad para enfrentar y resolver los problemas. Mamá alguna vez me platicó que en la casa de la risa le hicieron una observación: mientras no dejara la religiosidad, no tendría posibilidades de sanar. Quizá para la psicología, dejárselo todo a Dios sea lo mismo que echarle la culpa al Diablo; un modo de enmascarar nuestro miedo de vernos tal cual; de aceptar que somos lo que pensamos, lo que decimos y hasta lo que callamos, tal cual.

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