Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana IX (Era el maestro de psicología)

“En la neurosis, un individuo posee un secreto que también pertenece al otro, a quien no se le informa ni se le permite conocer la totalidad del mapa. Frente a él se actúa como si se tratara del secreto de ambos, de un valor entendido, como si ambos lo supieran y les interesara por igual. No se reclama de modo abierto y directo, se hace por vía indirecta, simbólica, es decir, inconsciente.”

 Aniceto Aramoni.

La forma en que conocí al señor Molina fue una repetición de lo que sucedió cuando tenía 20 años y había retomado mis estudios de preparatoria. En la escuela conocí al profesor Javier. Era el maestro de psicología y nos aplicó a todos un test. Al ver mis resultados, me dijo que si quería, me podía dar terapia en su consultorio. El documento mostraba un cuadro patológico: “Tú podrías entregarte sexualmente sin que te importen mucho las consecuencias.”

Estaba pasando por un duelo marca “Diablo”. Acababa de tener un novio que me convenció de que abortara. Era estudiante de administración de empresas, andaba muy trajeadito. A media semana llamaba para saludarme y el sábado, sin falta, ramito de flores o caja de chocolates. Cuando le dije que estaba embarazada, se puso serio, porque se daba cuenta de que no podíamos seguir juntos, yo no respetaba ningún tipo de autoridad, él tenía que recibirse, si yo aceptaba abortar, nos casaríamos dentro de un año.

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Ya no se si de veras le creí o más bien obedecí a lo que me dictaba la experiencia. Era preferible el legrado a tener un segundo hijo y quedarme sola de nuevo. Una vez consumado el aborto, Raúl me dijo que le salía más barato pagar gastos médicos que mantener a un chiquillo que quién sabe si fuera de él; ya era madre soltera, ¿no?

Resolví el coraje desmayándome en la escuela. Interrumpía clases o echaba a perder recreos, ¡y llegó el profesor Javier! De alguna manera estaba dándome cuenta de que no iba a poder continuar así mucho tiempo. No sabía cómo, pero asistía al hecho de que me sentía mal aunque no lo supiera decir, y acepté el ofrecimiento.

Estuve yendo a terapia. Al principio las confrontaciones eran muy dolorosas, pero me interesaba lo que descubría en cada sesión: no tenía idea de lo que era alegría de vivir, ni era la heroína de ninguna telenovela y, aún con la poca experiencia de la vida que tenía, había cooperado mucho con quienes provocaron las desgracias que llevaba sufridas. De repente, en una jornada no manejé lo que decía. Muy vagamente recuerdo algo acerca de mi padre; como una traición, pero no puedo ir más allá. Sólo se que el profesor me interrumpió: “¿No te parece que eso es muy doloroso y que debemos dejarlo para después?” Dije que sí desesperada, como queriendo huir de algo y nada más tengo presente que estaba bañada en llanto, parecía que me aventaron una cubetada de agua, porque hasta la blusa tenía mojada. Nunca he podido traer a la memoria qué dije para llorar así. Temo que se perdió para siempre una oportunidad de curar de manera efectiva mis problemas emocionales.

Al mes, el profesor me dijo que no me podía atender porque en aquella oficina ya no iba a seguir dando consulta; que estaba en sociedad con otros colegas y la asociación se había disuelto. Pero me dio su teléfono por si quería consultarle algo.  También su dirección.

Tía Alicia no desaprovechó la oportunidad de humillarme; más vivida que yo, no dio crédito a las excusas presentadas por el maestro pero me dijo que esa  decisión la había tomado “porque vio que eres inmadura y rebelde, él no se iba a andar esforzando por una como tú, que ya no vale la pena.”

Tardé mucho en decidirme a regresar con él a terapia. Me quedé con la idea de que era posible, dado que no tuvo la valentía de decir que no era competente para seguir tratando mi caso. En realidad me había dejado y ni siquiera tuvo la generosidad de canalizarme con alguno de sus colegas.

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En el Centro Médico de Ciudad Universitaria en mi época de estudiante de teatro, busqué ayuda emocional y me mandaron con el único médico psiquiatra que había. No recuerdo su nombre, pero me sentía muy mal cuando decía: “¿Por qué es actriz, Adriana? En esa actividad no hay más que extranjeros, ¿qué futuro cree que pueda tener allí? Usted buscó mejorar su vida y lo único que consiguió fue echarla a perder, porque ahora, cualquier hombre que se le acerque nada más va a ver qué le saca. Será extremadamente difícil que uno de ellos le diga te quiero y deseo formalizar una unión contigo.”

Todo eso ya lo sabía, el chiste era encontrar una salida; ir a un consultorio a escuchar que ya no tenía remedio era frustrante, y más si en la facultad nos decían que el talento  para interpretar a un personaje nos abría puertas; y es cierto, hay mexicanos destacados en la actuación profesional.

Tengo la satisfacción de haber vivido de eso y al día de hoy cobrar regalías de lo que grabé y filmé. Si no es el gran billete que perciben otros compañeros, es porque me contrataban poco. Si cargaba con un morral de emociones de “no hagan olas”, difícilmente iba a tener futuro en ninguna profesión, me congratulo de que pude hacer lo que hice.

En lo referente a los hombres, el doctor no me dijo de qué manera podría darme a valer si ya había echado a perder mi vida, ni cómo era posible conservar la ilusión de casarme si ya nadie iba a quererme por mujer. Era cierto que a los l6 años cuando huí de mi madre me salió peor  el remedio que la enfermedad, pero resultaba tonto soportar una confrontación psiquiátrica para oír la misma mezquindad que me podía haber dicho cualquier “amiga compasiva”. Fuera del consultorio toda interpretación es una agresión; dentro del consultorio, toda interpretación es una sentencia. No volví con ese doctor, y creo que para los terapeutas varones, la mujer que ya no es virgen no tiene derecho a ser curada.

Con semejantes encrucijadas, es imposible aspirar a una pareja, marido, amante, quelite o peor es nada, y menos aceptar que me debía casar por el civil, por la iglesia, ¡y ni por güey! Celebrar con un hombre cualquier trato que implique sexualidad siempre me ha disgustado, porque nunca se dónde estuve parada hasta que me dan el esquinazo; porque encuentro sofocante que al principio me traten como si tuviera la obligación de aceptarlos y una vez que les acepto, me vean como si me estuvieran haciendo un favor. Me parece abyecto que no se los pueda tratar con la verdad en la mano, que tenga una que fingir que no hay interés ni gusto, que se es pura e inmaculada, joven, bella y millonaria.

Puedo durar años sin relaciones sexuales, no por decente ni frígida, sino porque cada vez tengo menos arrestos para sobrellevar las actitudes de ellos, que tarde o temprano me harán pensar que soy algo podrido, que cada nueva experiencia amorosa no ha sido mas que un contacto directo con la misoginia y el machismo.

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A los 32 años, volví al consultorio del profesor Javier. Acababa de terminar con una unión libre que tuve con un español, catalán, que me doblaba la edad. Llegué dando eso por terminado y el profesor me quiso persuadir de que todavía podía salvarse. Es la única vez en mi vida que he tenido lo que podría llamarse un esposo. Desgraciadamente, él era un desarraigado de la Guerra Civil Española, fue Niño de Morelia y adormecía sus dolencias emocionales con mariguana.

Esa segunda vez, el profesor me corrió. Llegó una sesión en la que no soporté su cuestionamiento, fue después de que en una consulta me confesó que yo le gustaba. ¿Y? ¿Qué con eso? También me había confesado que allá en mis años de estudiante no estaba preparado para tratar un paciente con problemas como los míos: “Adriana chula, fuiste una víctima de las fallas en el medio psicológico de este país.”

Agriana, que siempre ha convivido conmigo y ha hecho lo que se le antoja, me comentó: “Mira nada más, ¡pinche viejo! ¡No tenía parque, y andaba en el tiroteo! Pregúntale qué dijiste el día que te interrumpió, dile lo que recuerdas; si tiene güevos, te va a decir, ¡cabrón, desgraciado! ¡No fue ni p’a ayudarte a saber por qué le tienes miedo a los perros! Hijo de su puta madre, pero bien que te criticaba por no ser casada, ¡y te sigue criticando, abre los ojos!”

De alguna forma imperceptible, comenzaba a hacerle caso a mi pequeña fiera. Mucho de eso era verdad. El profesor minimizó lo que había pasado, ¡hacía ya tantos años! Insistí.

-¿Qué pudo ser tan doloroso como para dejarlo pendiente? Estaba llorando de un modo que no es usual en mí, nadie llora en esa forma por una tontería.

-En ese tiempo eras muy joven. Con la edad valoramos las cosas de diferente manera. Tan fue un evento sin importancia que tú misma estimas que no tiene caso recordarlo. De otro modo te acordarías.

Agriana parecía caldero a punto de estallar: “¿Lo ves, lo ves? ¡Hijo de la chingada! ¡Tiene bien presente qué enseñaste y no te lo quiere decir! ¡No te dio chance de acabar tu tratamiento, ni quiere que sepas cuál es tu problema! ¡Ahora va a estar más difícil sacarle la sopa! ¿Qué vas a relajarte ahí, acostadota? ¿Para que te vuelva a decir que eso es muy doloroso y lo dejamos para después? ¿Para después de qué? ¡Por Dios, maestra! ¿No ya te dijo que quiere coger?”

Me era cada vez más difícil acostarme en su diván, un mueble tapizado en blanco en el que había que subirse con todo y zapatos. Me daba miedo ensuciárselo o quedarme dormida; y peor me sentí cuando llegué y descubrí el dicho mueble con una sábana doblada a la altura de donde quedaban los pies. Aquello no podía terminar mas que como terminó. El día que salí corrida de su consultorio, me dijo, con mucha amargura, “Tú no quieres ser curada por mí; quieres la información para curarte sola.”

¿Qué esperaba? No me demostró que fuera posible otra cosa, ni me trató muy bien que digamos; tampoco quería que le pagara.

¿Qué puede ser más horrible: aquello que no recuerdo, o darme cuenta que la persona en quien confiaba nada más se enteró de mi bronca y me botó? Estuve amarrada con eso de “No terminaste tu tratamiento”, que se parece, como dos gotas de agua, a “Tienes poderes que desarrollar”. De ir con el único psicólogo que me recibía sin tener dinero, pasé a consultar al único brujo que no cobraba, ¡pero pedía veladoras! ¿Cómo hubiera sido la vida de no haber aceptado “tratarme” con el señor Molina? Igual. ¿Cómo sería si hubiera rechazado el ofrecimiento del profesor allá en mi juventud, si al enfrentar la relación con Arturbio no hubiera ido aunque fuera con alguien como Dora Luz y Mireya? Peor. En última instancia, están tres psicólogos y un hechicero. Todos trabajan con emociones y anhelos. Ninguno tuvo ética, pero, a fin de cuentas, quienes me beneficiaron, aún sin querer hacerlo, fueron los psicólogos; el brujo no.

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El profesor Javier se limitó a tratar de convencerme de que debía admitir el rol asignado a las mujeres: “El matrimonio, tú no lo aceptas, lo más que soportas es una aventura pero un hombre para tener hijos de por vida, eso, para ti, ¡bueno!” También tomó partido por mamá; para él mi craso error en la vida había sido no aceptarla; pero con ella no había mas que dos caminos: someterse o rebelarse y se que hubiera sido un horror sujetarme.

-Piensas, haces y hablas puras pendejadas. Eres una persona desagradable, ni siquiera es posible desear que te vaya bien. Si eres tan maldita, pues mejor no te acuerdes de ella, ¿cómo es posible que prefieras andar de pordiosera que tomar lo que te dio?

A los pocos días de esa perorata, fui capaz de ver que no mandé al diablo cualquier bagatela: rechacé una profesión altamente lucrativa, un viaje a Europa y un status muchísimo mejor que el que tengo, pero al precio de tener que pedir permiso hasta para ir al baño, ¡estaba frita si me hubiera conformado! ¡Mil veces más digno mendiga autónoma, que dentista amordazada!

Bajita la tenaza recibí una insultada buena pero así como vino a mi mente la conciencia del bien perdido, también regresó la imagen del profesor cuando me dijo que le gustaba: “Te lo tengo que decir porque estas cosas, si no se ventilan, no se puede trabajar.”

¡A la mierda con lo que haya querido ventilar! Si se preciaba de ser un hombre normal, que sabía vivir, no podía sentirse atraído hacia una pendeja que estaba maldita y vivía de pordiosera, ¡mintió! Si no lo hizo cuando me dijo sus sentimientos, entonces fue un embustero al momento del sermón; lo que haya sido, ¡allá que lo sepa Dios!

De Dora Luz supe por una propaganda que circulaba en la Facultad de Filosofía y Letras, allá en Ciudad Universitaria. Era l993. Hacía medio año que el profesor Javier me corrió y estaba indecisa. Tenía la idea de que una terapia debe iniciarse y terminarse con un solo especialista. Pensaba que quienes están de un consultorio a otro es que no quieren salir adelante y en ese caso es preferible quedarse mal que andar así, perdiendo tiempo y haciéndoselo perder a los demás; yo no era “de esa gente”,  pero vencí la resistencia porque mi deseo de continuar era más fuerte.

Con Dora Luz empecé tan bien, que hice muchísimas introyecciones de lo que había trabajado con el profesor: “Es señal de que estás sanando el hecho de que ya no quieras ir ahí, ¡ese psicólogo de plano!”

En su consultorio aprendí nociones del ajedrez como parte de la terapia. A través del juego, descubrir cuáles eran mis aciertos y en qué estribaban mis errores. Tuve también problemas de dinero, mas no como con el maestro; en temporadas le quedaba a deber, pero de alguna u otra manera me ponía al corriente y cuando me fui no dejé deudas pero sí un recado muy feo, escribí algo acerca de unos cuernos, ¡puras jaladas! Lo que una suele hacer cuando está encabronada, pero eso la motivó a pensar que fui a tomarle el pelo. Creo que por esa razón no puso interés cuando llegué con el problema de Arturbio en Febrero del 2003.

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Dora Luz tenía una mala costumbre: de repente, llegaba a mi consulta, y no estaba. La primera vez que fui su paciente no pasaba tan seguido. Era allá cada dos o tres meses, y además, lo que le estaba pagando no era para que me pusiera a reclamar. Al principio le daba $25.00 pesos, y fui subiendo poco a poco la cantidad, cuando dejé de ir le daba sesenta. Estamos hablando de Enero del 97. En el relajo de Arturo, ya no me fue difícil asumir $100.00 pesos por cada sesión.

Aquella primera etapa duró tres años y acordamos que el cuarto sería el último; no quería precipitarme yéndome antes de tiempo, aunque sentía ganas de hacerlo. Me discipliné a esperar un año más y, a escasos tres meses de que se cumpliera el plazo, Dora Luz cambió la forma de tratamiento: de trabajar cara a cara, me acostó en el diván; la terapia ortodoxa, por ahí escuché decir. Como habíamos hablado de que me iría, y ella estuvo de acuerdo, di por sentado que al regresar de vacaciones de diciembre del 96, o sea en Enero del 97, sería la última sesión. Llegó el día, y simplemente, no llegó al consultorio. Me dio tanto coraje que escribí el recado de los cuernos.

Hice un intento de regresar al año y medio. La llamé, concerté la cita y llegué puntual. Me plantó. Llevaba aquel día un libro que trataba de las mentiras que los hombres suelen decir a las mujeres. Una vez más me enojé por no encontrarla y le dejé el libro de regalo. Cuando acabé de escribir el mamotreto, alias mi diario, le llevé una copia. Esto fue el año 2004; en Marzo del 2006 encontré un recado de ella en mi contestadora: había leído la escritura en su totalidad, y quería verme, además me felicitaba porque le pareció un trabajo excelente, y me quería mucho.

Me comuniqué y hablamos. Quedé de ir a su consultorio, pero enseguida de colgar, olvidé a que hora sería el compromiso. Me conozco muy bien: eso anticipaba que llegaría tarde a la cita, era un signo de que no me interesaba ir. Hacer lo que hizo cuando más lastimada estuve por lo de Arturo equivalió a volverme la espalda. Cambiar la forma de terapia cuando sabía que iba a irme, fue ejercer un contra control. No me respetó. No haberme tomado en serio cuando quise regresar, antes de los problemas, fue también darme una patada. Quizá tendría algo qué agradecerle si me hubiera recibido para decirme que no, y ya. ¿Qué s que me quiere mucho? ¡Mmmm! Yo, mejor, como dice la canción: “Ay, amor, ya no me quieras tanto”.

Era el año 2001, ¡ni quién profetizara que iba a conocer al Arturbio en el restaurante de Irma! Todas las mañanas leía el periódico mientras desayunaba y vi un anuncio que me llamó la atención por su colorido: “Centro Visión, Acción, Creación”, el nombre y teléfono de la doctora Mireya, psicóloga.

En ese tiempo asistía todos los sábados a una bohemia que organizaba un maestro titiritero, con el que me relacioné porque quería integrarme a su compañía para mejorar mi trabajo con los muñecos. Empecé a acariciar la idea de buscar una terapia de grupo cuando percibí que este señor nos pedía, a los que íbamos a cantar, que le dedicáramos tiempo entre semana, que fuéramos profesionales, que no le preguntáramos a la hora de preparar un espectáculo, cuánto ganaríamos, porque eso era falta de humildad, y rehusarse a tomar las clases de vocalización y solfeo, era falta de disciplina, el caso era que, por angas o mangas, teníamos la obligación de estar sin el derecho a una retribución por nuestro trabajo.

Desde un principio supe que no se iba a realizar mi deseo de estar en su compañía de teatro de títeres pero me quedé porque me gustó lo que desarrollé en materia musical. Allí aprendí a tocar la guitarra e hice mis primeras canciones.

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Llamé a la doctora Mireya. No tenía grupos, pero me ofreció un descuento especial si podía integrar uno con amigos o conocidos. Le dije a Irma y a otros más. Al no encontrar eco, deseché la idea y conocí a Mireya hasta Marzo del 2003, cuanto tuve que dejar a Dora Luz.

Las perturbaciones emocionales, entre más sutiles, más dañinas. Aunque me sentía bien con mi vida tal como la llevaba, estaban ahí muchas señales de que iba a desbarrancarme: quería mejorar mi trabajo como ventrílocua, y fui con un maestro titiritero que resultó cancionero improvisado que además se enriquecía con el trabajo de la gente que acudía a su bohemia. Por eso nos decía nada más en qué fallábamos, no permitía que se entablaran conversaciones entre los asistentes, y parecía que tenía don de ubicuidad, Ahí no se hablaba más que de lo que se estaba presenciando en el momento, cualquier incipiente amistad, era desbaratada por arte de magia. A pesar de ello, me salieron dos galanes que pude rechazar; eran casados y no iban a ser la compañía masculina que en verdad podría beneficiarme, si es que existe.

¡Ahora me explico todo! Hacía mucho navegaba de una frustración a otra: me conformé con poner teléfono, porque no me alcanzaba el dinero para pagar un curso de teatro de títeres que anunciaban en Internet; quise pagar con trabajo en alguna otra compañía, y caí en las garras de un estafador, a eso agrego los problemas con mis vecinos, que se exacerbaron con la instalación del teléfono. El edificio donde vivo no tiene dueño y cada quien  se siente libre de agandallarse, ¡con razón, casi al punto de conocer a Irma, empecé a fijarme en sus defectos, a perseguirla! Y ella no me corrió de su negocio a pesar de que soy vociferante y exhibicionista, ¡porque también demandaba perseguidores!

Una forma de evitar las recaídas es perderle el miedo a nuestros rasgos negativos, porque sirven para revertir daños posteriores si se atreve uno a mirarlos como lo que son: síntomas de que nuestra parte enferma encontró mundo de su tamaño y se dispone a darle, que es mole de olla.

En lo más álgido de la relación con Arturo empecé el trabajo con mis broncas vigilada por Mireya quien rehusó que le pagara. Acordamos una cantidad como costo de cada sesión y ella fue bajando el precio a su gusto. Esto no lo hizo por generosidad, estuvo casada con un alcohólico y se dedicó a controlarme. Antes de ser psicóloga quiso ser actriz, pero fue publicista. Las personas que trabajan en eso, suelen ser ultra morales pero no vacilan en encuerar a un semejante si con ello pueden vender un producto. El publicista hace lo que está a su alcance para que todos crean que la vida es color de rosa y que todos  podemos subir trabajando duro. Para ellos el que no es de status fresa, está mal de la cabeza. Creo que tomó partido por Irma y sus secuaces, al grado que le tuve que decir, en tono de guasa, que estaba más al servicio de ellos que mío, que si le estaban dando la diferencia de lo que ya no me cobraba.

Surgió en mi mente la palabra “mierdeya”, y rebotaba de un hemisferio a otro como pelota de ping pong. En el grupo Al Anon al que asistía había una compañera que también se llamaba Mireya, y al escuchar sus tribunas, fácilmente podía dársele el apelativo pero supe que el apodo era para mi terapeuta al terminar la penúltima sesión. Me acompañó hasta la puerta e iba hablando de otro paciente a quien tampoco le cobraba lo que en principio habían estipulado. Clarito percibí que estaba echando indirectas para mí cuando dijo: “Es un privilegio venir a terapia y más con facilidades”. Ahí vi mi oportunidad de irme, y la aproveché. La semana siguiente, fue sesión de despedida y poco faltó para que me pusiera a cantar “Aleluya” mientras iba camino del zaguán.

Al mes, encontré este recado en mi contestadora: “Habla la doctora Mireya Flores. (Leve tartamudeo) Quiero saber si ya estás bien, si tienes nuevos amigos y estás alejada de toda esa gente nefasta que te rodeó.” Respiré hondo. Si no quería volver a escucharla, tendría que devolverle la llamada y entre más pronto, mejor.

Agriana tuvo razón en enojarse, pero escuchó los consejos: “Corazón, esto hay que manejarlo con mucha prudencia. Se le van a dar las gracias, se le va a decir que estamos bien, lo cual es cierto, y si plantea la posibilidad de un regreso, le contestaremos sin groserías, pero con firmeza, que esta vez aplicaremos la lección: en cuestiones de terapia, segundas partes nunca fueron buenas.”

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El recurso del impotente es lamerse las heridas en el consultorio de un terapeuta a falta de medios para ajustar cuentas. Otro de los beneficios que saqué de la terapia, es darme cuenta de que puedo dañar igual; que un insulto mío es tan ponzoñoso como lo fueron o lo son los de los demás hacia mí. Ahora que he tomado contacto con mis verdaderos alcances, me amedrentan menos las ostentaciones agresivas de la gente pero no puedo disfrutar ser mala porque viene el miedo: hay que medir consecuencias. ¿Quién me puede asegurar que los demás sí disfrutan ser cabrones? Cada uno es para sí mismo, como yo soy para mí. Ser bondadosa es no sacar a la gente de su zona de comodidad, pero a veces comprendo a los que tiran la piedra y esconden la mano; la hipocresía es otra forma socialmente aceptada de mostrar el resentimiento y más productiva que sentarse a llorar.

Ayer aspiré a vengarme, hoy, aspiro a que mi coraje se transforme en malicia para detectar a la gente que pueda dañarme antes de que llegue a hacerlo y ponerme fuera de su alcance; de ese modo, ellos y yo viviremos mejor. Aspiro a que mis emociones negativas no me vuelvan a manejar, para que no lleguen los dardos y ya no muerda el anzuelo como lo mordí aquella noche decembrina del 2004.

Llegaba a casa, y al pasar por el restaurante, Arturo salió y empezó a echar habladas. No era la primera vez que lo hacía, pero sí fue la última. Como siempre, ni siquiera me detuve. Irma estaba confiada en que nunca llegaría a avergonzarla a su trabajo, porque jamás lo hice; y no fue  por educación, sino porque no encontraba la forma para dañarla sin ensuciarme las manos, pero ese día, Agrianita, o sea mi otro yo, se encargó de todo, y se dejó dirigir. Desde un teléfono público llamé a la policía, les dije que era Irma y que necesitaba ayuda para sacar a un par de borrachos que no me dejaban cerrar. Cuando llegó la patrulla, desde la contra esquina tomé nota del número y me quedé un rato más, observando a Pésar Disgusto Cordebrio y Pose Arturbio Ladilla Jerez, que peinaban la cuadra según ellos, para encontrar a esa pinche culera, o sea a mí.

A las cuatro de la madrugada, Arturbio me despertó con el tamborileo que le dio a mi puerta. Lo primero que pensé es que me reclamaría, pero no fue así. De todos modos, de ahí hasta el medio día fuimos dos fieras en acecho. Nada me quita de la cabeza que no fue a verme, sino a meter cinta para sacar cordón.

Pasé cinco meses más recogiendo propaganda del restaurante que Irma pegaba antes de abrir en los postes cercanos. Había en la hoja del menú un número telefónico cuyos cuatro primeros dígitos no correspondían a la serie de la colonia. Investigué a nombre de quién estaba, llamé y la dueña de esa línea fue al tugurio a reclamar. También llegaron de la Procuraduría del Consumidor y multaron a Irma por dar informes falsos a los clientes. Gestioné dos visitas al negocio: una de AA y otra de Neuróticos Anónimos. Fueron. En esa forma, le puse a la ex amiga una exhibida peor que si la hubiera ido a cachetear. Al mismo tiempo, metí un escrito a Salubridad y otro a la Delegación. Amonestó primero la Secretaría de Salud y a la semana, fueron de la Delegación a ejecutar la clausura.

A la que parió a la astuta cocinera, como le gustan los libros, le mandé una copia del mamotreto, para que se entretuviera en algo. Espero que haya disfrutado sus 20 días de vacaciones. Anexé esta carta:

 

México D.F., 12 de Octubre del 2005.

 

Estimada señora Yolanda:

Como diría yo, si fuera Antonio Machado, de los borrachitos vengo y a los borrachitos voy. Sí tenía usted razón; sembré mi maíz, me comí mi pinole, confieso que he cagado. Así diría Pablo Neruda. Humildemente, espero sea de su agrado la engalanada boñiga. A ver si lavando tupe, o se acaba de arralar.

 

Suya y cordial:

Agriana Falaz Herrández.

 

La antedicha firmante no tenía llenadera: hizo el berrinche de su vida porque el restaurante volvió a ser abierto.

-¡Cómo! ¡No puede ser! ¡Cómo pudo! ¡Eso era para que no levantara cabeza! ¡Cómo se atreve! ¡No! ¡Tiene que haber una fórmula para ponerla en el suelo!

-Corazón, ya no veo qué otra cosa podamos hacer, ni modo que la mandemos matar.

-¡Que le den un cortinazo y le vacíen el local! ¡Que vuelva a empezar de cero! ¡A ver si puede!

-¿Tienes los contactos y el dinero para mandárselo hacer?

-No.

-Entonces, ¿qué estás chingando? Perdóname que te hable así. ¿Qué importa que haya abierto? Se pasó veinte días penando por conseguir dinero, la multa que pagó no fue de cincuenta pesos, ni de mil; muchos de sus clientes ya no van a regresar, y sus proveedores, ¡más de uno la debe catalogar como gente poco seria! Se va a pasar un buen tiempo explicando por qué le cerraron y poca gente le va a creer, si no es que ninguna. De acuerdo, sí, nos cae gordo que haya abierto, pero ya le costó. Veinte días sin ganar dinero y con dos rentas qué pagar, ¡el puñetazo está bien! ¡Muerto el perro, se acabó la rabia!

-¡No es cierto que se acabe! ¡La quiero ver escupiendo sangre!

-Sí mi vida, pero aquí hay una cuestión: no tenemos recursos para más, el madrazo se lo dimos, ¡ya! Ahora, a protegerse, porque quizá tomen represalias.

-¿Esa? ¡No te preocupes! Aunque nos lo mereciéramos, nunca va a hacer ni a decir nada, ¡tiene cola que le pisen!

-Pequeña, ¡me estás dando la razón!

En ese momento, recordé una conversación con el profesor Javier; le pregunté: “¿Cuándo voy a tener verdadera tranquilidad, a alcanzar autoestima y paz?” “Cuando le pongas en su madre a la gente que te haga daño”, me contestó.

También Mireya apareció: “¿Por qué no vas al restaurante y mejor la golpeas? ¿No te parece muy inmaduro estar escribiendo cartitas?”

Ante ella me quedé muda, pero no, no me parecía inmaduro. Golpear a Irma sí era un modo directo de arreglar las cosas pero, aparte de que me exponía a ir a la cárcel, ya había visto que con ella ninguna objeción directa funcionaba; si hay perseguidores especializados, ¿por qué no delegar la chamba?

Irma no fue directa conmigo; si le disgustaba mi modo hablotero e imprudente, todos los negocios se reservan el derecho de admisión. El parloteo a lo bobo, es una forma de ejercer el poder contra alguien, aún cuando el vocinglero no se de cuenta de lo que hace, ni tenga el propósito de agredir, pero debió caber en ella la capacidad de poner límites. Si no me quería de cliente, debió decirlo con todas sus letras. El modo en que la traté fue el mismo que ella usó para aventarme al borracho que ya no quería y reírse de mí. Si no se cobra un agravio, es sinónimo de que se está del lado del ofensor.

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Nadie puede vender experiencia; los únicos que lo intentan  son los psicoanalistas, y son tan desfachatados, que cobran por fracasar. Para bien o para mal, tienen poder. Cuando detectan contra qué está luchando un enfermo, sabotean e insultan. Son jugadores profesionales de “sólo trato de ayudarte”. El hecho de que sus tarifas estén sobre los $500.00 pesos, obedece a una razón: los bienes, servicios y oportunidades no son para todos, sino para unos cuantos seleccionados, en este caso, los que pueden pagar quinientos pesos por una consulta y que tienen, desde luego, la suerte de no estar tan amolados. Los problemas emocionales de los pobres tienden a ser más serios y difíciles de desentrañar; no son tan agradables como los conflictos de la gente bien.

Prohijar psicosis, neurosis o esquizofrenia es una forma de opresión disfrazada. Las altas esferas del poder necesitan que haya gente en el planeta para que genere riqueza, pero hay que hacer que cada uno de esos individuos, renuncie al pedacito de mundo que le corresponde. La riqueza se produce trabajando y se acumula en dos formas: el ahorro y el hurto. Abundar en eso último es tema para otro libro, y de otro autor; únicamente quiero resaltar que hay más chance de encontrar alternativas con un terapeuta. En los grupos de autoayuda se termina por descubrir que un ciego no puede guiar a otro ciego.

Al  Anon, sin las pláticas con Mireya, me hubiera hecho más daño que beneficio. Hay compañeras que en tribuna se autonombran doblemente ganadoras. Son mujeres que han desarrollado la enfermedad del alcoholismo, pero que fueron hijas, esposas, hermanas o madres de alcohólicos y, como tales, tienen derecho a estar ahí y decir sus cosas. Las que son sinceras con ellas mismas van además a reunirse con la gente de AA y tienen claramente dividido lo que pueden decir en cada grupo; las que insisten en el autoengaño, se quedan en Al Anon. Queriendo y no, contaminan a las demás.

No deja de llamarme la atención el hecho de que solamente en un grupo de gente de la clase alta pude ver lo que realmente es la conciencia de grupo y el verdadero propósito de AA y Al Anon como instituciones de ayuda para el alcohólico y sus allegados, nos guste o no, AA es una aportación de ricos; Bill W y el Dr. Bob eran tan adinerados que se codearon con Rockefeller, quien generosamente, les dio calurosísimas felicitaciones además de la idea de la séptima tradición, que dice que cada grupo se debe sostener con sus propios recursos.

Los compañeros Al Anon dicen que allí las clases sociales no importan. Como entelequia, está bien, pero una coordinadora hizo la observación de que es más fácil asimilar el programa si se tienen estudios humanísticos y aquí, vuelve a imperar el dinero: ir a una universidad, aunque sea del gobierno, cuesta. Los libros, en ningún sitio son regalados, por más que sean iguales en su modo de pensar los felices con un millón de pesos y los que no cargan ni para comer. A los l6 años asistí al hecho de que los de arriba y los de abajo sienten que el mundo les pertenece; los primeros, disfrutan la realidad de comprarlo; los otros, estarán en condiciones de arrebatarlo si experimentan una gran frustración.

La enfermedad emocional no es diferente de ningún otro microbio: virus, hongos y bacterias tampoco respetan edad, sexo ni posición social, pero, ¿por qué a los ricos no les da disentería, ni infecciones micóticas, ni lepra o escorbuto?

Tal vez algún esoterista pudiera ayudarnos a descifrar el enigma; yo nada más puedo ofrecer el fruto de mis pesquisas. Hay razones de mucho peso para llegar a la conclusión de que los grupos de gente rica son los verdaderos depositarios y beneficiarios de cualquier programa de recuperación. El arrabalero, si tiene suerte, podrá caerle bien a algún terapeuta o contará con la bestialidad de un anexo, y la barbarie de un grupo de avance.

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