Tabernícolas, huevosaurios, pedodáctilos y mamuts sin lana VIII (Donde el mando supremo es el placer)

“(…) claramente hemos tomado prestadas ideas de la anarquía, la democracia, la república, la jerarquía y la dictadura. Tenemos la esperanza de haber evitado las desventajas de cada una, y especialmente creemos  haber heredado la mayor cantidad de ventajas de dichas formas de asociación.”

 William Griffith Wilson. (Bill W)

El padrino David me recibió en aquel grupo AA que está a unas calles de donde vive Arturo. Se mostraba cordial, apapachador, pero yo tenía tanto miedo que trataba de pensar en otras cosas. Mientras él hablaba, la cabeza me daba vueltas en torno a la idea de “El país de Calvert”, la “Isla de Calvert”, donde todos están hermanados en la euforia y el delirio; los habitantes triunfan en la vida y son señores de señores; las mujeres no dejan de ser jóvenes y hermosas; no hay bebés que lloren y que crezcan porque no transcurre el tiempo y el espacio es infinito, un país donde el mando supremo es el placer, en donde nunca se termina el derecho de estirarse, aunque estén las narices de los otros, que también se están estirando, ¡Jauja!

Volví a la realidad en el momento en que David decía: “Aquí vas a encontrar lo que busques. Si quieres el cielo, aquí está, si quieres desmadre, también, ¿traes tu cuestionario resuelto?” “Sí”, le contesté.

Tenía en la mano un folleto de preguntas de opción múltiple. Debe llenarlo cualquier persona que abrigue sospechas respecto a su manera de beber. Hacía una semana, había tenido la experiencia espiritual, el cuarto paso del grupo de avance. No hice más que dormir después de un fin de semana agotador en que escribí sin descanso, para despertar con el recuerdo del profesor Javier, mi primer terapeuta.

En una sesión me dijo que le asombraba que no fuera borracha ni drogadicta con todo lo que me había pasado; era un verdadero milagro que tampoco me haya vuelto homosexual. En otro momento, hizo alusión a mi soberbia, que nada más me iba a llevar a perder lo poco que tenía y quedar sin amigos ni parientes; a ser como “esos que comen cualquier cosa, viven en la calle, los perros les ladran, los niños les tiran piedras, la gente los esquiva o los insulta, y de todos lados los corren.”

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Eso último, me golpeó como ninguna otra cosa. Así acaban los enfermos de alcoholismo; es de las últimas fases del mal. ¿Cómo sería posible que fuera a terminar como ellos, sin beber? ¿No sería alcohólica en realidad? Si era así, ¿de qué manera estaba siendo dipsómana, si  nunca había precisado del alcohol?

Llegué al grupo que coordinaba el padrino David bajo el deseo de trabajar las preguntas con una mujer AA. Quería examinar cuál había sido mi relación con el alcohol.

David me presentó con Angélica, quien escrutó pregunta por pregunta. A menos de la mitad del cuestionario, dijo que según su percepción, no era alcohólica, pero podía tener factores de riesgo; entonces, el padrino David le arrebató el folleto y revisó mis respuestas. Para él, me había contradicho, y además estaba entrando a la fase crónica de la enfermedad, o sea, en grado 31. Me fueron llevando poco a poco hasta aceptar que era alcohólica y, ¡vaya que es para derrumbarse! Por lo menos, tengo un conocimiento exacto de lo que sentirá Arturbio cuando tenga que admitir que de veras no puede, y que si no agarra el programa, ya no hay p’a dónde. El padrino David me recordó algo muy importante que nos decía el profesor de Deportes, allá en mis años de niña monjil: “Chaparritas, no pueden exigirle a nadie que haga un esfuerzo que ustedes no estén dispuestas a hacer.” Hoy comprendo que no se refería solamente a un esfuerzo físico.

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Salimos de la junta y el padrino se ofreció a llevarme a casa. Estaba a punto de llorar y terminé por hacerlo a mares a bordo de su carro.

-No puedo dejarte ir así.

-¿Por qué no? Tengo que luchar sola.

– No estás sola.

-De todas maneras; ustedes no pueden hacerlo todo, algo me corresponde, ¿no?

-Todavía no nos crees, pero haz la prueba, vete a una cantina, y verás cómo no puedes parar, ¡yo te invito la cerveza¡

-Mire, padrino, con todo respeto, no tengo por qué andar haciendo “pruebitas”. La ocasión me va a llegar de allá arriba, y no creo que usted sea superior a Dios.

-Tu sobriedad es precaria.

-Mi buen trabajo me cuesta.

Bajé del auto y comencé a caminar. Reforma estaba intransitable por los trabajos de remoción del basamento de la estatua de Cuauhtémoc; apenas eran audibles los gritos de los trabajadores: “¡Oiga, cuidado!”, “¡Váyase para su izquierda!”

El ruido de taladros y barrenadoras ayudaba a construir mi burbuja que se reventaba en llanto. Cada avalancha de lágrimas era como si cayeran enormes guillotinas y avanzara con músculos y tendones al descubierto. No sólo me dolía que soplara el aire; el contacto de mi ropa me parecía una lija.

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El resto de la noche dormité para llorar a ratos. Al amanecer, me decidí por el sueño; pero al mediodía, llegué con la madrina Edith. Tiene un puesto de comida en las inmediaciones de uno de esos cines habilitados como templos cuyo lema publicitario es “Pare de Sufrir”, mutuamente nos llamamos la atención y una tarde, al pasar, me preguntó si no quería comer. Ya le había comprado una vez y como no había comido, me quedé. Entonces supe que también conocía el programa AA.

La madrina Edith fue la segunda persona que me habló de los grupos de avance; la primera invitación me llegó once años atrás, a través de un compañero payaso. Aquella vez rechacé la oferta, pero más tarde, agorzomada por las borracheras y desaires arturbianos, las recomendaciones de la madrina Edith me sedujeron por completo.

Fueron muchas las noches y madrugadas que invirtió en hablarme de lo maravillosamente curativos que resultaban los tales grupos; casi, casi, allí se resolvía todo tipo de broncas emocionales y el desahuciado del manicomio salía completamente sano. “¡No hombre! ¡Tu psicóloga no te está haciendo nada! ¡Soy la que te está salvando y no te cobro ni un quinto!”

Por fin le dije una tarde, cuando tomábamos café en mi casa, que sí quería tener “la experiencia espiritual”. Al día siguiente, al llegar al puesto, me presentó a su hijo mayor, la causa de que haya conocido el programa, porque el muchacho tenía problema con drogas y alcohol.

Resulta que “mi Negro”, como ella le decía, era padrino del grupo en el que Edith había estado; cuando me vio llegar, le dijo a su vástago: “Qué huevotes de Adriana que quiere tener “la experiencia”, ¿no crees?”

Estuve ahí cerca de dos horas y me fui a trabajar exactamente igual que como llegué: sin saber dónde era el tal grupo ni cuándo eran sus actividades. Fui dos veces más, y en las mismas; ni me daban la dirección, ni se sellaba el compromiso de ser llevada tal día. Algo dentro de mí empezó a decirme que ya no era conveniente seguir tratando a la madrina, de no ser porque investigué dónde había grupos de avance, todavía sería este el día que no sabría en qué consiste la “experiencia espiritual marca ACME”, y ahí estuviera, esperando a ver cuándo los padrinos se dignaban dármela a conocer.

En realidad tuve mucha deferencia hacia la madrina Edith, porque, viéndolo bien, no debería de haberle ido a decir cómo me fue.

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-Edith, descubrí que sí soy alcohólica.

-¡No, hombre! ¡Tú qué vas a ser si ni tomas!

¡Buena estrategia! Nada más me dijo lo que sabía que quería oír, si no, por qué antes, en su labor de convencimiento para que fuera a un grupo de avance, me miró una vez con gravedad y sentenció: “¿Sabes qué? No es Arturo el que está enfermo, la que debe ir a AA eres tú.”

¡Qué bueno que los integrantes de AA no hacen diagnósticos, porque si los hicieran, buf! Algunas compañeras familiares, a medida que avanzan en el programa, se llegan a ensoberbecer y piensan que pueden hundir o salvar a quien les venga en gana.

La madrina mostraba un respeto desmesurado por tales grupos; mencionó que le hacen jurar a la gente que guardará por siempre el secreto de todo lo que se haga o diga dentro del lugar. Se enojó mucho cuando supo que le enseñé a mi psicóloga las preguntas que le hacen a uno en “la hacienda”. Me miró como si estuviera cometiendo un crimen de estado, de traición a la Patria o de lesa humanidad.

Una vez me platicó de su hija mayor, abogada, que cuando llega al puesto a visitarla se siente presionada por la forma en que Sandra le reclama atención. Nada más de ver cómo se alteraba al irme contando, me sulfuré y dije:

-Ay, no es posible, yo que tú, la mandaba al diablo.

-¡No, no! ¡Eso no! ¿Lo oyes? ¡Eso no! -y siguió toda una conferencia acerca del amor a los hijos y los frutos que ha cosechado de ser madre.

El equivalente de que un hijo se nos muera durante la crianza, es que se vuelva alcohólico, drogadicto o loco; también delincuente. De ahí el sentimiento de culpa de embarga y amarga a muchas madres en Al Anon. La madrina se siente culpable por la artritis de Sandra, el alcoholismo de Yanir, su “Negro”, y se aferra a la gente que necesite ser salvada, quien sea. No es casual que haya instalado su vendimia en las afueras del templo de una secta que promete el cielo. Allí abunda la gente que ansía ser salvada.

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Me contó también de su ex marido, Andrés, taxista igual que Arturo. En un principio, le pareció un buen hombre, pero un día, llegó a verla a su casa, a temprana hora, con un pulso de maraquero que parecía que estaba tocando un merengue, y volví a ver en ella la misma desesperación que cuando habló de su hija:

-Yo dije, ¡chin! ¡No! ¡Éste es alcohólico! ¡Éste es alcohólico! ¡Ay! ¡Éste es alcohólico! ¡No!

-Bueno, para entonces, tú ya conocías el programa, ¿por qué no terminaste ahí mismo con él?

-¡No! ¡No! ¡Eso no es rectitud! ¡Ya lo había aceptado! ¡No! ¡Eso no! -y me echó un sermón por los errores garrafales que había cometido con Arturbio. Allí me di cuenta de que me toleraba únicamente porque le estaba sirviendo de sparring. Proyectaba la ira que sentía y cuando me atrevía a expresarla, ¡a regañar se ha dicho! ¡Mira qué lista!

La madrina siempre estaba pronta a decirme mis verdades; quería que todo mundo oyera sus verdades dichas por ella, pero no aceptaba que alguien pudiera decirle lo suyo. Una tarde, intenté leerle la dinámica del juego de alcohólico del doctor Berne, y me atajó diciendo que conocía trabajos más fregones de otros psiquiatras. No dudo que los haya, pero los nombres de los autores y los títulos de los ensayos, estuvieron como la dirección del grupo de avance. Después de algunas noches en que me contó anécdotas de hombres más jóvenes que ella, que la pretendían, le manifestaban admiración, salía con ellos, “pero no le gustaban”, decidí alejarme, y fue justo a tiempo.

Esa tarde llegué a comer y me dijo que me presentaría a sus amigos de la casona que está junto a lo que fuera Teatro Silvia Pinal. Allí se elaboran escenografías y se filman escenas de telenovelas. El lugar es propiedad de Televisa. Me avisó que estaban tomando tequila y que si no me importaba. Habían pasado dos días desde que afirmó que yo ni tomo. Estábamos en la puerta de la casona, ella, discutiendo con sus amigos los policías de la entrada: por qué no me daban acceso al lugar, si era su amiga y gente de toda confianza. La madrina entró y salió a los 20 minutos. Me convidó un trago de vodka que tenía  en su puesto. Lo acepté, me sirvió, pero no se preparó el suyo. Me dio desconfianza. Decidí que no le pegaría los labios a mi vaso mientras no estuviera ella con su copa frente a mí, diciendo “salud”. Llevaba conmigo un libro de autoayuda que se llama LA TRAMPA DEL SALVADOR. Intenté leerle algunos pasajes que la retrataban. Me volvió a atajar. Primero fue “espérame tantito” dos o tres veces, y de plano:

-Ahorita no te voy a poner atención porque he estado tomando y ya se me subió.

-¡Ah, caray! Mira, entonces, échate ésta. (Le di mi copa) Nos vemos luego.

-¿No te la tomaste?

-No. –recibió el vaso, hizo una mueca y tiró el contenido.

Jamás volví. Y no pienso volver. Días más tarde, me topé con su hijo Daniel:

-Mi mamá está bien enojada.

-¡Ujule! Pues ojalá se ponga contenta porque si está enojada, menos voy.

Desde luego que debe estar bien enojada, le di excelentes motivos, me le fui viva, ¿quién me aseguraba que ese trago de vodka no era en realidad un bebedizo que me haría despertar en un anexo? ¡La madrina es muy cabrona! En la semana de Pascua del 2004, le pregunté por qué tenía un ojo morado, y presumió que el Domingo de Ramos había golpeado a una jovencita recién parida, porque no le pareció que exhibiera unas palmas para bendecir junto a su puesto. Fueron a dar a la delegación y por poquito, las chavas que acompañaban a aquella chamaca, muelen a golpes a la madrina. Como congénere de ambas y como trabajadora de la calle, considero que Edith fue abusiva. Si tal cosa le hizo a alguien vulnerable, por tener la misma necesidad y el mismo derecho, ¿qué podía esperar para mí?

Irma y Edith resuelven su historia sexual a base de ser consecuentes con los borrachos, y quizá sus negocios sean un escaparate donde se resguardan del calor o de la lluvia y se entretienen haciendo comida mientras llega el cliente. ¿A qué me exponía con el cultivo de esa amistad? La madrina acostumbraba contener hasta por doce horas la necesidad de orinar, si se torturaba a sí misma de ese modo, no creo que sea capaz de tener piedad de alguien.

Cinturón

Estas experiencias me provocaron curiosidad e indagué la historia de AA. En sus inicios fue una cofradía masculina, sociedad secreta, pero no fue la primera en lograr casos positivos de recuperación del alcoholismo: Roberto Owen, a principios del siglo XIX en Escocia, regeneró a los trabajadores beodos de una empresa textil, después, en el estado de Indiana, el año l826, fundó la Aldea de la Nueva Armonía y su Declaración de Independencia Espiritual inflamó corazones a destajo; pero lo más efectivo fue el trabajo que desde l776 hacían los predicadores Metodistas en la ciudad de Nueva York: llevaban el Evangelio a presidiarios, borrachos y prostitutas. Fue tan exitosa su labor, que en la ciudad de Washington, también en el siglo XIX, se formó un antecedente de lo que más tarde sería Alcohólicos Anónimos. Fracasaron. El floreciente imperio del opio tuvo algo que ver, pero cuajó hasta el siglo XX, en la década de los treintas, mientras en Europa se cocinaba la Segunda Guerra Mundial. Ya desde los primeros años de la Era Cristiana, en la Roma antigua, se había escrito un libro sobre la embriaguez. Todas estas cosas se las comentaba a la madrina Edith, quien solamente me dijo: “Ay, Adriana, ¿qué nos importa la Roma antigua y el mil ochocientos? ¡Esto funciona, no?”

-Siempre es bueno saber de dónde nos vienen las cosas; los gringos jamás han querido el bien de América Latina, y puede ser que ni siquiera la invención de AA se las debamos agradecer, aunque sirva.

-Mira no quieras ver mafias, en donde no las hay.

-¡Por Dios, Edith! ¡Basta leer el TRANSMÍTELO para contemplar a Frank Buckman y a Bill W como dos vedettes de la masonería, disputándose el liderazgo! ¡El doctor Bob, fue como la caca de pollo, ni huele ni hiede! ¡¿Qué hubiera inventado el evangelista ese, sin los antecedentes de John Wesley y William Booth?! ¡Briagadales derrotó a Persignado, que se fue, como perro con la cola entre las patas, a pedir frías con la Reina de Holanda! Para no desentonar con el rearme militar de las potencias, le fue con la embajada de un Rearme Moral. ¡La payasada más grande del mundo! ¿Cómo no le fue a pedir chiche a Hitler? ¿No que podía convencerlo de que se rindiera ante Dios? ¡Pinche hablador ojete!

-TRANSMITELO es literatura de AA, ¡quién te dijo que puedes ni hojear esos libros!

-¡No son sagrados! ¡Y tampoco los robé! Fueron debidamente comprados en la librería de la Central de Servicios. Además, ¡estudié una carrera de letras, cosa que no hiciste tú! ¡Tengo cabeza para leer lo que se me hinchen los ovarios!

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A medida que aumenta el auto conocimiento, va creciendo el deseo de saber acerca de Dios; y la primera reacción, la más sana, es revisar las raíces de lo que nos enseñaron aquellos que nos vieron nacer y nos educaron. Cualquier religión debe ser practicada con conocimiento de causa; y ese conocimiento debe ser una búsqueda de toda la vida para poder profesar la religión que se haya elegido, de una manera cabal. Bill W lo expresaba así: “(…) con cada día que pasa, me siento más como un católico y, ¡razono más como un protestante!” El fundador más activo de los dos que crearon AA, estuvo a punto de convertirse al catolicismo, hizo los Ejercicios Espirituales de Encierro de los sacerdotes Jesuitas. Su mentor fue el cardenal Fulton J. Sheen.

En la casa de ejercicios para las Reflexiones Ignacianas de Encierro de las Congregaciones Marianas de la Sagrada Familia, los sacerdotes Jesuitas me confirmaron que la experiencia espiritual de los alcohólicos es una copia de los ejercicios de San Ignacio, pero en laico. Para mí, hay muchas diferencias entre unos y otros:

Con los padres siempre supe dónde estaba: los grupos de avance hacen todo lo posible por que uno no lo sepa y, ¡ay de aquel que se atreva a preguntar! Se viaja de noche a la hacienda; no se permite, en el autobús, ocupar asientos desde los que pueda verse el camino y los escribientes son persuadidos verbalmente de que vayan ensimismados; de ese modo, nadie siente el impulso de ver a través de la ventanilla por qué lugares transita el camión: “Desde orita vayan metiéndose en su pedo, la experiencia espiritual ya comenzó y es un trabajo fuerte, fino y delicado”. Gastarían menos tiempo y saliva si llevaran al escribiente en una julia.

Los jesuitas no hablan con groserías; los AA sí, y dicen que eso es sinceridad. Lo que resulta molesto, es que sus palabrotas no tienen la carga emocional que les corresponde, ni están dirigidas. Gritan sus historias a lo bobo, como si fuera el pregón de un ambulante, y no se ve que de verdad les conmueva decir que son alcohólicos, sino que más bien se ufanan y ostentan, además drogadicción, como si fueran sus aptitudes. A mí, hasta pena me daba subir a la tribuna a decir que con trabajos estoy loca, ¡me sentía como un insecto en medio de tanta pinche celebridad, hijo de su puta madre!

Los jesuitas no me quitaron dinero, llaves ni documentos de identidad; en el grupo de avance es lo primero que hacen al llegar a la hacienda, ¡quién  sabe por qué me acordaría del ingreso de Ana Frank  a Bergen Belsen!

La tal hacienda, no es más que un conjunto de barracas con techo y paredes de láminas y piso de tierra. No hay electricidad, ni agua, ni sanitarios bien puestos. Nos pidieron que lleváramos lámparas de pilas, de las que fuimos despojados al momento de entrar a ocupar nuestras mesas, que tenían papel, plumas, y una vela disponible. Los padrinos nos acompañaban hasta al retrete y sus desgarradoras historias eran claros mensajes de que tienen experiencia en cuestiones que impliquen violencia; algunos han pisado la cárcel, hay buena organización entre ellos; quien se les ponga, hasta ahí llegó. Le dictaban a uno las preguntas, desfilaban como leones enjaulados vociferando sus penas, que algunas vez fueron rollos verdaderos pero en ese momento se oían acartonados, falsos y resobados, dicho todo de memoria, con el fin de arrullar, o arrollar, o intimidar la intimidad.

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Salí de mi sopor cuando fingieron un pleito y nos avisaban que permaneceríamos un día más de lo acordado. Ya era la noche del sábado. Llevábamos más de 24 horas sin dormir y con sólo dos tortas y dos refrescos por toda comida del día, estábamos extenuados. Uno de los compañeros se atrevió a externar su angustia: tenía que presentarse en su trabajo.

-Ah, ahora ya trabajas, ¡hijo de tu pinche madre!

-Acabo de entrar, no quiero perder mi chamba…

-Pues entonces, ¡sácate a chingar a tu madre de aquí! ¡Ándale! Qué, ¿no quieres terminar lo que empezaste? ¡Nomás para eso me gustabas, pinche putito! ¡Orale, ya! ¡A la chingada de aquí! ¿Quién más quiere irse?

Estaba helada. No perdí detalle de cómo los trataban a él y otros dos compañeros que dijeron que también preferían irse. Me interesaba saber si les devolverían al menos sus documentos de identidad, ¡el dinero! Ya los veía caminando por la carretera a San Gregorio Cuauhtzingo a esas deshoras de la madrugada.

Después de la trifulca, acertó a pasar por ahí un perro y le pregunté: “Padrino, ¿podría traerme una vela por favor?” Todos se rieron de mi ocurrencia, y nos sentimos mejor, ¡pero qué reducida progenitora! Orillaron a la mitad de nosotros a tomar una resolución de angustia, y cuando vieron que los compañeros estaban decididos a irse, resultó que todo era broma. De veras, me hubiera gustado ser una espía de Derechos Humanos. Estaría bien que les llegara un operativo sorpresa, en donde todos los escribientes resultaran ser de la Procuraduría de Justicia y que se encontraran con la novedad de que fueron rastreados, y que está la hacienda rodeada, ¡a ver si no se acababan esos grupitos! Aunque la gente vaya de manera voluntaria, si preguntar dónde estamos o qué hora es, se convierte en motivo para dar la guerra, hay privación ilegal de la libertad, o que me desmienta cualquier abogado; la tortura psicológica es obvia. Además, no hay privacidad para hacer necesidades, ni comida suficiente, ni lo dejan a uno dormir, ¿quieren más? Para mí, lo que estas personas buscan, es el suplente de una farra.

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Al recibir de mi padrino el auxilio espiritual que me podía haber brindado cualquier locatario del Mercado de Sonora, llegué a la conclusión de que los grupos de avance son más bien de retroceso, y lo más importante: mi escritura, la que realicé allá en la casa de Ejercicios, me la traje. En el grupo de avance le dicen a uno que la escritura se quema, porque todo eso es la basura que Dios nos ayuda a sacar, pero yo me sentí obligada a quemarla; lo acepté porque así  son allí las reglas del juego y el tratamiento de reo que recibí no fue para menos; una va avisada desde las juntas preliminares que la escritura es para quemarla. Aún así lo lamenté y una forma de rebelarme fue anotar en el papel sanitario las preguntas sobre las que versó el trabajo de esas dos noches con sus días sin dormir, la vigilancia es estrecha y fue una suerte que ningún padrino se diera cuenta de lo que hice. Gracias a eso y a Dios, desde luego, estoy aquí escribiendo, todavía.

Dicen las malas lenguas, que hay grupos en donde no les dan un pan, ni agua. De cualquier forma, la experiencia fue una trepanación que a nadie le recomiendo, excepto a Irma y a su mamá, con toda cordialidad.

A los padres Jesuitas les pagué $200.00 pesos por un fin de semana, lo mismo que duró y costó la experiencia del cuarto y quinto paso, y en el convento hubo tiempo de comer, dormir, bañarse y ponerse ropa limpia para poder meditar en las cosas de Dios.

De acuerdo con el Papa Juan XXIII, Alcohólicos Anónimos es el movimiento espiritual más importante del siglo XX pero, en lo personal, encuentro muy cuestionable la dicha espiritualidad. En la Central de Servicios Generales AA se deslindan de los grupos de 24 horas, que son los anexos, y de los grupos de avance; de los de puerta cerrada, ¡mejor ni hablar, no los conocen! Pero el día que fui a comprar literatura, en cuanto supieron que estuve en la hacienda, recibí tratamiento de madrina y un descuento adicional. En esas oficinas sostienen que los grupos de hora y media son los únicos depositarios del programa de recuperación, pero si reconocen la labor que se haya desempeñado en el grupo de avance, ¿en qué quedamos? Si los dirigentes de la Central de Servicios fueran gente sana, podría pensarse en doble moral; pero son personas que han subido de teporochos a ejecutivos, e igual que Arturbio, dicen una cosa, piensan otra, y hacen otra. En AA consideran que hay tantas formas de seguir el programa, como personas participantes, y el resultado, es una institución que reproduce y recrudece el malestar del que pretende ser paliativo.

Los alcohólicos, a donde quiera que llegan quieren ser el bebé del bautizo porque se sienten la quinceañera de la fiesta; muy pocos son capaces de admitir que si están destacando, es porque son el muerto del velorio. Ernesto P. comentó que la proliferación de los grupos de avance es consecuencia de que muchos compañeros abrigan resentimientos hacia la sociedad y se sienten con fueros para poner su templete.

No lo hurtan, lo heredan. Bill W encontró su recuperación asistiendo  a las juntas del Grupo Oxford. Al sentir los beneficios del trato con Frank Buckman y seguidores, pasó a resultar que el evangelismo era agresivo, que había formas de coerción, directas e indirectas, que no deben haberle disgustado mucho, desde el momento en que se perpetúan a través de los grupos de avance.

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